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20 de enero de 2013: Christopher Marlowe

Reunidos: Isabel, Toñi, Maite, María José, Seve, Eugenio, Pilar, Mercedes y Valentín

Isabel lee algunos datos biográficos del autor: Marlowe nació en Canterbury en la segunda mitad del siglo XVI y murió a los 29 años; hijo de un zapatero, estudió el bachillerato de Artes y se licenció en Cambridge a pesar de haber estado un tiempo ausente de la Universidad por motivos que se desconocen, pero apuntan a labores de espionaje al servicio de la reina; después marchó a Londrés, donde vivió durante los últimos seis años de su vida, desarrollando su labor literaria en la Compañía de teatro del Conde de Nottingham, y cierta existencia pendenciera junto a los miembros de la llamada Escuela de la Noche, que eran librepensadores propensos a meterse en líos, uno de los cuales dio con Marlowe en la cárcel, donde estuvo unos días acusado de complicidad en el homocidio del hijo de un mesonero como consecuencia de un duelo, y de donde salió tras obtener el perdón real. También cuenta Isabel que el autor vivió con el también dramaturgo Thomas Kyd, quien una vez fue detenido y siendo torturado acusó a Marlowe de ser autor de ciertos textos blasfemos que daban a entender ateísmo y homosexualidad; finalmente, el autor murió como consecuencia de una pelea en una taberna a causa de (según un documento descubierto en 1925) una discusión por la cuenta. A continuación, Isabel menciona la Teoría Marlowe, que discurre que el autor no habría muerto en aquella pelea, sino que habría sido todo un montaje para retirarlo de la circulación, ya que su vida estaba tomando un mal derrotero, de manera que habría seguido vivo, escribiendo y firmando sus obras bajo el nombre de Shakespeare; comenta Eugenio que, a su juicio, esta teoría no se sostiene, y trata de rebatirla indicando que un montaje de ese tipo y la posterior existencia de Marlowe bajo otra identidad son demasiado complicados para que todo no hubiera sido descubierto unos años después, y que la similitud de la obra de Shakespeare con la de Marlowe no tiene ningún misterio, pues aquél pudo conocer la obra de éste, tomar notas de algunos versos y estudiar su estilo hasta superarlo; nombra Eugenio al respecto los comentarios que Ifor Evans, en su Breve historia de la Literatura Inglesa, realiza respecto a la forma que adquiere la trama en las obras de Marlowe, que es muy caótica en comparación con la de Kyd, y que fue perfeccionada por Shakespeare, quien habría tomado de Marlowe la técnica poética. Por último, comenta Isabel que, en la inauguración hace unos años del Teatro El Bosque de Móstoles, representaron la versión de Mefistófeles basada en la obra de Goethe; al respecto, indica que con la de Marlowe ella se ha reído mucho, y que le ha gustado más que la de Goethe, a la cual considera, quizás por romántica, demasiado solemne; al hilo, Mercedes se pregunta si Goethe conocería la versión de Marlowe.

Eugenio ha buscado información acerca del llamado “verso blanco” y ha encontrado que proviene de las traducciones que del latín al inglés se hicieron por aquella época, con intención de ser más fieles al espíritu del poema que a su rima, y en concreto se cita la que de los libros II y IV de la Eneida de Virgilio hizo el conde de Surrey (comenta Eugenio que Marlowe tenía que conocer esta obra, ya que de la Eneida debió tomar la leyenda de Dido para su obra homónima; aunque también indica que pudo haberla leído directamente del latín); añade que Thomas Kyd ya había usado el verso blanco, y que más adelante Marlowe y Shakespeare lo perfeccionaron; Mercedes lee un texto que afirma que Marlowe dio el espaldarazo definitivo al verso blanco al convertirlo en el verso dramático inglés clásico por excelencia, y Maite se plantea cuál es el origen de que a este tipo de verso se le llame “blanco”, a lo que indica Isabel que, según ha leído en Internet, es un verso sin rima, pero que mantiene la métrica y el ritmo. A continuación, Eugenio menciona su lectura de Fausto, sosteniendo que las partes inicial y final mantienen un elevado lirismo, y rodean el resto de la obra, de contenido más caótico y satírico; aunque, señala, también hay parodia en el principio, cuando el doctor comienza a evaluar cada una de las ciencias y mezcla sus comentarios con citas en latín; Isabel asegura que le ha gustado mucho y Eugenio comenta que en algunas escenas ve similitudes con el teatro del absurdo. Redundando en el estilo satírico de Marlowe, menciona Eugenio escenas en otras obras como Tamerlán, donde aparece un carro tirado por los reyes conquistados, o en el propio poema inacabado Hero y Leandro, que él también ha leído, y del que cuenta la leyenda de estos dos amantes de amor imposible (ella es sacerdotisa de Venus -aclara María José que de Afrodita, que es la griega- y debe mantenerse virgen), cuya pasión les arrastra a la muerte: para llegar a ella, él debe cruzar a nado el estrecho de los Dardanelos (el Helesponto de la época), en una de cuyas travesías se ahoga y ella al enterarse se suicida; menciona Eugenio que él ve también paródica la escena en que Poseidón, atraido por la belleza de Leandro, trata de retenerlo para sí, pero el muchacho logra escapar.

Pilar alude a la condición de espía de Marlowe, así como afirma que era un rebelde y que fue acusado de ser ateo y homosexual. Dice que escribió Fausto a su manera, de una forma muy acorde con su propia personalidad (“gamberra”, insinúa María José). Pilar lee las frases contra los mitos cristianos que han sido atribuidas a Marlowe, publicadas en la versión de Cátedra que ella ha leído; acerca de esta lectura, cuenta que el Doctor Fausto fue un personaje real, un astrólogo medieval que elaboraba horóscopos para un obispo y perdió la cabeza con aquel conocimiento. Sobre la versión de Marlowe, Pilar afirma que es muy divertida, que el protagonista es un tipo sumamente egoísta que ha vendido su alma para poder hacer simplemente lo que le plazca, y añade que se arrepiente varias veces, pero que termina aceptando las consecuencias; también comenta la escena en que Fausto se mofa de los comensales durante un banquete que da el Papa, las alusiones que hace el autor a la mitología y la representación de los siete pecados, que en un momento determinado desfilan ante el doctor presentados por Mefistófeles; Isabel añade las figuras del ángel bueno y el ángel malo, que de vez en cuando tratan de arrastrar a Fausto a la senda que a cada uno interesa. Por último, Pilar menciona el pasaje del pacto, cuando aparece el demonio con su apariencia real y Fausto le pide que se vaya y regrese con un aspecto más agradable (y vuelve transformado en fraile, comenta María José, “que le es más familiar”), y también la respuesta que da Mefistófeles a Fausto cuando éste le pregunta por dónde cae el infierno y aquél responde que el infierno está ahí donde cada uno se encuentre.

Mercedes ha leído El judío de Malta y el estudio biográfico que sobre el autor se ha publicado en la edición de Cátedra; dice que le ha gustado mucho y define la obra como una tragedia con vis cómica. Trata de Barrabás, un judío que vive en la isla de Malta durante la dominación otomana, y se niega a obedecer al gobernador cuando éste pide a los mercaderes que den a la ciudad la mitad de sus fortunas para satisfacer los impuestos que exigen los otomanos; la negativa de Barrabás le acarrea el castigo de convertirse al cristianismo, bajo amenaza de que de lo contrario perderá todas sus posesiones, de manera que termina escondiendo la mitad de sus bienes para que el gobernador no se los quite. Comenta Mercedes que Marlowe juega constantemente con la avaricia y las venganzas, en un estilo satírico que ella nos muestra leyendo la descripción que de sí mismo hace el protagonista, confesándose malísimo ante el esclavo que acaba de adquirir, quien a su vez, en respuesta, también se jacta de sus fechorías, concluyendo ambos que son tal para cual y que su relación profesional será todo un éxito; también destaca la dinámica de los personajes en sus intervenciones, manifestando en apartes sus impresiones sinceras y luego sosteniendo o haciendo hacia los demás todo lo contrario. Por último, Mercedes revela que al final todos mueren excepto el gobernador; Maite señala la semejanza entre esta obra de Marlowe y El mercader de Venecia de Shakespeare, indicando que éste se inspiró en ella, a lo que Mercedes responde que sí puede haberse inspirado en lo básico del carácter del protagonista, pero que el resto de la obra es completamente diferente.

Valentín comienza su intervención recordando que la fecha de nacimiento que se ha dado a Marlowe es la misma que a Shakespeare. Acerca del supuesto ateísmo del autor, comenta que Marlowe también redactó algunas alegorías centradas en la doctrina cristiana; sin embargo, lo califica de antitodo. Menciona Valentín que la estructura del tiempo en sus obras era algo que Marlowe no descuidaba, sino que simplemente trataba a su antojo: se dice que el autor manifestaba sentir mayor preferencia por el reloj de cuerda, que es manejable en función de la voluntad de su propietario, que por el de arena; señala también el desfile de los pecados capitales que se representa en Fausto y los paralelismo con el mito de Ícaro que subyacen en esta obra, así como la influencia que sobre la inspiración de la misma pudo ejercer la Divina comedia de Dante. Valentín ha leído el estudio introductorio publicado en la edición de Abada a la obra citada y, por la bibliografía que acompaña a la misma, indica que el Fausto de Marlowe ha sido muy estudiado. Recuerda entonces Isabel la posible amistad del autor con Shakespeare, a lo que Maite subraya que el conocimiento mutuo podría venir marcado por haber vivido en el mismo ambiente, y concluye Valentín que por aquel entonces era costumbre común que los distintos autores y compañías teatrales intercambiaran entre sí las obras de unos y otros para su representación.

Toñi también ha leído La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto, y le ha gustado; resalta los proyectos que hace el protagonista para cuando tenga poderes, como unir España y África o rodear Alemania con una muralla de bronce. También destaca la escena del desfile de pecados capitales, recalcando su comicidad y poniendo como ejemplo la actuación de la gula, quien dice ser hija de un cerdo y de un pellejo de clarete; a continuación, Toñi lee el diálogo donde se produce esta intervención. También menciona la escena del caballo, cuando el doctor Fausto vende a un pasante el que ha creado con un saco de paja, bajo la advertencia de que, dándole el uso que quiera, bajo ningún concepto deje que se moje: lo primero que hace el pasante es meterlo en el río, de manera que el caballo se transforma al instante en un montón de paja (al hilo, recuerda Isabel la escena del pacto, cuando la sangre de Fausto, debido al frío que hace en la estancia, se coagula antes de que le dé tiempo a firmar, y entonces reclaman un recipiente donde mantenerla caliente hasta que pueda rubricar el contrato); por último, Toñi hace hincapié en los distintos arrepentimientos del protagonista a lo largo de la obra, vanos intentos a los que termina renunciando cuando se da cuenta de que su condena ya no tiene remedio. Acerca de Marlowe, dice Toñi que fue una pena que muriera tan joven.

Maite ha leído el poema Hero y Leandro, que es una narración mitológica cuyas continuas referencias literarias, a juicio de ella, complican bastante su comprensión; se abre un pequeño debate donde Maite mantiene que el desconocimiento de la mitología entorpece la lectura de determinadas obras como ésta, que beben de estas fuentes, a lo que responde Pilar que para estos casos es muy útil, y casi imprescindible, el uso de un buen diccionario de mitología, que al menos aclare la identidad de los personajes y los sucesos a los cuales se remite; Eugenio propone una primera lectura compaginada con la búsqueda de esos mitos y la identificación de los personajes que el poeta utiliza, y una segunda más centrada en el poema, ya con las fuentes reconocidas. Acerca del verso blanco, Maite ha indagado buscando aclaraciones sobre su significado, y concluye que carecen de rima pero, a diferencia de los versos libres, mantienen una métrica regular. Por último, sobre la simulación de su muerte, que supuestamente se habría montado para ocultar su identidad, Maite cree que todo es una leyenda con poco fundamento, que en aquella época eran muy comunes los altercados con víctimas mortales en reyertas tabernarias y que volver a dar vueltas al asunto de la autoría de Shakespeare le parece una pérdida de tiempo.

María José ha leído Fausto y ha investigado sus antecedentes; comenta que no es un personaje de ficción al uso, ya que está inspirado en una persona que realmente existió: lee un texto donde se describe a ésta, un hombre culto pero muy impío, cuya perdición fue el exceso de vanidad. Sobre la primera versión de esta obra, María José nos remite a un anónimo alemán aparecido durante aquel mismo siglo XVI, que habría llegado a Inglaterra donde una vez traducido al inglés cayó en manos de Marlowe; al hilo menciona otras versiones posteriores a la del autor, tanto las literarias de Goethe y Thomas Mann, como pictóricas y musicales; resalta María José que la lista de obras de ficción que el mito del doctor Fausto ha generado es interminable, y aún continúa ampliándose. Llama la atención sobre un anacronismo que se produce al principio de la obra, cuando se menciona a Felipe II, que sería monarca contemporáneo del Marlowe, pero después, durante el desarrollo de la misma, quien lleva la corona imperial es Carlos V; también recuerda la primera escena, cuando Fausto va enumerando las distintas ciencias y rechazando sus conocimientos para acogerse finalmente a la magia, que considera que será el saber que le reporte un mayor beneficio intelectual; señala María José que, sin embargo, a lo largo de la obra tampoco muestra el protagonista una gran sed de sabiduría, y se limita a satisfacer sus caprichos y engordar su soberbia.

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Christopher Marlowe (1564-1593)

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