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19 de diciembre de 2012: George Steiner

Reunidos Isabel, Rufino, María José, Seve, Luis, Maite, Eugenio, Pilar, Enrique, Pepi, Julien Simon e Isabel Jaén-Portillo.

Comienza la sesión Isabel comentando que George Steiner es un escritor y crítico estadounidense, lo que Luis corrige argumentando que el autor nació en Francia y era francés, a lo que añade Isabel Jaén que tiene doble nacionalidad francesa-estadounidense y que la cultura de los EE UU se lo ha apropiado; continúa Isabel diciendoque nació en el seno de una familia de judíos austríacos. La obra de Steiner es básicamente ensayística, en concreto enfocada hacia la Literatura Comparada; es profesor universitario en EE UU y en 1961 publica su primera obra, La muerte de la tragedia, que trata la incapacidad de la literatura para humanizar a sus lectores; Luis comenta que en esta obra Steiner retoma el hilo que Nietzsche abrió con El origen de la tragedia. En otra obra, Después de Babel, indica Isabel que el autor expone la diversidad lingüística como fuente de grandeza humana; entonces Luis señala que toda la obra de Steiner son ensayos, con excepción del volumen de relatos Pruebas y tres palabras donde, a pesar de su naturaleza ficticia, el autor no puede evitar las reflexiones. Por último, Isabel recuerda que el año en que Steiner publicó su Gramática de la creación fue el mismo en que recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Pilar dice del autor que es una mente lúcida y privilegiada. Ella ha leído Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, obra en la que va enumerando esas diez posibles razones (que según Pilar podrían ser más) a través de las cuales analiza el fenómeno; y ha tomado nota de algunas frases que darían de sí para un debate extenso, por ejemplo acerca de la concentración, de su dificultad y de los daños que su exceso puede infrigir al cerebro humano, siguiendo la sospecha de que Arquímedes murió por concentrarse demasiado en la resolución de un problema matemático. Otro concepto que trata Steiner es el de los sistemas filosóficos, indicando que los grandes pensadores manejan un mismo pensamiento en todas sus obras, en las cuales lo van dando distintas formas o explicaciones. También menciona Pilar la reflexión que hace el autor sobre los muchos pensamientos que no se realizan, o la noción del pensamiento como una actividad sin descanso, que se mantiene siempre, a veces incluso durante el sueño; pone como ejemplo la imposibilidad de detener el pensamiento, y lo compara con dejar de respirar, que por el contrario sí parece una acción al alcance de nuestra voluntad. Pilar dice que le ha gustado mucho y recomienda el libro como idóneo para aprender a pensar en positivo, algo con lo cual quizá podría haberse evitado llegar a la situación de crisis que actualmente padecemos; por último, a pregunta de Julien sobre el calificativo de “tristeza” que el autor antepone al pensamiento en el título, Pilar responde que esa tristeza es consecuencia de la banalidad, el odio y la falsedad que existe en el pensamiento de algunas personas, y el daño que infligen por culpa de ellos y de su influencia determinante en el comportamiento; también añade Pilar un breve comentario sobre la reflexión de Steiner acerca de la dificultad de la palabra para expresar lo que pensamos.

Rufino no hay leído ningún libro del autor, pero ha indagado en los enlaces colgados en nuestra bitácora y de entre ellos destaca que Steiner es un profesor, crítico y teórico de la literatura y la cultura que lamenta que las esperanzas ideológicas que durante su juventud ayudaban a enfocar el mundo con optimismo hayan dejado de existir; sobre la condición que le impone su religión, el autor considera que el judío ha de ser errante y cosmopolita, y por ello rechaza el carácter nacionalista que durante el siglo veinte ha adquirido. Rufino comenta la frase del autor “Toda filosofía es estilo”, buscándole un significado que Eugenio cree encontrar en el hecho de que se considere toda obra filosófica como una literaria más, donde lo que cuenta es la forma de expresar los razonamientos; Isabel Jaén indica que el estilo del filósofo depende de su manera de utilizar la lógica formal y Luis añade que en la labor filosófica subyace una síntesis del razonamiento que depura la aporía que le es afín; Isabel Jaén comenta entonces que según la crítica del lenguaje que se desarrolló durante el siglo pasado, no hay nada que pueda mencionarse en un texto que se halle fuera del mismo, concepto que abandonaría la lógica formal como una referencia abstracta, al hilo de lo cual Luis recuerda la obra de Karl Kraus, quien usando el mismo lenguaje de aquello que deseaba criticar, le daba la vuelta al argumento; a modo de conclusión, Isabel Jaén indica que a Steiner no le gusta Derrida, a lo que Eugenio rememora lo que a su juicio es una crítica al estructuralismo leída en Errata, donde se opone a la idea de que haya un modelo lingüístico para toda la Humanidad, ilustrándolo con el ejemplo de las muchas palabras que usan esquimales o beduinos para mencionar, respectivamente, las clases de nieve o arena; por último, Luis señala que Steiner recupera el pensamiento de Husserl e Isabel Jaén lamenta que teorías como el deconstructivismo hayan ocultado a la crítica literaria, en su análisis de los textos, la visión fenomenológica. Rufino habla entonces de la obra de Steiner Los Logócratas, donde el autor critica a aquellos pensadores que consideran que existe un ente, al que llaman logos, que sería anterior al ser humano; y transmite la queja del autor respecto a la posibilidad de que Internet termine con la cultura del libro. Finalmente, Rufino comenta que es un autor bastante complicado, al que se debe dedicar mucho tiempo, y que obliga a pensar con detenimiento (añade Pilar que también obliga a debatir); y menciona un interesante resumen sobre una conferencia que dio en la Feria del Libro de Turín, también enlazado en nuestro blog.

Maite ha leído La barbarie de la ignorancia, que es un ensayo a modo de conversación con Antoine Spire. Dice que cada capítulo necesita su tiempo para ser expuesto, y ha sacado un índice temático del libro, que lee; Maite confiesa haber encargado en la librería un ejemplar para poder disfrutarlo con más tranquilidad. Sobre el contenido, menciona que el autor habla de Heidegger, de quien dice que fue “el más grande de los pensadores y el más pequeños de los hombres” (cuenta Luis que Heidegger abandonó a su suerte a una antigüa alumna suya, Hannah Arendt, cuando comenzaron las persecuciones antisemitas en Alemania, a pesar de que ambos habían sido amantes). Destaca Maite que la edición del Taller de Mario Muchnik que ella ha leído ha sido impresa con distinta tipología en función de quién sea el interlocutor (Steiner o Spire) del diálogo, y comenta la admiración que el autor siente por su padre (indica Eugenio que en Errata también muestra agradecimiento, y eso a pesar de la severidad con que lo educó, obligándole a memorizar a Homero en griego a los seis años de edad; comenta Maite que eso era porque el padre se dio cuenta de que en él podía arraigar el conocimiento) y su exaltación del aprendizaje de distintas lenguas, a las que Steiner llama “ventanas al mundo”. A Maite le ha gustado la forma de expresión de su prosa, y lanza al aire la pregunta que el autor se plantea acerca de la emigración en un mundo como el actual: ¿hacia dónde es posible hoy en día emigrar en busca de algo mejor?

María José ha leído Tolstoi o Dovstoievski, e indica que es su primer libro, anterior al mencionado La muerte de la tragedia; es una comparativa entre ambos escritores rusos, y comienza cotejando sus caracteres físicos (habla de la fortaleza de Tolstoi frente a la neurosis creadora de Dostoievski). Sobre Tolstoi cuenta que es didáctico y que sus novelas no terminan sino que “se detienen”; de Dostoievski destaca su estilo teatral (indica que sus novelas parten de borradores dialogados, y que ello explica la proliferación de versiones teatrales posteriores, incluso óperas), muy influido por Shakespeare, y opone esta perspectiva dramática con la épica de Tolstoi; también contrapone las fuentes periodísticas que usa Dostoievski a las históricas afines a Tolstoi. Acerca de la religión, María José destaca que ambos coinciden, buscando un “relato verificable de la intervención de Dios” sobre los asuntos humanos; pero difieren en el modo, ya que mientras Tolstoi anhela una nueva religión cristiana que elimine dogmas y misticismo, Dostoievski (quizás influenciado por la ejecución de su hermano) sufrió constantes crisis de fe y consideraba que cualquier intento de traer al mundo una especie de reino de Dios, sólo produciría regímenes políticos aberrantes. Por último, comenta María José que ambos escritores vivieron en la misma ciudad, sabían el uno del otro y supuestamente se leían, pero nunca se conocieron; señala que esta obra de Steiner le ha resultado impresionante, que ha aprendido mucho, que se lee muy bien (Luis indica que su lectura no implica conocimientos previos, que sólo exige atención) y que el autor hace gala de una amplia erudición sobre novela europea.

Luis comenta que Steiner pertenece al grupo de Elías Canetti e Isaiah Berlin (éste también autor de un ensayo sobre Dostoievski), que son el máximo exponente de la cultura centroeuropea del siglo XX; dice que es un autor complicado debido a su avasalladora cultura, y que también es musicólogo. Recuerda su obra Los libros que no he escrito, donde hace balance de diferentes hilos argumentales que dejó en el tintero, y menciona el libro de relatos Pruebas y tres parábolas, del cual cuenta uno de carácter autobiográfico donde el narrador evoca la Navidad de su infancia a través de los sonidos: el de su padre andando por el pasillo -antes y después de tomar una copa- y los que hace su madre al llevar la cena; Luis destaca la belleza de su prosa, calificándola de delicia; de este mismo volumen recuerda la historia de un corrector de pruebas cuya meticulosidad y pulcritud, derivadas de su oficio, le obligan a ir analizando en todo momento cuanto se cruza en su camino. Luis indica que los libros de Steiner “no tienen tamaño” y que todas sus obras merecen una lectura atenta; emparenta su literatura con la de Thomas Bernhard. Por último comenta que es curioso que su análisis filosófico parta de Kant en vez de desde Leibniz, ya que éste podría considerarse culturalmente más cercano.

Eugenio ha leído Errata, que es un libro autobiográfico donde el autor va narrando una serie de acontecimientos de su vida e hilando reflexiones y distintas opiniones sobre temas que le interesan especialmente. A propósito de la mención a su padre que hizo Maite, en este libro Steiner cuenta las circunstancias que rodearon su salida de Austria, anterior al nacimiento del autor, quien cuenta que su padre había empezado a intuir el ascenso del antisemitismo y por ello emigró, junto a su familia, y avisó de sus inquietudes a amigos y otros familiares que no le hicieron mucho caso; Steiner dice por ello sentirse muy orgulloso de su padre. En lo referente al lenguaje, a Eugenio le ha llamado la atención las respuestas que da el autor en torno a dos prejuicios que sobre los idiomas que él lleva tiempo cavilando: uno es la creencia de que aprender un idioma distinto al propio puede entorpecer el pleno dominio de éste, a lo que Steiner responde que el aprendizaje de otro idioma amplía el conocimiento en general, y por ello el de la lengua materna, y que, además, por mucho que uno se empeñe nunca logrará dominar un idioma completamente; el segundo tiene que ver con la extendida opinión de que las grandes obras de la literatura deben ser leídas en su idioma original pues de lo contrario se pierde su valor, a lo cual responde Steiner que una buena versión de un clásico no lo desmejora sino que le añade un componente cultural más, otra óptica que lo enriquece. También comenta Eugenio que le ha gustado especialmente el capítulo en que el autor habla del judaísmo, pues le ha hecho comprender algo mejor la naturaleza de esta religión, de la que hasta la fecha muy poco sabía; por ejemplo, indica que al contrario que otras religiones que fomentan la incredulidad frente al conocimiento material, el judaísmo, según la visión de Steiner, es una religión cuyo desarrollo precisa del conocimiento y la racionalidad, rechazando la creencia ciega o el dogma. Por último, cuenta una anécdota más mundana de los años de estudiante del autor, quien escribe que tuvo por compañero de habitación a un paracaidista licenciado de la Segunda Guerra Mundial a quien ayudó a sacarse la carrera a cambio de la seguridad que le reportaba su compañía fuera del recinto universitario.

Isabel Jaén-Portillo, a través de un breve comentario sobre una conferencia crítica en torno a la Gramática de la creación, enlaza a Steiner con la tradición humanista del siglo XVI, y en concreto lo llama heredero de Juan Luis Vives. Desde su experiencia como profesora universitaria en EE UU, Isabel Jaén considera prioritario para su tarea ofrecer a los estudiantes el desafío del aprendizaje, el constituirles una guía para que alcancen el conocimiento y no inculcarles unos contenidos que, supuestamente (y enraizados en eventuales convenciones), se necesitan para alcanzarlo; comenta Rufino que esa expresión del inglés estadounidense, animar al alumno a que “empuje sus límites”, se interpreta muy bien como un estímulo para la actividad, que el estudiante no se quede en mero ser pasivo. Acerca del uso de la memoria, que Steiner considera aún necesario, indica Isabel Jaén que se ha pasado de la memorización sistemática a todo lo contrario, es decir a la eliminación completa del ejercicio memorístico en los procesos de aprendizaje, reflejada claramente en el uso de las últimas tecnologías para el archivo de cualquier información básica, con la consiguiente despreocupación en interiorizar determinados datos o conceptos. Isabel Jaén señala que esta situación de cambio se ve negativamente afectada por una voluntad política alentadora de la educación fácil, a la medida del precio que se paga por recibirla; es la consecuencia de considerar que quien estudia está comprando un servicio más; indica Julien que la noción es que el alumno es un cliente, y Maite recuerda que hoy en día el criterio social respecto a la educación es que ésta es una inversión.

Julien Simon destaca la revolución que ha supuesto Internet para la ampliación de la capacidad memorística de la Humanidad, revolución comparable a la que en su momento supuso la invención de la imprenta; añade que se está produciendo una serie de cambios aún imprevisibles, basados principalmente en la difusión del conocimiento (gracias al desarrollo de las telecomunicaciones) y en la renovación de los paradigmas del saber (gracias a los efectos sobre nuestro entendimiento que tendrán las nuevas herramientas de enseñanza y aprendizaje, cuyo alcance todavía desconocemos). Julien resta importancia a los temores suscitados por una tecnología que haría posible que los alumnos dejen de esforzarse e incluso de razonar, ya que lo que se presenta ante nosotros es un nuevo planteamiento para la educación, con las implicaciones que ello tiene, por ejemplo cuando una máquina realiza las operacioones matemáticas básicas y se gana tiempo para cálculos avanzados (indica Isabel que aunque existan calculadoras no se debe obviar el aprendizaje de las reglas aritméticas básicas, a lo que Eugenio replica que nosotros ya hemos empezado aprendiendo operaciones abstractas con números, ignorando el uso de los ábacos -subraya Maite que Steiner contrapone letras a ciencias porque en éstas existe la excepcional posibilidad de un lenguaje universal-, y Luis recuerda el avance que supuso en su momento la invención de la pascalina). Según Julien, agilizar la transmisión del conocimiento es un reto para los profesores, que aún deben recapacitar sobre el aprecio que merecen las nuevas herramientas y sobre su mejor aprovechamiento, ya que no cabe duda de que a más información se sigue necesariamente la posibilidad de mayor inteligencia; Isabel Jaén insiste en la implicación política que está condicionando el desarrollo de las nuevas tecnologías en la educación, y limitando su uso, enfocado en la mayor parte de las actuaciones hacia el ahorro en materia de recursos humanos. Por último, Julien recuerda la cultural oral, estado de transmisión del conocimiento anterior a la escritura que, sin tener dependencia de máquinas como Internet u objetos como el libro, estaba sujeta a las limitaciones de la memoria humana; añade Luis que la transmisión oral del conocimiento hace tan factibles las mutaciones que acontecimientos históricos que empezaron a legarse por ese medio terminaron generando las mitologías.

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George Steiner (1929-)

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