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Tomás Moro / LALI

Entre los humanistas del Renacimiento, la literatura tenía una función muy importante, un lugar común heredado de los clásicos. Tomás Moro nos involucra en un tipo de reflexión profunda y toma ejemplo de una de las mayores obras de todos los tiempos, La República de Platón.

En su juventud, Moro se vinculó con los cartujos del monasterio de Charterhouse. Allí aprendió a “ayunar, observar y rezar”. Continuó toda su vida con esas prácticas de oración y autocontrol.

Conocido por su ingenio brillante y por su sentido del humor, se reía de sí mismo. Le gustaba hacer teatro con su familia, y pensaba que la comedia había sido siempre un poderoso medio de reforma social, y tamiza las pasiones.

Erasmo fue su gran amigo. Estos dos gigantes intelectuales tenían mucho en común, dones intelectuales similares, y ambos veían claramente la necesidad de reformar la iglesia y la sociedad. Ambos se pasaron cinco años aprendiendo griego, e hicieron de esa manera sus propias contribuciones al Renacimiento y a la cultura occidental. Moro fue un gran estudioso, y dijo que si estudiásemos celosamente a partir de la infancia, hoy (se refiere a su época) habría menos pobreza de expresión y un estilo más rico y conciso, y no el desdichado balbuceo que hoy vemos entre profesores y alumnos. (Esto se podría aplicar a nuestra época, en que con tanta tecnología, la gente se está olvidando de escribir decentemente.)

TOMÁS MORO, juez

Erasmo decía de él que “nadie ha juzgado más casos, ni demostrado más integridad en su cometido”. Dictaba sentencias justas y claras, y su comportamiento en ese campo fue digno y encomiable. Los londinenses le admiraban además por su ingenio y su sentido del humor.

EDUCACION

Moro tiene un sitio de honor en la historia de la educación, una distinción que se le reconoció incluso en vida. La educación que planificó y supervisó para sus propios hijos tuvo de hecho tanto éxito que su hogar y su escuela se hicieron famosos en toda Europa. Su conocimiento profundo de los autores clásicos y medievales lo traspasó a sus hijos. Y además, algunos de sus mejores amigos que visitaban su casa fueron los mejores educadores de su tiempo, tal como Erasmo, o el valenciano Vives. Pese a que Moro ejercía un alto cargo en asuntos de estado, era capaz de ponerse al nivel de los estudios de sus hijos, y bromear con ellos con frases ingeniosas y lúcidas. Incluso cuando estaba de viaje se interesaba vivamente por sus estudios. En cierta ocasión animó a su hija más querida, Margaret, para que completara su educación antes de que se lo dificultaran sus obligaciones de esposa y madre. Y es más, le recomendó que estudiara medicina. (Es digno de admiración encontrar una mente tan abierta con respecto a las mujeres en el siglo XVI).

Tenía un sentido de la caridad muy enraizado. A menudo invitaba a su mesa a los vecinos más pobres. Alquiló un edificio para cuidar enfermos e indigentes alimentándolos de su bolsillo, y encargando el cuidado a sus propios hijos.

SOBRE SU RELACIÓN CON ENRIQUE VIII

Moro pensaba, por su conocimiento de la naturaleza humana, que hasta el mejor de los soberanos podía convertirse en tirano. El monarca se dejaba caer de vez en cuando por la casa de Moro, y paseaba por los jardines cogiendo a Moro del brazo. Un día el yerno de Moro (que fue su primer biógrafo), felicitó a su suegro por la extraordinaria confianza que le demostraba el rey, y este dio a su yerno una lección de humildad y realismo que ha pasado a la historia. “Hijo mío –le dijo- no hay razón para que me sienta orgulloso, porque si a cambio de mi cabeza el rey pudiera obtener un solo castillo en Francia, mi cabeza no tardaría en rodar.”

Desde que presentó su dimisión como primer ministro al rey en 1532, Moro apeló a la conciencia del monarca con toda la prudencia de que fue capaz, y en esa valiente persistencia para dar consejos sanos, fue el súbdito más leal a su rey.

Cuando el rey formuló los cargos en su contra, Moro, con su gran percepción de gran estadista, fue plenamente consciente de las consecuencias potenciales del absolutismo real. Acabó con la legitimidad de la Iglesia católica en Inglaterra, y atrasó en 100 años el progreso del gobierno parlamentario. Hasta el siglo XVII Inglaterra no se quitó de encima los efectos despóticos de esa monarquía descontrolada, y únicamente lo logró a costa de una sangrienta revuelta y guerra civil.

A lo largo de toda su detención en la Torre de Londres, los mayores sufrimientos de Moro no fueron causados por su mala salud ni por su pobreza. Provenían de su propia familia. Tras haber educado exquisitamente a sus hijos, Moro descubrió que ninguno lo apoyaba en su decisión de conciencia. Tampoco su esposa. Se sintió abandonado y sufrió mucho por ello. El juicio de Tomás Moro es uno de los más famosos desde tiempos de Sócrates. Su agudo sentido de la historia le convenció de que este juicio, al igual que el de Sócrates, no sería pasto del olvido. Y pese a la oposición del rey, de todos los obispos, de su propia familia y sus amigos, Moro se mantuvo firme en su fe y en sus convicciones.

No perdió su sentido del humor ni siquiera cuando subió al cadalso. Cuando posó su cuello en el tajo, como tenía una larga barba, la estiró y le dijo al verdugo: “Le ruego que me deje posar la barba sobre el tajo, así, ya que estamos, me la corta”. Y de este modo, con una broma, acabó su vida.

LALI FERNÁNDEZ

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El síndrome de Thomas More / EUGENIO

 

A Thomas More, como a todo fanático del orden establecido, le preocupaban más las consecuencias desastrosas que para la paz social pudieran acarrear las ideas rebeldes de los reformadores luteranos, que la supuesta falacia o herejía intelectual que éstas llegaran a infundir -y difundirse- sobre el pensamiento cristiano: no en vano ejerció como juez, y puso todo empeño y lealtad en la edificación de una estructura represora que, como suele pasar en las fábulas de Esopo (aún faltaban unos años para que La Fontaine lo descubriera), terminaría devorándolo: martillo de herejes, fue víctima de su propia obra e, ironías del destino (o de la Providencia), su pasión no se asemeja tanto a la de un cristo traicionado como a la de aquel Sumo Sacerdote del Ser Supremo que se apellidará Robespierre.

Pienso que, tras la apariencia de una protección de la verdad, se esconde la incapacidad para aceptar que aquello que se está defendiendo es un privilegio ilegítimo, y que donde se cree ver una amenaza provocada por “esas ideas incendiarias”, no hay sino ciega incomprensión de la realidad social: ¿cómo el pueblo al que la casta dirigente se esfuerza por mantener en la ignorancia, va a levantarse y subvertir el orden establecido a causa de unas doctrinas que mueven conceptos y premisas que ellos en su falta de óptica no pueden comprender? Los pueblos -como el francés de 1789 o el ruso de 1917- no se revolucionan por las ideas: lo hacen por las condiciones materiales adversas y, principalmente, por la humillante comparación entre sus necesidades primarias insatisfechas y la manifiesta y despilfarradora molicie de su clase dominante.

Con el paso de los años y gracias a la actividad propagandística del catolicismo romano -que tiene más de política que de sentimiento religioso-, la Utopía de More se ha ido convirtiendo en el De civitate dei de la Modernidad, espoleada por el hecho incierto de haber ocultado entre líneas su inspiración divina. Pero la tal está muy presente, en una noción que antecede al propio San Agustín: es el idealismo platónico, que dicta un origen totalizante (y no sólo en términos monoteístas, pues idéntica repercusión conceptual mantienen teorías científicas como la del Big-bang), que restringe las posibilidades de nuestro pensamiento a la estrechez de lo dado con anterioridad a lo que ha de construirse, y nos convence de que existe una excelencia fuera de nuestro alcance espaciotemporal, que sólo podremos alcanzar explotando la posibilidad de aproximarnos lentamente, sacrificándonos y desdeñando nuestro entorno. Así, bajo tan ardua promesa de superación, con más pena que gloria, se nos va la vida en el ineludible proceso degenerativo, en lamentar nuestra humana condición y nuestra existencia sin remisión, y nuestra impotencia ante la inmensidad inconmensuranble de ese modelo sobre el cual investigamos origen y finalidad sin percibir ya -porque perdimos la perspectiva- que somos nosotros mismos quienes lo vamos creando. Yo admito la presencia de un ideal como objeto, ejemplo, modelo, meta incluso; pero no puedo concebirlo como una realidad, y menos aún como una suprarrealidad que, situándose fuera -¡y por encima!- de ésta que habito, regula sus dictados: si otorgamos a un arquetipo colocado al margen de lo sensible, la potestad de definir los contenidos de nuestro pensamiento, estamos eliminando la posibilidad de edificar una noción del mundo -llámese natural, social o literario- verdadera; o al menos más acertada, o acorde o, en el peor de los casos, más adecuada. ¿Entonces qué pretende la noción platónica de las Ideas, qué pretende la Utopía descrita por quien entregó su propia vida “a lo Sócrates”, doblegándose al poder terrenal porque no aceptaba, en el fondo, más autoridad moral que la impuesta por la ley del más fuerte; qué puede conseguirse mediante falacias que rechazan la percepción sensual y condenan la recepción inmediata?; y, además: ¿por qué la interminable persecución de quienes denuncian la impostura de los valores prestablecidos y de las nociones previas a la experiencia?, ¿por qué ese afán por desprestigiar la duda y adular la aseveración?; y, sobre todo: ¿por qué esa manía de convertir en mártir a quienes, rechazando vivir sobre esta duda tan científica, aceptan morir por un terco capricho?

Toda ideología deshonesta elabora una realidad tergiversada en favor de las instituciones, es decir de los poderes fácticos, del orden establecido; de hecho, la ínsula utópica es una propuesta silenciosa enviada a la sorda autoridad, con el fin de penetrar en su conciencia o de ganar su favor. Y de hecho, la síntesis más literaria de pensadores como More -y en especial de aquellos filósofos que sobre el papel abogaron por la ausencia de supremacías, mientras en vida se entregaban a la voluntad del gigante egoísta de turno; y de la misma manera que su antítesis no es Maquiavelo y ni siquiera Hobbes, sino el Swift que escribió Gulliver-, la síntesis más literaria de More, digo, la tenemos en un personaje de Shakespeare, asesor del rey en La tempestad, llamado Gonzalo, parodia perfecta del orador que disertando sobre la construcción de sociedades utópicas, ideales, perfectas y racionalísimas, estoicamente (no es vano el adverbio) aguanta los antojos de su jefe, monarca aficionado a demorar las obras de aquel reino dichoso tanto como se le ponga en los reales.

E. N. Gutiérrez

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27 de febrero de 2013: Thomas More

Reunidos: Isabel, Lali, Toñi, Rufino, Maite, María José, Seve, Luis, Eugenio, Pilar, Mercedes y Valentín.

Isabel abre la sesión leyendo algunos datos biográficos del autor: Tomás Moro nació en Londres y fue hijo primogénito, estuvo en un convento cartujo como laico hasta 1505, año en que se casó de primeras nupcias y tuvo a sus hijos, después enviudó y volvió a casarse; profesionalmente, el autor ejerció como abogado y después fue juez. Escribió una poesía cargada de ironía que ya de joven le reportó su fama y tradujo del griego al latín (indica Luis que en concreto los diálogos de Luciano de Samosata, introduciendo de esta forma la cultura griega en el ambiente del Renacimiento, aportación en la que comparte mérito con Erasmo de Rotterdam). Dentro de su actividad literaria, Moro escribió un poema como homenaje a Enrique VIII con motivo de su coronación como rey de Inglaterra (considerándolo protector de las Humanidades y las Ciencias), un retrato de Ricardo III que pudo servir de inspiración a Shakespeare para su tragedia homónima y, su obra más conocida, Utopía, dividida en dos libros de los que el segundo fue escrito primero; en lo que se refiere a su actividad como Lord Canciller, el autor se dedicaba -entre otras cosas- a leer libros heréticos para posteriormente refutarlos. A continuación, Isabel esboza los hechos que hicieron a Tomás Moro caer en desgracia: como consecuencia del enfrentamiento de Enrique VIII con el Papa, el autor fue instado a firmar un Acta de Supremacía que otorgaba al monarca plenos poderes eclesiásticos; a consecuencia de su negativa a rubricar, el autor fue encarcelado y poco después murió ejecutado por alta traición; indica Isabel que las desavenencias de Enrique VIII con Roma tenía como origen la pretensión de este rey de legitimar su divorcio de su primera esposa, Catalina de Aragón, para casarse con su amante Ana Bolena, al parecer acuciado por la necesidad de tener un heredero. Cuenta Isabel la anécdota de su decapitación, cuando el autor habría pedido al verdugo que tuviera cuidado y no le cortara la barba, pues ésta era inocente de haber traicionado al rey; finalmente, nombra su canonización reciente (1935) por el Papa Pío XI, respecto a lo cual indica Mercedes que la Iglesia Anglicana también lo considera mártir.

Mercedes ha leído Últimas cartas, y le ha parecido un documento muy interesante, que contiene mucha información en torno a la figura de Tomás Moro. De su lectura ha elaborado un texto propio que lee, y donde indica que su padre (a quien siguió en la carrera de Leyes) estaba muy bien considerado entre la nobleza, por su bondad y su generosidad. Las Últimas cartas fueron escritas entre 1532 y 1535, desde su dimisión como Lord Canciller hasta el año de su ejecución, primero en su retiro y después durante su encarcelamiento en la Torre de Londres, donde comenta Mercedes que sólo se recluía a nobles, que vivían cómodamente y pagaban un dinero por su estancia (y también por la de sus criados); señala Luis que en muchas partes hay zonas distinguidas en las prisiones, como en el caso de nuestra Real Cárcel de Cortes. La primera carta está dirigida a Erasmo y fechada en junio 1532; Erasmo y Moro se conocieron cuando el primero visitó Inglaterra en viaje de estudios, durante el cual entablaron tan estrecha relación que el autor acogió en su propia casa a Erasmo, quien agradecido le dedicó su célebre Elogio a la locura; en esta carta confiesa Moro que en su retiro espera tener tiempo para escribir, y también presume del aprecio que le tiene Enrique VIII, quien ha aceptado su dimisión sin rencores. Pero la estrella de Tomás Moro languidece cuando estalla el caso de Elizabeth Barton, que fue una doncella que tras sanar de una enfermedad grave sostuvo que su curación había sido obra de la Virgen, quien se le aparecía con frecuencia; convertida en monja benedictina, la llamada «Doncella de Kent» se hizo popular y el propio autor mantuvo una relación epistolar con ella, pero al ser utilizada por el entramado político del momento para sus intereses conspirativos, Elizabeth y su confesor cayeron en desgracia y terminaron siendo ejecutados, a raíz de lo cual Tomás Moro trató por todos los medios de recuperar las cartas que le había enviado. Mercedes señala que todas las cartas muestran la profunda religiosidad del autor, y destaca algunas frases, a veces premonitorias como por ejemplo: “Si una persona no es libre para pensar, mejor perder la cabeza”; también lee el epitafio que él mismo escribió para su tumba, donde  asevera su amor por las dos esposas que tuvo y asegura que habría sido muy dichoso si los tres hubieran podido estar juntos; Lali comenta que se refiere a un acompañamiento espiritual. Destaca Mercedes la buena edición de Acantilado, con explicación de todas las cartas, y Toñi señala que la mejor de todas es la que el autor envía a su hija Margaret cuando ya ha sido hecho preso.

Valentín ha leído Utopía, y le ha gustado pero considera que algunos de sus postulados han quedado algo obsoletos. Comenta que el primer libro es una base teórica y que el segundo muestra su aplicación práctica, y destaca la insistencia del autor en que los habitantes de la isla utópica dediquen su esfuerzo personal a instruirse, que se elaboren cuadrantes de rotación para desempeñar los trabajos más penosos, que se obligue a realizar movimientos migratorios de población en función de las necesidades de cada lugar o labor (añade Luis que esto se llevaría a cabo aun a costa de separar familias) y que las guerras han sido abolidas, explicándose que los conflictos bélicos siempre están motivados por la ambición territorial o económica de los príncipes (señala Pilar que en este punto hay una contradicción en el libro, pues en un momento determinado habla de destinar todo el dinero -retirado de la circulación por el isla- para la contratación de mercenarios que les defiendan cuando sean atacados); Rufino comenta al hilo que Utopía ha sido y es un libro tan popular que muchos políticos lo utilizan a modo de ideario. Finalmente, Valentín lee una serie de epigramas, que aparecen en el primer libro, y que tratan diversos temas bajo la fórmula “Felices quienes…, porque…“.

Lali ha leído la biografía que sobre el autor escribió Gerard Wegemer y también parte de otra escrita por Álvaro Silva, de la cual destaca el dato que dice que la cabeza de Tomás Moro estuvo enterrada durante muchos años en Castilla (añade Luis que se dijo que había sido en el Vaticano, y Rufino comenta que alguno la desenterró y se la trajo); de su lectura ha escrito un texto centrado en la figura familiar y profesional del autor, que lee. Destaca que perteneció al Humanismo renacentista, y que la fuente principal de inspiración de su gran obra, Utopía, es la República de Platón. Tomás Moro vivió durante su juventud en un monasterio cartujo, donde aprendió el autocontrol de una rutina sujeta al ayuno, la observancia y la oración; tenía buen sentido del humor y se reía de sí mismo, y también era un gran aficionado al teatro y consideraba la comedia como un medio eficaz para el cambio social; respecto a la educación de su entorno, se quejaba de la falta de instrucción en oratoria y gramática, aunque a este mismo ambiente le entusiasmara su ingenio. Lali cuenta la anécdota de un encuentro con su yerno en el que éste le felicitó por la admiración que por él sentía Enrique VIII, y la respuesta realista y ajena a la vanidad que dio el autor respecto a los riesgos derivados de la cercanía del rey y del sometimiento a su capricho. Tomás Moro colaboró en la educación de sus hijos y recomendó a su primogénita Margaret que estudiara medicina, hecho que destaca Lali como una muestra de la consideración que tenía el autor hacia la mujer; cuenta que tras su dimisión como Lord Canciller, se mantuvo leal a la corona y apeló prudentemente a la conciencia del rey durante su defensa en el juicio (manifiesta María José que es uno de los más famosos juicios de la Historia, que todavía hoy se estudia como ejemplar en la carrera de Leyes, y confirma Lali que el más famoso después del de Sócrates), pero que Enrique VIII había llevado ya a la monarquía por la senda del autoritarismo, que no tardaría en aplastar toda potestad parlamentaria, y que la situación se alargó tras el reinado isabelino hasta bien entrado el siglo XVII, cuando la Guerra Civil puso a rey y a Parlamento en su lugar. Por último, Lali considera que Tomás Moro tuvo en su vida privada una mella, ya que nadie en su familia apoyó la decisión de negarse, apelando a su conciencia religiosa, a respaldar el famoso Acta, lo que le costó la vida y causó la ruina a los suyos (dice Isabel que la mujer de Moro quedó en la miseria, sin ningún tipo de pensión a pesar de los años dedicados por su marido a la función pública, y asevera Luis que a los reos por traición se les incautan todos los bienes).

Toñi también ha leído la mayoría de las Últimas cartas, y se pregunta por qué si por no ser noble ni eclesiástico, y a pesar de ser Lord Canciller, no tenía derecho a voto, el rey estaba tan empecinado en que firmase el dichoso Acta, a lo que Luis afirma que fue una manifiesta oposición ideológica, y que la terca postura del propio Moro a no ceder tuvo más de fanatismo que de convicción, ya que se negaba a entender que la Iglesia de Inglaterra pudiera llegar a separarse de la estela de Roma; a todo ello, Toñi añade que la excusa del autor para abandonar su cargo fueron el cansancio y la enfermedad, pero que en realidad renunció porque estaba en desacuerdo con la política del rey y además quería cumplir su deseo íntimo de pasar sus últimos días con los suyos, dedicado a leer y escribir. Menciona entonces la versión cinematográfica de los últimos días de Moro realizada bajo el título de Un hombre para la eternidad, con Orson Welles como cardenal y los actores Paul ScofieldRobert Shaw en los papeles de Tomás Moro y Enrique VIII, respectivamente. Finalmente, dice Toñi que la muerte por traición a la corona era mucho más cruel, pero el rey se la perdonó a Moro y se limitó a ordenar una decapitación rápida (indica Luis el grado de especialización técnica de los verdugos para evitar que la ejecución termine convertida en una escabechina), y reitera que de entre las cartas editadas, la que más le ha gustado ha sido la escrita a su hija Margaret.

Rufino leyó Utopía durante su juventud, y ha tomado apuntes sobre varios puntos que le llamaron la atención y a continuación esboza: recuerda que el libro concluye abierto a la crítica y a la reflexión, que el tiempo de la jornada rutinaria en la isla se divide entre trabajo y ocio, que el autor muestra su preocupación por la vejez desamparada y asevera que la corrupción de las leyes se produce en beneficio de los más ricos; añade además que el autor considera que al compartirse todos los bienes, se eliminarían los motivos para que surja una ambición individual que desestabilice la sociedad, y expone una duda sobre el sentido de la sentencia que dice que si el ser humano no está obligado a trabajar constantemente para satisfacer sus necesidades, se vuelve perezoso; Rufino concluye sus anotaciones sobre Utopía afirmando que Tomás Moro no era un iluso y fue consciente de que su proyecto era irrealizable. Acerca de la figura del autor, Rufino dice que en su trabajo mandaba a la hoguera a aquellos que se enfrentaban al catolicismo, y que aquel aparato inquisitorial era muy semejante al que hoy en día sigue existiendo, llamado Congregación para la Doctrina de la Fe; por último, comenta que quizá Enrique VIII hubiera terminado siendo un hombre egoísta e inculto, pero en todo caso sería un sabio en comparación con la mayoría de los políticos actuales.

Después de haber leído Utopía, Maite se muestra entusiasmada con la filosofía de Tomás Moro, y considera que debe ser estimada como un intento de perfeccionar la sociedad en aras del bien común; comparando con la popularidad alcanzada por otras obras (como por ejemplo las de Shakespeare), considera que no se valora lo suficiente su estilo literario directo y depurado, que hace muy fácil la comprensión. Al hilo de la recepción obtenida por ese libro, Maite afirma que la segunda parte es más leída que la primera, y sobre su contenido destaca el reparto de la jornada que ha mencionado Rufino, con ese momento diario dedicado al ocio que hoy en día para nosotros, con las jornadas laborales que padecemos y la falta de conciliación familiar que se nos posibilita, son un auténtico lujo; comenta Rufino que un ordenamiento de este tipo acabaría con el paro. Por último, Maite asegura que la utopía de esta isla no lo es tanto si fuera aplicada con racionalidad y coherencia, y que Tomás Moro fue una persona muy adelantada a su época, cuya obra nos ha permitido soñar con una sociedad más justa y equilibrada.

María José ha leído la biografía que sobre el autor escribió Wegemer (la misma que ha leído Lali) y acerca del biógrafo dice que éste formó parte de la comisión que nombró al autor Patrón de los Estadistas. Señala que la época de Tomás Moro está marcada por dos hitos que darían a la Historia un viraje irreversible: el descubrimiento del Nuevo Mundo y la invención de la imprenta; además, en Europa se estaba produciendo un cambio político que está extinguiendo el viejo orden: las revueltas protestantes; al hilo, afirma que el autor se involucró plenamente en estos procesos, sobre todo en lo que respecta a la Reforma. Acerca del carácter de Moro, María José comenta que poseía un excelente sentido del humor libre de sarcasmos, que aplicaba en sus obras; escribió comedias y epigramas, y tradujo a Luciano, como se ha dicho. Durante el Renacimiento se dio lugar a un importante activismo que trató de recuperar la buena literatura, haciendo frente a los prejuicios dominantes, y ejerciendo el oficio de las letras en favor de la razón; no obstante, las circunstancias históricas obligaron al propio Tomás Moro, como Lord Canciller, a trabajar en leyes contra la libertad de expresión. También indica María José que en el autor hay tintes pedagógicos, reflejados sobre todo en el estilo de Utopía, y recuerda que por aquella época era conocido y respetado el valenciano Luis Vives. Finalmente, subraya el carácter piadoso y libre del autor, que consideró que los dictados de su conciencia eran irrenunciables, y reitera que su defensa, durante el juicio en que fue condenado, es hoy en día modelo para los estudiantes de Derecho.

Seve no ha podido leer nada de Tomás Moro, pues cuando llegó a la Biblioteca ya no había ninguna obra suya. Echó un vistazo a la entrada sobre el autor que encontró en un diccionario enciclopédico, y de ella poco podría añadir a lo que se ha expuesto durante lo que llevamos de sesión. Subraya, por último, que también lo considera un pensador muy avanzado para su época.

Luis comienza destacando la importancia de Tomás Moro para la cultura del Renacimiento, por las obras clásicas que vertió del griego; indica que en el ambiente cultural de la época, su trabajo común con Erasmo fue muy importante, y recuerda que en España fueron los hermanos Valdés los puntales de aquel movimiento. Sobre el mundo ideal que describe Utopía, Luis señala que la obra de Moro fue una culminación racionalista, continuada posteriormente por otras obras, entre las que nombra La ciudad del sol de Campanella; y acerca del contenido de aquélla, indica la mención que se reserva a la eutanasia y el manejo de la esclavitud como algo normal, lo que no debe ser considerado una contradicción, sino parte de la diatriba de la época, tal como en Descartes el desprestigio a la mujer se debe percibir como característica de la conciencia del momento. Recuerda que Tomás Moro vivió bajo la autoridad de la moral católica, y que concebía la libertad religiosa en toda su extensión, pero irremediablemente supeditada a la idea de Dios, sobre la cual no era posible imaginar duda alguna. Acerca de la actividad profesional del autor, Luis cuenta que ejerció por toda Europa, y que en Jutlandia estuvo solucionando ciertos problemas de comunicación que se había planteando la estructura comercial de la Hansa; finalmente destaca la importancia política de Utopía, a la que califica de “teoría sobre el manejo de los asuntos humanos”.

Eugenio sitúa Utopía dentro de la tradición del idealismo platónico, y como tal considera que arrastra la mella de una concepción alejada de la realidad material: al considerar como modelo una instancia superior perfecta e inmutable, el idealismo pierde la perspectiva y confunde las causas de los hechos mundanos; como respaldo a su tesis, Eugenio pone como ejemplo la creencia que muestra Tomás Moro al ejercer como juez represor de los predicadores protestantes, cuyas ideas considera capaces de subvertir el orden establecido, noción que Eugenio rebate señalando que no hay ideas que convenzan al pueblo de que debe actuar para producir un cambio social, sino hechos que están traducidos en unas condiciones materiales incapaces de satisfacer sus necesidades primarias y, sobre todo, en la comparación entre sus condiciones humillantes y el despilfarro y el lujo de las clases dominantes. Acerca de la figura de Tomás Moro como autor de Utopía, cree haber reconocido una parodia de éste en una obra de Shakespeare: según Eugenio, sería Gonzalo, el asesor del rey de Nápoles en La tempestad; y evoca una escena en la que, nada más naufragar, el séquito real aborda la isla y su virginal aspecto inspira a Gonzalo la idea de una sociedad nueva a construir bajo los postulados de la razón: Shakespeare no evita burlarse, y en el diálogo en que el personaje comienza a esbozar sus características diciendo que “si el reinara”, termina afirmando que en aquel lugar no existiría nadie por encima de nadie, lo que provoca las mofas de otros personajes. Finalmente, Eugenio señala el carácter político de la canonización de Tomás Moro, a quien precisamente en los últimos momentos de su existencia no ha visto brotes piadosos, pues él mismo compara su propio procesamiento con la pasión de Cristo; también critica Eugenio que no tuviera más en cuenta la situación en la que dejaba a su familia, pues no cree que Dios se hubiera sentido ofendido si cediendo a la voluntad de Enrique VIII, hubiese salvado a su familia; señala Luis que la reacción de Tomás Moro en aquel asunto es propia de un hombre de temperamento encendido.

Pilar ha leído Utopía y lo considera un cuento fantástico, donde ella ha detectado varias incoherencias; afirma que las personas somos de tal forma que no es posible construir una sociedad de estas características, y a continuación enumera alguna de ellas, leyendo algunos fragmentos: en un apartado se habla de que las gallinas no empollarán los huevos, para así lograr que, por instinto natural, los polluelos sigan al hombre (Luis indica que se está gestando la noción de lo que será más adelante una teoría económica sobre la productividad, y Mercedes afirma que debe considerarse una metáfora sobre la naturaleza). También cuenta Pilar que en la isla de Utopía se hacen competiciones para elegir los jardines más espléndidos, y que el dinero no circula sino que se guarda para pagar a los mercenarios que harán la guerra en caso de que la isla sea atacada por invasores (indica Pilar que a su juicio esto es una contradicción, pues en otro lugar se prohíbe la guerra, pero Luis replica que en la isla se ha prohibido la guerra entre sus habitantes, pero se contempla la posibilidad de que algún pueblo extranjero la ataque y deban defenderse; se abre entonces debate sobre la coherencia de esta idea, y se trata de dilucidar si es posible concebir la práctica de una utopía centrada sobre determinados grupos humanos, en vez de sobre toda la Humanidad); a continuación añade Pilar otras características: antes de la boda, los novios se mostrarán desnudos ante un tribunal para localizar defectos en sus cuerpos, y no se llorará a los muertos cuando hayan sido creyentes, pues los muertos que necesitan la compasión de los vivos son aquellos que no han merecido el acceso al paraíso; otro concepto que Pilar discute es la noción de felicidad supeditada a la coexistencia del alma en Dios. Por último, Pilar pone su toque crítico profesional sobre la afirmación del autor de que sea indiferente el uso como tejido para las túnicas de lino fino o de lino rústico, y al hilo al se menciona que todos los habitantes de Utopía visten la misma ropa, como en un momento determinado se puso en práctica en la China maoísta. Concluye asegurando que para llevar a la práctica una sociedad como ésta, sería necesario doblegar la voluntad de gran parte de los ciudadanos, lo que abre debate sobre las posibilidades de existencia de una sociedad ideal y las diferentes circunstancias históricas que se implican en los modelos construidos hasta la fecha.

 

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Thomas More (1478-1535)

Tomas Moro

EL AUTOR

Tomás Moro en Wikipedia

Tomás Moro en La filosofía en el Bachillerato

Santo Tomás Moro y la política / Gabriel González Nares en Encuentra.com

Tomás Moro, de Peter Ackroyd en El niño vampiro lee

Thomas Moro [pdf] / Fernando de Herrera (1617) en Biblioteca Virtual de Andalucía

Luis Vives : humanista español en Europa [pdf] en El humanista Luis Vives

SU OBRA

un fragmento de Tomás Moro en Mar de nubes

Carta de Tomás Moro a Pedro Gilles en Cartas en la noche

apuntes sobre la Utopía de Tomás Moro en Taringa

comentarios sobre la Utopía de Tomás Moro en Fragmentos

reseña sobre Utopía / Tomás Moro en Las lecturas de Guillermo

lectura de epigramas de Tomás Moro en Mil lecturas, una vida

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