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Ourania / Le Clézio, por LALY

OURANIA

Un geógrafo francés se adentra en valles mejicanos, con la finalidad de dar unas conferencias sobre la naturaleza de la tierra mejicana. Allí conoce a Raphael, un joven de 17 años, que le habla del pueblecito de Campos. Campos es un reducto minúsculo, cerrado por un muro de adobe, en medio del paisaje de tierras estériles y cobrizas, una tierra imponente en su belleza árida y seca, pero inhóspita para el hombre. Campos es un pequeño trozo de vida en medio de un valle coronado por dos volcanes. En ese lugar, todo forastero es bien recibido, y tienen derecho a paz y comida a cambio del trabajo que cada uno pueda realizar, para el bien de la comunidad. El hombre ha conseguido domesticar la tierra y dar vida a pequeñas cosechas, y sus animales y los huertecillos plantados de frutas y legumbres les permiten una dieta perfecta y suficiente. Sus telares les proporcionan vestidos y mantas para el invierno. Los niños aprenden de los mayores, cuentos que estos han recibido de sus abuelos. Aprenden de la naturaleza, hasta arrancarle el secreto de sus plantas. Aprenden del cielo, conocen las miles de estrellas que rigen nuestro destino, y contemplan los astros en las noches claras, en perfecta comunión de paz con el universo.

En Campos viven hombres y mujeres de tez cobriza como la tierra que los vio nacer, cuyas caras parecen esculpidas en el mismo basalto. Están formados por la misma lava que ha dado nacimiento a este país. Campos es la posibilidad para la gente de la montaña de elevar sus voces, de decir que existen, que su lengua e historia no se ha apagado. Es la ilusión de hacer renacer un pasado interrumpido, el renuevo de la cultura india, de dar un sentido a la vida de los jóvenes, devolverles su orgullo y dignidad, sacarlos de la sombra en que los blancos les han relegado durante siglos, en una palabra, gritarles que tienen voz en el libro general de la patria.

Raphael dice que en Campos no se necesita escuela. La escuela está en todas partes, en el día, en la noche, en la verdad. La aldea misma es una gran escuela. En Campos cuidan a los muchos desahuciados del sida, y se hacen cargo de sus hijos, nacidos con el estigma de la enfermedad. Arrancan a las prostitutas de las aceras, acompañan a los moribundos en el hospital…

¿Es Campos un edén sobre la tierra? ¿Es la prueba de que el ser humano es capaz de repartir el bien a cambio de nada, de aclimatar una tierra salvaje para beneficio de un puñado de seres olvidados, abandonados, derrotados? Podría ser todo esto, pero la ambición del dinero, el poder, el apetito voraz de promotores inmobiliarios consiguen echar a esos infelices de la pequeña tierra que han conseguido domesticar. La maldad y la estupidez se unen: el gobernador ve peligrar su puesto, el alcalde necesita los votos para su relección, el periodista quiere ponerse otra medalla. Hacen correr el rumor de que en realidad Campos es una secta de hippies, donde corren el alcohol y las drogas, y las fuerzas vivas del pueblo borran hasta el último vestigio de los habitantes de Campos. Y estos se van, todos unidos, en busca de otro Campos que les dé cobijo, con la mirada resignada por siglos de repulsa y esclavitud.

Y Lili, la jovencísima Lili, la de pechos menudos embutidos en un chaleco demasiado estrecho, casi una niña, con su tez cobriza, sus ojos de obsidiana, y su pelo negro y sedoso como la noche. Lili, diríase de una niña salida de un cuadro de Frida Kahlo. Prostituta resignada, mil veces violada, envilecida por el sudor animal de hombres borrachos y violentos. Golpeada y brutalizada. Pero no derrotada. Lili conseguirá huir de la cárcel sin barrotes que la mantiene presa, y acercarse a la frontera de Estados Unidos. Mientras espera al hombre que ha de cruzarla al otro lado, Lili compara los dos países: Méjico, inmenso y confuso, gris y caótico, sucio, se parece a una bandeja de lentejas mezcladas con piedras, y, sobre la tierra, miles de insectos infatigables e inquietos. El aire es pesado, húmedo, como una calima apestosa y sofocante, la música estridente mezclada con los cláxones de los coches que perforan la noche, llena de mosquitos e insectos ávidos de sangre. Al otro lado, puede ver las calles limpias y rectilíneas, edificios de cristal, parques, piscinas, y tanto verde por todos lados.

No, Lili no permanecerá en esta bellísima pero estéril y violenta tierra, su vida a cambio de la libertad. En el mejor de los casos, si consigue el sueño difícil e incierto de cruzar la frontera, su vida se desarrollará en cualquier suburbio de Los Ángeles o Seattle, huyendo de los inspectores de inmigración, y donde su dignidad de descendiente de emperadores aztecas se irá perdiendo para siempre.

¡Inocente diosa azteca, el tiempo irá cubriendo tus recuerdos, como la neblina que va envolviendo la memoria con un manto de olvido, hasta hacerte perder tu identidad de raza orgullosa y salvaje!

Mientras tanto, las regiones más pobres del planeta continúan precipitándose en guerras eternas. El gran movimiento de éxodo no es más que una especie de ola de fondo que rompe continuamente sobre las arenas de las fronteras. No hay motivo para el optimismo para muchos pueblos.

LALI FERNÁNDEZ

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28 de marzo de 2012: J.-M. G. LE CLÉZIO

Reunidos: Isabel, Toñi, Sara, Rosa, María José, Seve, Luis, Valentín, Eugenio, Pilar y Mercedes.

Isabel lee datos biográficos extraidos de Internet; comenta que al autor le concedieron el Premio Nobel en 2008, que es hijo de emigrantes en Isla Mauricio, que su padre fue cirujano y trabajó en Nigeria, aunque él nació en Niza porque su madre prefería ir a dar a luz a Francia; también cuenta que se graduó como profesor y realizó sendas tesis doctorales sobre Michaux y sobre la Historia de México, país donde realizó el servicio militar y que le cautivó especialmente; con tan sólo 23 años recibió el Premio Goncourt por El atestado, novela que define como existencialista, pero próxima a sus coetáneos, de entre los cuales destaca Isabel a Pérec. También ha visto una entrevista en vídeo realizada en el año 2010, donde Le Clézio cuenta que se casó -antes de hacerlo con su actual mujer, saharaui- a los veinte años y tuvo una hija; también comenta que le gusta especialmente el Lazarillo de Tormes y resalta la biografía que escribió sobre los pintores y pareja Frida Kalho y Diego Rivera. Finalmente, Isabel comenta que como escritor le gusta mucho, que ha leído El atestado y El pez dorado y actualmente ha comenzado la lectura de La cuarentena.

Pilar dice que este autor le ha llegado hondo, pues le parece muy humano y comprometido (se comenta que por su mujer saharaui, vive de cerca el compromiso, y se abre pequeño debate sobre si la mujer es saharaui o marroquí). Dice Pilar que Le Clézio acercó al Museo del Louvre el arte manual mexicano y que en Haití ha actuado como mentor cultural. Ha leído el discurso que el autor presentó a la ceremonia de aceptación del Nobel, y le ha gustado; en particular, menciona Pilar que Le Clézio denunció las dificultades que encuentran los escritores jóvenes y aquellos que escriben en idiomas minoritarios para encontrar un sitito en el mercado editorial. Pilar ha leído un par de cuentos del libro Mondo y otras historias: uno de ellos es un juego de palabras con las letras y el otro, titulado Rueda de agua, habla de un niño que trabaja con bueyes en una noria y tiene un sueño en el cual visiona una ciudad maravillosa que concibe como lugar para la cultura donde habitan los antepasados y se conmemoran los tesoros del espíritu; de este cuento, destaca Pilar sus descripciones de la naturaleza, que le han hecho evocar a Delibes, y la presencia del sonido del mar. Sobre el autor, dice Pilar que él no se ve capaz de escribir sus vivencias en unas memorias, y que por eso las plasma en novelas; finalmente, comenta que, a su juicio, la literatura de Le Clézio se esfuerza en la recuperación de la bondad y de lo bello; Isabel subraya que es un autor muy profundo y fiel a su realidad.

Mercedes ha leído El pez dorado, que trata de una niña marroquí de seis años a la que secuestran y confinan con una anciana que la instruye y cuya muerte supone el inicio de un sinfín de penalidades por todo Occidente, por donde va cruzándose con distintos personajes que la ayudarán a seguir adelante; finalmente, la protagonista se licencia en una carrera universitaria y logra todos sus sueños e ilusiones. A Mercedes le ha gustado el tinte nostálgico de la novela, pero le ha parecido que los veintiún años que tiene la protagonista cuando termina, le han dado mucho de sí, y cree que son demasiadas experiencias para esa edad. Isabel indica que la novela denuncia los secuestros y calamidades que pasan muchas niñas de países en desarrollo, a lo que Pilar añade que el autor denunció la prostitución infantil, conocida por él en toda su crudeza durante su estancia en Tailandia, lo que denota una vez más el carácter social de su obra.

Toñi comenzó a leer El africano, habiendo llegado hasta el episodio de las hormigas, y después, tras saber que María José estaba leyendo este libro, comenzó, a instancias de Seve, la lectura de La música del hambre (título que a Isabel resulta muy poético). A Toñi le está gustando mucho el autor, ya que encuentra su forma de narrar sencilla y sus descripciones muy evocadoras.

Sara ha leído La música del hambre, publicado en 2008 (señala Isabel que es uno de sus últimos títulos); le ha gustado la historia que cuenta y la forma en que está expresada; tiene tintes autobiográficos y se basa en la vida de su madre, quien nacida en el seno de la alta sociedad parisina en el periodo de entreguerras, sufrió la decadencia de su familia por culpa de la invasión alemana, pero también del espíritu despilfarrador del padre. Cuenta Sara que el hambre al que se refiere el título es una amenaza constante que se cierne sobre la protagonista, y aunque nunca llega a afectarla por completo, sí la vive de cerca en gente de su entorno, como una antigua amante del padre a quien encuentra en un mercado buscando comida. Según Sara es una historia entretenida, carente de pretensiones filosóficas, pero donde ha echado en falta una tensión más en torno a esa amenaza del hambre, que da la impresión de convertirse en la única preocupación de la protagonista.

Rosa buscó información sobre el autor, en el blog del taller y en Internet; comenta que ha sido un Nobel poco popular, cuya concesión cogió a contrapié a la prensa especializada internacional, y que su obra es muy autobiográfica. Rosa encontró una crítica demoledora sobre La música del hambre, firmada por Eduardo Laporte, que amparándose en que el éxito implica exigencia, señala negativamente su carga historicista, de una especie de arcón de fotografías con soniquete a salón familiar; indica Luis que le parece una crítica muy subjetiva, pues con esas características a otro lector puede resultarle una obra placentera. Rosa dice que ha leído algunos fragmentos de El pez dorado en un pdf y que le ha gustado la expresión, que toca la fibra sensible del lector y que, dada la trayectoria literaria del autor, iniciada con ese premio por su primera novela con apenas veintitrés años, bien ha podido permitirse escribir una novela plagada hasta el aburrimiento de evocaciones, como homenaje a la vida de su madre.

María José lee un texto propio que ha elaborado tras la lectura de El africano, que le ha resultado muy grata. Esta novela narra experiencias del autor durante su infancia, cuando visitó África donde ejercía su padre como cirujano; la novela gira en torno a la búsqueda de la figura paterna (el africano del título es su padre). Con un lenguaje sencillo, el autor relata cómo a la edad de ocho años conoció a su padre, en aquel lugar donde el muchacho no deja de sorprenderse por ser su familia los únicos europeos. María José destaca las descripciones, que le parecen preciosas y hacen dotar a Le Clézio de una capacidad expresiva excepcional; asegura que la lectura se le ha hecho corta.

Seve ha leído La música del hambre y le ha gustado. Comenta que las novelas que tratan sobre la guerra siempre son crudas, y que se nota lo mal que lo pasan los protagonistas a medida que ven menguar su patrimonio, malvendiendo hasta los muebles para poder sobrevivir; resalta que las penurias que pasan tienen que ver con la invasión alemana de Francia, pero también han sido causadas por la mala cabeza del padre. Concluye subrayando que esta novela, como ya se ha dicho, es una recreación que hizo Le Clézio de la vida de su madre.

Luis señala que Le Clézio es un autor importante -y puntualiza que antes de recibir el Nobel, ya era conocido en España-, que pertenece a la “nouveau roman”, tiene una prosa exquisita y maneja tres idiomas: francés, inglés y lo aprendido de español durante su estancia en México. Ha leído El atestado, que es la novela gracias a la cual fue premiado con apenas veintitrés años. Señala que alguno de sus libros han generado problemas a los traductores, pues utiliza un vocabulario muy concreto; por ejemplo en sus descripciones, y señala como muestra El buscador de oro, novela ambientada en la Historia de Mesoamérica (Guatemala, el Yucatán…), producto de su experiencia mexicana, en la cual hay fragosas enumeraciones de flora y fauna autóctona -indica Rosa que tales enumeraciones le recuerdan a Pérec. Señala Luis que hoy en día no se puede componer una literatura similar a la de Víctor Hugo, y por ello es necesario innovar: que para escribir como Baroja o Blasco Ibáñez, ya están Baroja y Blasco Ibáñez. También quiere subrayar que el Nobel siempre está rodeado de polémica, y que es mucha la carga política que arrastra, evocando entonces el caso de Unamuno, a quien presumiblemente no llegó a concedérsele porque la Academia Española dejó de nominarlo tras su oposición al régimen del general Primo de Rivera. Por último, destaca Luis en El atestado la interpretación y contrastes que establece el autor respecto a la relación agua-fuego, en concreto en dos escenas: una en la cual una víctima de accidente de tráfico que muere calcinado aparece con las patillas de sus gafas de sol fusionadas al cráneo como si fueran antenas, y otro en que un cigarrillo mojado va secándose al calor de la brasa que lo enciende; Isabel comenta que el autor ha sido enmarcado en la novela experimental y Luis concluye diciendo que Le Clézio varió de estilo cuando estaba destinado a convertirse en portaestandarte de una nueva literatura, quizás amedrentado por la importancia que adquirió La vida instrucciones de uso, la obra maestra de Pérec.

De los textos que ha recogido en Internet sobre el autor, Valentín menciona uno en el cual se le define como “escritor de la luz”, por haber enfocado su literatura hacia lo positivo y luminoso, evitando lo cruento, dato que Sara corrobora tras su lectura de La música del hambre, donde Le Clézio no describe escenas de la guerra. Por otro lado, lee una cita del autor que circula por la web, bajo el título En qué nos estamos convirtiendo, donde denuncia que se esté invirtiendo más en potenciadores de virilidad y silicona para cirugía estética que en investigar la enfermedad de Alzheimer, y a raíz del cual indica que le damos más importancia a lo que piensan los demás sobre nosotros que a lo que nosotros mismos pensamos; también comenta un texto sobre el lenguaje, definido por el autor como el invento más extraordinario del ser humano. Finalmente, Valentín evoca una narración sobre la deportación de indígenas del Archipiélago de los Changos; subraya Rosa a propósito que Le Clézio, como mestizo, está muy comprometido con los problemas de los aborígenes.

Eugenio ha leído El atestado y le ha gustado tanto que ha comenzado a leer El diluvio. Lo que más le ha llamado la atención del autor son sus descripciones, precisamente cuando en el prólogo de El atestado aseguraba que no le gustan nada; justifica Eugenio esta afirmación diciendo que Le Clézio era entonces muy joven y además parece referirse a esas grandes descripciones decimonónicas, que -tantas veces comentado a este taller- hoy en día resultan inútiles ante el creciente acervo visual que con el cine tenemos todos. Lee un párrafo de El diluvio donde el autor muestra un fundamento de sus descripciones, que es la narración de una misma escena (una mujer mirando un escaparate) con dos frases completamente distintas; después lee un texto que ha escrito inspirado en el comienzo de esta novela, donde trató de plasmar la sensación de totalidad y al tiempo fraccionamiento que le provoca la literatura de Le Clézio.

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