BAUDELAIRE EN EL JARDÍN / Eugenio

Cuando pude levantar un palmo del suelo, por encima de los hombros de los mayores, mis ojos descubrieron las bambalinas de una farsa que hasta entonces llamé la verdad y ahora reconozco, estropeo con rabia, escupo, llamo mentira. No quiero que mis ojos se deslumbren nunca por esa luz que ciega los corazones y enmudece el pensamiento de quienes olvidaron la infancia, fueron despojados y cubiertos de velos, alejados del fino tacto de la desnuda inocencia.

No soy torre de ninguna batalla, ni faro de singladura alguna; no defiendo lo porvenir ni enfrento mis dedos armados de tinta a lo que ya está quedando atrás. Y aunque llore la pérdida de unos lienzos mediocres que fueron mis hermanos o lleve en la mirada el reflejo de miles de inquietudes desengañadas que han de engendrar mi descendencia, no soy más que una pregunta a la que cada día corresponde otra respuesta.

Hice un viaje a medias, que no tuvo partida, que sólo fue regreso. ¿No lo ves? ¿No te das cuenta de cuán absurdo ha sido todo? ¿No comprendes todavía que la noche en que me viste la espalda no era porque me estabas siguiendo, sino porque mis pasos marcaban el retorno de un lugar donde nunca estuve? Ahora ves la piedra caliente que seca los ojos y luego se hiela cuando acercas la mano; y al fin entiendes que soy todo un jardinero que cultiva la tierra de su sepulcro, que riega con hiel la tierra donde tú, después, cosecharás un poema.

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