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Frasecillas sobre Percy Shelley / EUGENIO


Varado en la orilla de la vida no distingues

la obligación de ser humano no se posa en ti

y las olas se llevaron desde tu habitación de lujos

toda conciencia de mantener lo que tienes

más allá de tu único deseo


Te falto comprender que las risas han de perdurar

y que un hombre no es tan poeta como para cambiar

el mundo

Porque hay deberes que no terminan en quien se los apodera

sino que empiezan en uno y lentamente se depositan

en los demás


Pero tú tenías el ímpetu romántico, la juvenil arrogancia,

la pluma brillante

y creíste deslumbrar al ciego mientras sordos y cojos

soñaban tus suspiros

y tuviste que lamentar la muerte a tu alrededor

amado hasta que la muerte misma te besó


No te inquiete el sufrimiento que dejaste porque

aquellos que por eso te escupen no te olvidan

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Mary Wollstonecraft: una Razón para el espíritu romántico / EUGENIO

El hilo de la lucha política ha sido siempre tan fino y están sus átomos tan cohesionados entre sí y con el eje, que normalmente se nos hundiría en la piel la tenue raya antes de que hubiéramos tenido tiempo de protegernos de los pesos que sostiene; y aunque nunca hemos sabido si realmente pedíamos por la sociedad o es la sociedad que se nos une para apoyar nuestros derechos, tan pronto como el colectivo se fija en la voz que nos sale, ay, no tarda en pisarla un grito común ensordecedor para hacérnosla muda. Pero en nuestra condición humana no cabe otra posibilidad: hablar, decir y escuchar. Y el silencio. Quiere esto significar que si bien la sociedad nunca podrá esperar que el altruismo nos salga por completo sin ápice de vanidad, tampoco puede esperar nuestro orgullo que el colectivo nos reconozca en una única y sola identidad yo-mismx. Por eso supongo que Mary Wollstonecraft tuvo siluetas al trasluz del papel que leía, donde vio especulados pasados convertidos en sombra, y al tiempo se vio reflejada; y no creo que ella tuviera conciencia de estar rompiendo un molde para siempre. De hecho sus primeras palabras debieron ser para los supremos, etéreos espíritus de la materia volátil que decimos ángeles, entes que hubieran echado a perder su propia inmortalidad si la voz firme de Wollstonecraft, como la de una Teresa de Ávila con gorro frigio, hubiera suspirado por la nebulosa caricia suya; pero a la inglesa no le triunfó el barroco, al neoclasicismo le quedó ancho el mundo, la revolución se ahogaba en violencias desatadas que la acumulación desamortizadora Fin de Era forzó, para regocijo de santorales asesinos de masas; y el romanticismo, en fin, no por menos sembrado de cristorturados, menos trágico ni transcendental, rompió las cadenas con imaginación, admírenlo ustedes, hasta obligar a los sucesores a llamarse realistas para sentirse reales.

Pero el que Mary Wollstonecraft sea pareja del anarquismo o abuela de Frankenstein; que dibujara los trazos de la naturaleza reina del paisaje en las hojas de su diario nórdico para deleite y dispendio de los poetas del Lago -entre Wordsworth, Coleridge y Southey, parabienes de Thoreau-, suspirando por el amor perdido desamor la traición y otros frutos del desengaño; o que sus firmes argumentos de ser humano (antes y después que “argumentos de mujer”) demolieran el endeble edificio de la sensiblería patriotera, el que apuntalado aún mantienen los sicofantes del Oprobio Establecido y la Opinión Cegadora -a costa de esta infame cuenta de resultados deficitaria, ruinosa y depravada en que estamos-, pero que no se sostiene más que con las mentiras y los cadáveres (a Burke y sus Reflexiones sobre la Revolución francesa nos referimos: ejemplo de rancia justificación de la explotación, queremos decir), digo, así de vacío sin fortaleza intelectual se sostiene hoy aquel edificio porque Mary Wollstonecraft, en su momento, lo derrumbó: en su primera Vindicación, con la fuerza incontrolable de la Razón. Pero de su razón, ahora, tenemos otra cosa que hablar.

La Ilustración y el Romanticismo (con mayúsculas de manual colegiado) se aúnan en esta mujer que no sólo fue capaz de nacer un día en el seno de la protesta contra los machismos de siempre (explicó lo que ya antes fue dicho pero nunca se quiere entender: que la mujer parece inferior, pero no por naturaleza sino por educación… Nunca sobran argumentos a favor de esta obviedad, como demuestran día a día las experiencias de la sociedad avanzada…), sino que además amplió el concepto del conocimiento hacia un ámbito que aún hoy (esta vez ahí donde se ha sentado un debate muy vivo, como el propio Gramsci demostró en plena efervescencia filosófica sobre la naturaleza del legado de Marx) trae miga -aunque para muchos sea tan sencillo como invocar su nombre y ganar adeptos-: el sentido común: dijo Wollstonecraft que aquello que llamamos sentido común no es una fuente natural de conciencia, sino un producto cultural y como tal debe ser considerado: parcial, arbitrario, eventual y finito. Perdóneseme la ignorancia, caballeros, pero al margen de Gramsci y Wollstonecraft, hace meses que nadie me había puesto en duda la infalibilidad de don Sentido Común…; miento: Mona siempre dice que el sentido común “es el menos común de los sentidos”.

Pero a lo que iba: aunar el espíritu ilustrado (su defensa incondicional de la Razón) con el sentimiento romántico (no pudo evitar emocionarse al contemplar en vivo la porte solemne y altiva de Luis XVI caminando hacia el cadalso) es la mayor virtud de Mary Wollstonecraft, a mi juicio, pues no sólo sirve de eslabón entre las dos grandes corrientes de la Modernidad -eslabón que se traduce en que jamás podremos dilucidar si esta mujer fue la última ilustrada o bien la primera romántica-, sino que le dio pluma para escribir unos ensayos tan inmortales que después de un siglo (ni más ni menos que el XIX) de haber estado prácticamente olvidados, resurgieron en el momento en que el alcance de su contenido era ya susceptible de comprensión por los entonces mortales. Se cree que pudo ser la sinceridad de su última pareja, el anarquista William Godwin, al escribir unas memorias sobre la difunta que escandalizaron la política de género aún más que los talles de Josefina emperatrix; también se señala que pudo haber sido esa tormentosa faceta consejera durante su juventud, que la hizo responsable de arruinar la vida a su hermana Eliza; o quizás su atrevimiento para con la mujer del pintor Fuseli… Pero yo diría que el mayor escándalo, la más arriesgada responsabilidad y el más impúdico atrevimiento que cometió Mary Wollstonecraft fue retar públicamente y con evidente éxito la tesis reaccionaria de Burke, esa que ni siquiera el mismísimo Chesterton con toda su comanda católica ha podido igualar.

A la luz de Silvia Federici, con quien el rol sexual ha pasado de la circunstancia educacional de Wollstonecraft a una relación de clase y productiva durante el siglo XX (iluminado dramáticamente con el darwinismo social de tinte nazi que el Imperio practica desde hace décadas en África), he leído las críticas vertidas sobre Naomi Klein por La doctrina del shock recientemente resonada en esta bitácora (críticas a la autora donde no se criticaba la obra, ni se ponían en duda los hechos ¡ni siquiera su interpretación! sino la condición advenediza en materia económica de una periodista: esta es la más clara evidencia del cinismo de los Apologetas de la Explotación, horno de su misoginia) y cotejado con las emitidas ya a finales del siglo XVIII contra la autora de la más aguda respuesta que recibieron las reaccionarias Reflexiones de Edmund Burke, éxito en su primera edición anónima que después se granjeó las primeras objeciones tras ser publicada por segunda vez bajo la firma de su autora, una mujer, Mary Wollstonecraft: Vindicación de los derechos del hombre. Un ataque de inteligencia e ingenio contra aquel político inglés, whig a más señas, Edmund Burke, que sobre la impertinencia de la Revolución Francesa hizo reflexiones tan perdurables (que lo son por manifiesta incapacidad de sus secuaces herederos para renovar la argumenta-legitima-justificación del poder establecido); en aquella ocasión Mary Wollstonecraft -a quien la Historia hizo compañera de político, madre de novelista, suegra de poeta- le dio bien para el pelo al conservador recalcitrante, destacando el detalle clave de su argumenta-legiti-etcétera: ni la tradición ni los sentimientos, dear míster Burke, son “naturales”. Quizá Naomi Klein -hoy- falte a la totalidad cuando no menciona en su libro que los acontecimientos que describe e interpreta responden a la lógica de la lucha de clases, pero es excesivamente compasiva con el platónico Milton Friedman al dejar que su teoría interplanetaria del libremercado se vaya de rositas por los recovecos de la esférico-celestial perfección. Claro que Klein es advenediza economista, mientras Mary Wollstonescraft fue una pedagoga de primera categoría.

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Maggie imagina / EUGENIO

Imagino a Margaret Cavendish que imagina el mundo que otros imaginaron mientras eludían de su imaginación todo brote de imaginación. No necesitaba extravagancias, pues ya su sola presencia era extravagante, pero imagino que utilizaba su presencia extravagante, no para llamar más la atención, sino para que hartos de contemplar su imagen anunciadora del mundo resplandeciente que imaginó posible, volvieran los ojos cegados hacia sí mismos y allí, en el mismo lugar donde ella en sí misma descubrió un día que con imaginación podría, no sólo crearse un mundo, sino aún con más razón inventárselo y todavía con más razón -la razón imaginaria- crearlo, allí descubrieran, ellos cegados y ellas tan deslumbradas (a veces), descubrieran que toda la ciencia, como antes la poesía, la literatura, la política y la religión, no podría consistir más que en un acto de la imaginación, un efecto imaginario al que ella, como mujer loca y extravagante, podía llamar por su nombre. Imagino que su condición noble, su título y la mucha imaginación que le echó a la manera en que podía ser famosa sin abandonar su vanidad, su buen humor, su actitud provocativa y, en fin, su imaginación, favorecieron en mucho el éxito de su empresa, pero las causas, como en una fantasía de átomos, quedan en segundo plano. ¿No hemos construido hoy, ilustrados y más científicos que nunca, un mundo por completo imaginado? ¿Ha sido más eficaz el método de Francis Bacon o lo hubiera sido el de la duquesa de Newcastle, a la hora de establecer paradigmas y organizar y guiar a la sociedad? Más valiosa que toda experiencia en un mundo de fatalidad y contradicciones, parece ser la imaginación. Imagínense.

No culmina avance científico en los albores del Tercer Milenio

Todo parece dislate tecnológico

Bajo la arrogante supervisión religiosa

Que es, precisamente,

La mortal enemiga de la verdadera ciencia

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El síndrome de Thomas More / EUGENIO

 

A Thomas More, como a todo fanático del orden establecido, le preocupaban más las consecuencias desastrosas que para la paz social pudieran acarrear las ideas rebeldes de los reformadores luteranos, que la supuesta falacia o herejía intelectual que éstas llegaran a infundir -y difundirse- sobre el pensamiento cristiano: no en vano ejerció como juez, y puso todo empeño y lealtad en la edificación de una estructura represora que, como suele pasar en las fábulas de Esopo (aún faltaban unos años para que La Fontaine lo descubriera), terminaría devorándolo: martillo de herejes, fue víctima de su propia obra e, ironías del destino (o de la Providencia), su pasión no se asemeja tanto a la de un cristo traicionado como a la de aquel Sumo Sacerdote del Ser Supremo que se apellidará Robespierre.

Pienso que, tras la apariencia de una protección de la verdad, se esconde la incapacidad para aceptar que aquello que se está defendiendo es un privilegio ilegítimo, y que donde se cree ver una amenaza provocada por “esas ideas incendiarias”, no hay sino ciega incomprensión de la realidad social: ¿cómo el pueblo al que la casta dirigente se esfuerza por mantener en la ignorancia, va a levantarse y subvertir el orden establecido a causa de unas doctrinas que mueven conceptos y premisas que ellos en su falta de óptica no pueden comprender? Los pueblos -como el francés de 1789 o el ruso de 1917- no se revolucionan por las ideas: lo hacen por las condiciones materiales adversas y, principalmente, por la humillante comparación entre sus necesidades primarias insatisfechas y la manifiesta y despilfarradora molicie de su clase dominante.

Con el paso de los años y gracias a la actividad propagandística del catolicismo romano -que tiene más de política que de sentimiento religioso-, la Utopía de More se ha ido convirtiendo en el De civitate dei de la Modernidad, espoleada por el hecho incierto de haber ocultado entre líneas su inspiración divina. Pero la tal está muy presente, en una noción que antecede al propio San Agustín: es el idealismo platónico, que dicta un origen totalizante (y no sólo en términos monoteístas, pues idéntica repercusión conceptual mantienen teorías científicas como la del Big-bang), que restringe las posibilidades de nuestro pensamiento a la estrechez de lo dado con anterioridad a lo que ha de construirse, y nos convence de que existe una excelencia fuera de nuestro alcance espaciotemporal, que sólo podremos alcanzar explotando la posibilidad de aproximarnos lentamente, sacrificándonos y desdeñando nuestro entorno. Así, bajo tan ardua promesa de superación, con más pena que gloria, se nos va la vida en el ineludible proceso degenerativo, en lamentar nuestra humana condición y nuestra existencia sin remisión, y nuestra impotencia ante la inmensidad inconmensuranble de ese modelo sobre el cual investigamos origen y finalidad sin percibir ya -porque perdimos la perspectiva- que somos nosotros mismos quienes lo vamos creando. Yo admito la presencia de un ideal como objeto, ejemplo, modelo, meta incluso; pero no puedo concebirlo como una realidad, y menos aún como una suprarrealidad que, situándose fuera -¡y por encima!- de ésta que habito, regula sus dictados: si otorgamos a un arquetipo colocado al margen de lo sensible, la potestad de definir los contenidos de nuestro pensamiento, estamos eliminando la posibilidad de edificar una noción del mundo -llámese natural, social o literario- verdadera; o al menos más acertada, o acorde o, en el peor de los casos, más adecuada. ¿Entonces qué pretende la noción platónica de las Ideas, qué pretende la Utopía descrita por quien entregó su propia vida “a lo Sócrates”, doblegándose al poder terrenal porque no aceptaba, en el fondo, más autoridad moral que la impuesta por la ley del más fuerte; qué puede conseguirse mediante falacias que rechazan la percepción sensual y condenan la recepción inmediata?; y, además: ¿por qué la interminable persecución de quienes denuncian la impostura de los valores prestablecidos y de las nociones previas a la experiencia?, ¿por qué ese afán por desprestigiar la duda y adular la aseveración?; y, sobre todo: ¿por qué esa manía de convertir en mártir a quienes, rechazando vivir sobre esta duda tan científica, aceptan morir por un terco capricho?

Toda ideología deshonesta elabora una realidad tergiversada en favor de las instituciones, es decir de los poderes fácticos, del orden establecido; de hecho, la ínsula utópica es una propuesta silenciosa enviada a la sorda autoridad, con el fin de penetrar en su conciencia o de ganar su favor. Y de hecho, la síntesis más literaria de pensadores como More -y en especial de aquellos filósofos que sobre el papel abogaron por la ausencia de supremacías, mientras en vida se entregaban a la voluntad del gigante egoísta de turno; y de la misma manera que su antítesis no es Maquiavelo y ni siquiera Hobbes, sino el Swift que escribió Gulliver-, la síntesis más literaria de More, digo, la tenemos en un personaje de Shakespeare, asesor del rey en La tempestad, llamado Gonzalo, parodia perfecta del orador que disertando sobre la construcción de sociedades utópicas, ideales, perfectas y racionalísimas, estoicamente (no es vano el adverbio) aguanta los antojos de su jefe, monarca aficionado a demorar las obras de aquel reino dichoso tanto como se le ponga en los reales.

E. N. Gutiérrez

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ejercicio a lo Queneau / EUGENIO

sentado al frente de una mesa de operaciones
bañada por la luz de la lámpara abierta
en expansión constante
perennemente renovada por el milagro
de la ciencia moderna
y de la electricidad dominada en fases alternas
brilla e ilumina el laboratorio grande y amplio
como las miras de un procedimiento lógico
y consciente
que optimiza el proceso creativo
hasta donde no hay límites pues ésta es la ilimitada
lucidez de las fuentes preciosas
y de azar objetivo
y de un método matemático aplicado a la poética
o es la poética aplicada al número perfecto
en su tambaleante imperfección
de derivadas e integrales
no puede explicar el origen pero abraza los
fenómenos
de expansión constante
y perennemente renovada
con que se ilumina
la mesa de operaciones
al frente de la cual está sentado

sentado al frente de una mesa de operaciones
al frente de la cual está sentado
bañada por la luz de la lámpara abierta
lucidez de las fuentes preciosas
o es la poética aplicada al número perfecto
la mesa de operaciones
en expansión constante
perennemente renovada por el milagro
brilla e ilumina el laboratorio grande y amplio
hasta donde no hay límites pues ésta es la ilimitada
y de azar objetivo
y de un método matemático aplicado a la poética
en su tambaleante imperfección
no puede explicar el origen pero abraza los
con que se ilumina
de la ciencia moderna
y de la electricidad dominada en fases alternas
como las miras de un procedimiento lógico
que optimiza el proceso creativo
de derivadas e integrales
fenómenos
y perennemente renovada
y consciente
de expansión constante
y consciente
y perennemente renovada
fenómenos
de derivadas e integrales
que optimiza el proceso creativo
como las miras de un procedimiento lógico
y de la electricidad dominada en fases alternas
de la ciencia moderna
con que se ilumina
no puede explicar el origen pero abraza los
en su tambaleante imperfección
y de un método matemático aplicado a la poética
y de azar objetivo
hasta donde no hay límites pues ésta es la ilimitada
brilla e ilumina el laboratorio grande y amplio
perennemente renovada por el milagro
en expansión constante
la mesa de operaciones
o es la poética aplicada al número perfecto
lucidez de las fuentes preciosas
bañada por la luz de la lámpara abierta
al frente de la cual está sentado
sentado al frente de una mesa de operaciones

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El extranjero / Albert Camus

La indiferencia me impide reaccionar. Pero también podría ser por culpa de una patológica falta de iniciativa, que de modo natural o por vía de aprendizaje (no diré dirigido desde el poder, pero sí alentado), me oprime los hombros cuando en mi cabeza ronda la conciencia. O será la total carencia de responsabilidad, que a tal me obliga la omnipresente sociedad que me inhibe de sentirme independiente. O es un desengaño que no supero (quién sabe: tal vez soy primo-hermano de Bartleby, o decidí dejar de respirar para mostrar mi enfado con el mundo). No sé, mas en definitiva, hay una ausencia que nunca llené o no reconocí ni me mostraron.
El juicio mediático (¿se nos acusa por lo que hacemos o por lo que somos?, preguntémonos) es una constante en nuestra vida. El ojo nos vigila, en efecto, antes un ente ahora una jerarquía; hay que asimilar este hecho irrefutable: el ojo nos vigila. Pero el ojo no ve, que es el cerebro. Dependemos por tanto de la interpretación que se dé a nuestros actos/pensamientos/deseos. No hacer nada de lo que uno pueda llegar a arrepentirse (y de nada se arrepiente Meursault); no ser nada que no sepamos defender. Todos soportaremos alguna carga vergonzante, una manía inconfesable, un don que ocultamos como si fuera un tesoro -porque apenas insinuarlo conllevaría su pérdida-; pero todos, también, debemos esforzarnos por lo que somos y seremos (¿no hay un creciente número de personas que insistentemente se enorgullecen de su ignorancia frente a una cámara de televisión?).
El existencialismo es una religión, como un opio, como una duda dogmáticamente resuelta; eso al menos pensó Camus y así se lo hizo saber a Sartre, nomás para molestarlo. Y religión es también la rebeldía orgánica, o Sísifo cumpliendo su -absurdo- destino. Camus me transmite que religión lo es todo (todo es política, sexo, literatura; sólo el sucedáneo es censurable, la apariencia… como decíamos antes: de pastel). Acabo de asimilar una distinción que cambiará radicalmente mi acervo reflexivo: no razón sino conciencia. Cuando soy no soy razón, en efecto, la razón es sólo un factor más de cuantos conforman mi ego; cuando soy en general, más bien soy conciencia. Pues lo mismo aplicado a la vana lucha contra el caos, que es al fin y al cabo lo que cae del cielo ardiente aquella tarde asfixiante en la playa donde se cruzan la desidia, el árabe y un revólver: es mucho más complicado eludir el presente desfavorable que aceptar un horrendo futuro. ¿Por qué, si no, firmé aquella hipoteca y dejé que el porvenir dictara poco a poco mi sentencia?

Pero algo tiene Meursault que le hace verdaderamente extranjero. Sólo una cosa. No es su indiferencia ni su desidia ni su incredulidad ni su (social) insensibilidad: es su valentía. Porque hay que tener valor para negarse a recibir confesión a las puertas del patíbulo. Por eso es tan extranjero, tan extraño, tan admirable.
Así lo vio Vargas Llosa, vía Biblioteca Ignoria

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BAUDELAIRE EN EL JARDÍN / Eugenio

Cuando pude levantar un palmo del suelo, por encima de los hombros de los mayores, mis ojos descubrieron las bambalinas de una farsa que hasta entonces llamé la verdad y ahora reconozco, estropeo con rabia, escupo, llamo mentira. No quiero que mis ojos se deslumbren nunca por esa luz que ciega los corazones y enmudece el pensamiento de quienes olvidaron la infancia, fueron despojados y cubiertos de velos, alejados del fino tacto de la desnuda inocencia.

No soy torre de ninguna batalla, ni faro de singladura alguna; no defiendo lo porvenir ni enfrento mis dedos armados de tinta a lo que ya está quedando atrás. Y aunque llore la pérdida de unos lienzos mediocres que fueron mis hermanos o lleve en la mirada el reflejo de miles de inquietudes desengañadas que han de engendrar mi descendencia, no soy más que una pregunta a la que cada día corresponde otra respuesta.

Hice un viaje a medias, que no tuvo partida, que sólo fue regreso. ¿No lo ves? ¿No te das cuenta de cuán absurdo ha sido todo? ¿No comprendes todavía que la noche en que me viste la espalda no era porque me estabas siguiendo, sino porque mis pasos marcaban el retorno de un lugar donde nunca estuve? Ahora ves la piedra caliente que seca los ojos y luego se hiela cuando acercas la mano; y al fin entiendes que soy todo un jardinero que cultiva la tierra de su sepulcro, que riega con hiel la tierra donde tú, después, cosecharás un poema.

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SOBRE “EL POETA ASESINADO” DE APOLLINAIRE / Eugenio

Palos, piedras y esputos contra el Poeta, ¡qué malos tiempos éstos para la lírica! Tiempo de las crudas realidades, tiempo del insulto y la indignación mediática. Tiempos de la sospecha desinformada. Tiempos en que el respetable ciudadano demanda los certificados del apocalipsis.

¿Será que Croniamantal era un poeta comprometido? ¿O es que la poesía no ha sido siempre un compromiso, una promesa, una ofrenda, un sacrificio? Aunque no entienda de lucha de clases, ni hable en nombre del pueblo en vano alabado nombre del pueblo.

Aunque no seas, poeta, agente de ideología o cosmología alguna, ¿no has sido siempre tú el más alto compromisario de la vida? Pueden los tiempos obligarte a tomar partido, y unas voces en la discordia pedirte que declares tu postura, sólo una posible entre dos. Confesar tu intención, tus hipótesis, la titularidad de tus sentimientos.

Pero no te inquietes, poeta, que no tienen autoridad quienes te niegan. Son voces de gargantas roncas, carentes de la majestad de la lira; se someten al rumor colectivo y añaden un susurro sibilino al vocerío irracional del eco. El lema, la consigna, la letanía. No te inquietes, poeta, que les falta el acento. Pero tampoco descuides.

Porque esos que ahora proclaman el compromiso, no conformes con ensuciar de propaganda tu poesía, van a instarte a olvidar los designios de tu seno, la frágil paradoja de tu pensamiento, el pacífico desembarco de la palabra en tu paladar reseco: que te unas a su coro mesiánico. ¡Qué ironía del destino impío! Tú que predicaste en el desierto la injusticia del verso complaciente, antes, cuando los tiempos eran buenos para los acólitos y la inanición del conformismo les encharcaba los pulmones, ahora debes soportar que te exijan cumplimiento de un dogma que te asesina el verbo.

Malos tiempos son, repito, pero no cejes en el empeño. Te esperará estatua de vacío, hecha de suspiros invisibles, levantada con el barro ausente de las verdades silenciadas en el concierto de las mentiras. Lluvia en la sequía serás, pronta a evaporarse; poeta, fugaz pero imborrable.

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MARCEL PROUST ESTUVO EN AMINTA / Eugenio

El título mismo de su obra magna lo indica: el tiempo. Su lectura es una evocación constante, una forma de ir extrayendo de nuestro interior aquello que los días nos fueron sembrando. Y aunque pueda no ser objetivo, sin duda el poder serlo es la gran virtud que lo avala. Hemos coincidido sobre este punto: la lectura de Proust te lleva hacia tus propios recuerdos, como un sueño o un viaje que haces a tu memoria –bueno, no exactamente: tú no te mueves, es tu memoria la que se desplaza hacia ti mientras contemplas en voz pasiva tan insólito fenómeno. Pero hay más, Proust es mucho más.

Técnicamente, es el iniciador de la autobiografía como andamiaje de la ficción. Antes los hubo, lo sabemos y apreciamos, construcciones de intención literaria que se van cimentando sobre la propia vida de sus autores. Y no sólo eso: toda ficción tiene su base autobiográfica, por extensión es producto de la experiencia, del conocimiento y de la reflexión, pilares ellos individuales, propios y únicos. Pero en el albor del siglo de la tecnocracia, del control mental, de la represión mediática y de la destrucción de los valores del humanismo, Proust indica el punto de partida de la literatura orgullosa de su raíz autobiográfica subyacente, manifiesta, como fuente de la ficción literaria y de la consumación artística. Acabamos de ver dos ejemplos cercanos (André Gide y Colette), también un precursor magistral (el gran Stendhal) y próximos están grandes fabuladores de esto que llamamos fundir vida con literatura, no elegir entre –y elegir por– la locura del Quijote y la lucidez borgiana.

También Proust ha extendido su manto sobre el lema literario del denostado siglo: ¡No a la trama, sí al estilo! Hasta el extremo esta consigna se hizo rasero de la buena literatura, alzada en el Olimpo, emblema del juicio total. “Es que en este libro no pasa nada” es el argumento de la mala lectura. ¿Por qué? Proust lo demuestra: todas las grandes obras de la literatura universal poseen grandes argumentos, y así ocurre en aquellas de las que hay quien dice que en sus páginas “no pasa nada”; la diferencia de calidad consiste en el estilo, que es tan poderoso que ha subyugado la trama convirtiéndola en regato subterráneo, que circula por el subsuelo para mejor alimentar la vegetación y el terruño que sí vemos, la corteza de una inmensa bola de fuego, la piel que sólo cuando brilla bajo la luz nos seduce con su apariencia húmeda y tostada. El estilo, tal y como Proust supo construirlo, es una coraza que para unos se muestra dura e impenetrable y para otros desvela los grandes secretos de la existencia.

Hemos comentado otros aspectos de este autor, todos ellos enlazados con los anteriores puntos: el impresionismo (esa magia que hace piel transparente de la pétrea coraza), la perspectiva del tiempo (un magistral recurso que emplea Proust para ser ubicuo y estar en cada escena como si fuera la primera vez), la ternura de sus sentimientos y la sutileza de sus reflexiones (nada más poético que ir navegando entre las conciencias como él lo hace, permitiendo que escuchemos los suspiros de cada cual sin que oigamos sus parlerías), la sencillez de su sintaxis, muy a pesar de la densidad de las frases (y que hemos de agradecer, también, por supuesto, a sus traductores) y, finalmente, ese espíritu del arte que discurre entre las líneas de su obra, como un efluvio que por costumbre no olemos, pero por necesidad busca nuestra nariz, anhela nuestra boca y agradece nuestro tacto.

No digan he leído a Proust –o tengo que leerlo–; digan leo a Proust.

Eugenio

marzo de 2011

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ARBOLADURA DE AZAR (EN BUSCA DE MALLARMÉ) / Eugenio


La luz de la luna llena llena espectral el espectáculo de la sombra, es una espuma transparente que dota a las formas de otra vida porque limpia sus perfiles que ahora son nítidos, ya no p
untiagudos y cortantes sino suaves, ya no son pálidos sino lechosos.

Cuando comprendí que todo aquel tiempo en que la gravedad extraía de mis sentidos una fugaz y leve conciencia, no fue una caída, el naufragio, sino más bien que estaba ascendiendo el palo mayor de simpar singladura, no supe si agradecer o volver a añorar.

Ahora bebo de la fuente de cristal metales líquidos que son aliento que cae hacia el abismo de mis acantilados como la lluvia fertiliza el desierto virgen. Vaso de agua, salud, sanidad, saneamiento, acequias blancas y tubos de energías renovadoras y fluorescentes como la última llamada. Comprender la muerte, el fastidio, la injusticia tremenda, el puño en crispación; comprender mientras otro escalón, que destinatario es aquél que recibe y destino será lo que te despoja, y que el mismo obstáculo que impide nuestra inmortalidad es la piedra en el camino que nos hace eternos.

Leer la fósil palabra como quien arrastra la cancela de un baúl y descubre los tesoros del ancestro; un enigma bajo la sintaxis, un secreto en la ortografía, un hallazgo fluido y volátil bajo la lava semántica que nunca descansa en significado único. En fin, una revelación continua, un universo y otro mundo, la vida más vida.

La magia de la literatura es lograr que una pieza de aparente e inalterable contextura se torne ambigüedad en su contemplación, que es la lectura, y así sea diferente en función de a quien pertenezca la mirada, el oído, el estómago o el corazón que la recibe. Y en efecto, mientras las ciencias pugnan por hacerme concreto, yo me voy volviendo etéreo.

Eugenio

febrero de 2011

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