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BAUDELAIRE EN EL JARDÍN / Eugenio

Cuando pude levantar un palmo del suelo, por encima de los hombros de los mayores, mis ojos descubrieron las bambalinas de una farsa que hasta entonces llamé la verdad y ahora reconozco, estropeo con rabia, escupo, llamo mentira. No quiero que mis ojos se deslumbren nunca por esa luz que ciega los corazones y enmudece el pensamiento de quienes olvidaron la infancia, fueron despojados y cubiertos de velos, alejados del fino tacto de la desnuda inocencia.

No soy torre de ninguna batalla, ni faro de singladura alguna; no defiendo lo porvenir ni enfrento mis dedos armados de tinta a lo que ya está quedando atrás. Y aunque llore la pérdida de unos lienzos mediocres que fueron mis hermanos o lleve en la mirada el reflejo de miles de inquietudes desengañadas que han de engendrar mi descendencia, no soy más que una pregunta a la que cada día corresponde otra respuesta.

Hice un viaje a medias, que no tuvo partida, que sólo fue regreso. ¿No lo ves? ¿No te das cuenta de cuán absurdo ha sido todo? ¿No comprendes todavía que la noche en que me viste la espalda no era porque me estabas siguiendo, sino porque mis pasos marcaban el retorno de un lugar donde nunca estuve? Ahora ves la piedra caliente que seca los ojos y luego se hiela cuando acercas la mano; y al fin entiendes que soy todo un jardinero que cultiva la tierra de su sepulcro, que riega con hiel la tierra donde tú, después, cosecharás un poema.

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CHARLES BAUDELAIRE / Laly

Los orientales de todos los tiempos, a los que su religión prohíbe la ingesta de alcohol, han buscado satisfacer ese deseo de excitación intelectual común a todos los pueblos, fumando hachisch y comiendo o fumando opio, entre otras muchas drogas.

La palabra hachisch significa hierba en árabe. Es cuando la planta está en flor cuando tiene su mayor energía. Los árabes lo preparan hirviendo las flores frescas en manteca con un poco de agua. Esto da como resultado una pomada de color verde amarillento, de olor repugnante, y por esa razón, lo preparan en forma de confitura, llamada “dawamesk”, a la que añaden azúcar, vainilla, canela, pistachos, almendras y aromas de cantárida y de limón. De esta manera, el hachisch no resulta nada desagradable, y se puede tomar en dosis de 15, 20 y 30 gramos, envuelto en una hoja de pan ázimo, o diluida en café muy caliente.

El hachisch proviene de Oriente. Se ha encontrado restos de la planta en tumbas de faraones, ya que las propiedades excitantes del cáñamo ya eran bien c0nocidas en el antiguo Egipto. Herodoto cuenta que el pueblo amontonaba Granos de cáñamo sobre los que tiraban piedras ardiendo. Era para ellos como un baño de vapor perfumado, y el gozo era tan grande que les arrancaba gritos de júbilo. Es más, cuando se recolecta la planta, los trabajadores sufren de una especie de borrachera, producida por los miasmas que se elevan de la cosecha, y que perturba maliciosamente sus sentidos, y hace desfallecer los miembros, que se niegan al trabajo. Incluso los niños que juegan sobre montones de alfalfa recogida, sienten a menudo mareos y vértigos, y dicen que ven colores que no existen.

Dice Baudelaire, refiriéndose al hachisch y al opio que en los dos casos la inteligencia se vuelve esclava, aunque el efecto de hachisch es más vehemente, más devastador, y bastante más turbador. Habla de una alteración de las facultades que obliga a dar un valor anormal a los fenómenos más simples. Reviste el mundo exterior de una intensidad multiplicada: el temblor de una hoja el olor de un tallo de hierba, la forma de un trébol, el deslizamiento de una gota de rocío, los olores tenues escapados del bosque, producen una procesión magnifica e irisada de pensamientos desordenados, donde los colores adquieren sus más tiernos matices, y la explosión radiante y fugitiva de una puesta de sol nos deslumbra. Creemos estar al borde del mar, y vemos con toda nitidez las profundidades submarinas, con especies y colores aun no descubiertos.

Tanto el fumador de opio como el de hachisch se encuentran después de la toma completamente imposibilitados para cualquier labor. La voluntad está tan anulada que cualquier gesto adquiere un esfuerzo gigantesco. Es el peso de una pesadilla aplastando toda su voluntad, consumido por una rabia impotente. Así el castigo llega lento, pero terrible. Todo el sueño, tan bello y poético, se convierte en una angustia profunda y de negra melancolía. Se baja a abismos terribles, sin luz, de olor nauseabundo, más allá de cualquier profundidad conocida, sin esperanza de volver a subir, con pensamientos extraños y temibles.

Dice Baudelaire, después de una toma de hachisch, que en su sueño envenenado recogía todas las criaturas, aves y plantas que se encuentran en la región de los trópicos, y los tiraba a manos llenas en China y en la India. Hacía lo mismo con Egipto y todos sus dioses. Dice el autor: me parecía estar durante miles de años encerrado con los animales más odiosos, intentando escapar sin conseguirlo, de un barro viscoso que no dejaba que me moviera. Me sentía impotente para escapar a la pesadilla tenebrosa, y en todo el sueño planeaba un sentimiento de eternidad y de infinito que me producían la angustia y la opresión de la locura.

En cuanto a los comedores de opio, no se puede pensar que son solo unos pocos, y de baja estofa (hay que tener en cuenta que Baudelaire dice esto a mediados del siglo XIX). Son profesores, filósofos, poetas, Lores, secretarios de estado. Tres farmacias de Londres afirmaban en 1821, que su numero era enorme. En Manchester, en la misma época, los sábados por la tarde los mostradores de los drogueros estaban cubiertos de píldoras de opio preparadas en previsión de la demanda de la noche. Baudelaire tuvo que traducir la obra del inglés de Quincey “Confesiones de un comedor de opio” y se sirvió de algunas de sus notas para escribir “Paraísos artificiales”. De Quincey era muy amigo de los poetas Coleridge y Wordsworth, y se reunían a menudo para fumar o comer opio.

Al final del libro, unos cuantos escritores como T. Gautier, Balzac y otros escriben sobre sus experiencias con el hachisch y el opio, y una carta de Flaubert agradeciéndole el envío del libro “Los paraísos artificiales”, y felicitándole. Flaubert aclara que, aunque muchas veces estuvo tentado de probar el hachisch, nunca se atrevió.

A Baudelaire, el espectáculo íntimo y cruel de su propia angustia le colmó de sufrimiento y voluptuosidad. Estaba herido en su soledad, y en su deseo de amor inmensamente insatisfecho. De ahí sus bellísimas páginas de poesía, de las que dijo el poeta Paul Valery de su libro “Las flores del mal”, que todo en ese libro es hechizo, música, sensualidad abstracta y potente. Y añade: Ni Verlaine, ni Mallarmé, ni Rimbaud habrían sido lo que fueron sin la lectura que hicieron en su momento de “Las flores del mal”. Y Víctor Hugo dice que  “Las flores del mal” resplandecen y deslumbran como estrellas.

Lali Fernández.

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