Archivo de la etiqueta: LALI

Shakespeare y las palabras / LALI

 

La fuerza del teatro de Shakespeare radica, sin duda, en el uso que hace del lenguaje. No es de extrañar que así sea, pues en aquella época, el teatro se basaba en la palabra. El espectador tan solo contaba con la voz del actor para entrar en el drama y gozar con él. Pero es que además, Shakespeare era un fanático, un vicioso del lenguaje. Más que las tramas, le interesaban las frases que iba a utilizar para construirlas. Le encantaba hablar por el puro gusto de hablar, de iluminar las cosas con las palabras, y retorcer los anillos del lenguaje. Hay en sus obras constantes juegos y metáforas de fuerza arrolladora. Esta es la opinión de José María Valverde, buen conocedor de la obra del gran escritor inglés.

La gente conoce más a Romeo y Julieta como amantes, que el Romeo y Julieta de Shakespeare. Todo el mundo se sabe la historia, y conoce de cerca a la pareja de enamorados porque, además, en cada pueblo y en cada cultura, se ha dado un caso similar. Esta obra ha sido siempre una de las más populares del dramaturgo británico, tanto en el teatro como en las numerosas adaptaciones al cine, al ballet y a la ópera. En mi opinión, el texto tiene una altísima calidad poética, y una construcción dramática trepidante, pero muy bien medida.

Más allá de su cruel moraleja socio-familiar, la obra queda por encima de todo como un dolido canto a la naturaleza del amor, hermosamente expresada en el verso de Romeo del primer acto: ”Como el humo el amor, como el vaho de un suspiro”.

Deja un comentario

Archivado bajo NUESTRAS EXPRESIONES

sobre EN EL SENTIMIENTO DE LA INMORTALIDAD EN LA JUVENTUD, de William Hazlitt / LALI

WILLIAM   HAZLITT

Los textos de Hazlitt y sus reflexiones sobre las obras y personajes de Shakespeare solo han sido igualados por los de Johnson, en cuanto a profundidad, penetración, originalidad e imaginación. Su estilo límpido, conforme a la tradición dieciochesca y no demasiado lejano de la lengua hablada, le convierte en uno de los maestros del género ensayístico.

 

EN EL SENTIMIENTO DE LA IMMORTALIDAD EN LA JUVENTUD.

Ningún joven cree que debe morir jamás. Hay una sensación de eternidad en la juventud que nos reconcilia con cada cosa. Ser joven es como ser uno de los Inmortales. La mitad del tiempo se gasta en realidad, la otra mitad es para nosotros, con todos sus innumerables tesoros, ya que no vemos ningún límite a nuestras esperanzas y deseos. Hacemos nuestra la próxima era, la gran perspectiva ilimitada yace ante nosotros. La muerte, la vejez son palabras sin sentido, un sueño, una ficción, que nos es ajena. Se apura la copa de la vida con sed ansiosa sin pensamiento de agotarla. Estamos demasiado absortos en la búsqueda, demasiado deslumbrados por la magnificencia y la novedad de la vida para discernir la tenue sombra del pensamiento de la muerte.

Recién descubierto el mundo, no podemos pensar en separarnos de él aún, al igual que un campesino en una feria, lleno de éxtasis y asombro ante lo que ven sus ojos, y no tiene idea de ir a casa, ni percibe que el tiempo ha pasado y pronto será de noche.

No nos gusta perecer por completo. Mientras podamos hacer que nuestros pensamientos vivan en la mente de los demás, no nos parece habernos retirado por completo del escenario.

Hazlitt declara que lo que ha sido en nuestra vida, nunca debe dejar de ser. Que piensa y recuerda la belleza, lo sublime, las emociones intensas, los buenos libros leídos, los cuadros admirados, las emociones desgarradoras, en una palabra, la vida vívida. Jamás pensamos que esas experiencias no iban a durar para siempre, como si nunca nada nos pudiera poner fuera de nuestro camino.

Además, añade el autor, si por nuestra superioridad intelectual sobrevivimos a nosotros mismos en este mundo, quizás podamos alcanzar un estado de superioridad del ser, y, por tanto, ser receptores al mismo tiempo, de los hombre y de los ángeles.

De la obra “EN EL SENTIMIENTO DE LA INMORTALIDAD EN LA JUVENTUD”, de William Hazlitt.

Lali Fernández

Deja un comentario

Archivado bajo NUESTRAS EXPRESIONES

La casa de Bernarda Alba / García Lorca ; comentario de LALI

LA CASA DE BERNARDA ALBA

Comentario: Lali Fernández

 

“La Casa de Bernarda Alba” es un drama rural de gran intensidad teatral, en tres actos. Sus personajes son todas mujeres. La casa del drama es blanca, encalada, con barrotes de hierro negro en las ventanas. Parece la cárcel donde se guarda celosamente la honra de las cinco hermanas Alba.

El reparto es el siguiente:

Bernarda, la madre, tiene 60 años, y su madre, Mª Josefa (una pobre demente), 80 años. Angustias es la mayor de las hermanas, con 39 años. Vienen a continuación Magdalena, Amelia, Martirio y Adela, la más joven, que tiene 20 años. Poncia, la criada, es también un personaje importante. La acción transcurre en la época contemporánea del autor.

Su escenario es una tierra del sur en verano, con un número reducido de personajes. G. L. emplea una prosa sobria, con frases cortas, casi siempre hirientes y de doble intención. El autor dijo de su obra: “He suprimido muchas canciones fáciles, romancillos y letrillas. Quiero que mi obra tenga severidad y sencillez”. Subtituló la misma como “Drama de mujeres en los pueblos de España”. En ella no se menciona que la acción transcurra en Andalucía. De hecho, en el manuscrito original, ha sido tachado “La acción transcurre en un pueblo andaluz de tierra seca”. Lo andaluz está simplemente sugerido por paredes encaladas, olivares, verano calurosísimo.

PRIMER ACTO

Situémonos en la escena. Fuera, el sol de verano cae a plomo, la luz blanca inunda calles y casas encaladas. Esta imagen contrasta con la oscuridad del interior de la casa, de muros gruesos. Se oyen doblar las campanas. Poncia y las demás criadas critican a Bernarda por su tiranía y crueldad. La casa está de luto, acaba de morir el segundo marido de Bernarda Alba. Entran en escena Bernarda, seguida de sus cinco hijas, de riguroso negro. Bernarda entra imponiendo silencio y exigiendo más limpieza. Es la matriarca. Autoridad y conciencia de clase definen al personaje. Lleva bastón. Durante toda la obra ese bastón será de una gran eficacia dramática. Hay una gran teatralidad en esta primera escena, con las mujeres enlutadas contrastando con las paredes desnudas y blanquísimas. (F. García Lorca advierte que los tres actos tienen la intención de un documental fotográfico. De hecho, en escena no se ven más que los colores blanco y negro.) Bernarda es intransigente y autoritaria, y abusa de su poder para tener a todos bajo su mando. Las mujeres del pueblo que han ido al funeral susurran entre ellas de lo malísima que es, y la tratan en voz baja de lengua de cuchillo y vieja lagarta recocida. Los hombres están bebiendo aguardiente en otro cuarto. No se les ve en escena, solo se sugiere que están ahí. (Como ya hemos dicho, ésta es una obra de mujeres.)

Tras el funeral, Bernarda anuncia a sus hijas que vestirán luto riguroso, y vivirán encerradas en la casa durante ocho largos años. Como ella misma sentencia: “No ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así fue en casa de mi padre y en la de mi abuelo. Mientras tanto, podéis ir bordando vuestro ajuar”. Bernarda es una implacable, rígida depositaria de la tradición y el orden heredados. El deseo de libertad y huida de esa cárcel provoca una situación límite entre las hermanas, cuya tensión irá incrementándose a lo largo de los 3 actos de la obra.

En este primer acto hay una conversación entre Poncia, la criada, con otra criada, que dice mucho de la lucha de clases. Poncia trata a Bernarda de tirana y dominante. No le tiene ningún afecto a su ama. La sirve, pero la odia. Como ella dice con rencor y odio: “Treinta años llevo lavando sus sábanas, comiendo sus sobras, días enteros mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento a Bernarda. Mal dolor le pinche los ojos… Pero un día me hartaré. Ese día me encerraré con ella y le estaré escupiendo un año entero. Claro que no le envidio la vida. Le quedan cinco mujeres, cinco hijas feas”.

Las hijas protestan débilmente con la sentencia de los ocho años de luto. La contestación de Bernarda es: “Hilo y aguja para las mujeres, mula y látigo para el varón”. Las hijas comentan entre ellas de una amiga que no ha aparecido por el funeral, porque su novio no la deja salir ni al tranco de la puerta. Otra le contesta que a los hombres lo único que les importa son las tierras y una perra sumisa que les dé de comer. Y que las mujeres se pudren en vida por el qué dirán. (Esto pone de manifiesto la denuncia de una situación intolerable padecida por la mujer en esa época y en un pueblo pequeño). Se habla en este acto de que Pepe el Romano (llamado así porque es de un pueblo vecino llamado La Romilla) viene a pedir a Angustias, la mayor de todas, para casarse con ella. Las hermanas comentan que él, con 25 años y buen mozo, viene a por su dinero, pues es la más rica de todas. Poncia aparece diciendo que por la calle viene Pepe, y las cinco se precipitan a las ventanas para verlo pasar. Adela, la más joven, rompe a llorar con ira, gritando que no quiere estar encerrada, que quiere salir. Termina el acto con la aparición de la abuela, toda engalanada, diciendo que se quiere ir a su pueblo al borde del mar, a casarse para tener alegría.

En este primer acto queda patente la fuerza dramática de Bernarda. No la quiere nadie, el pueblo murmura de ella y de su maldad, sus criadas la odian y sus hijas la temen. Bernarda reina en un mundo cerrado, dominado por un rígido sentido de la clase y la honra.

ACTO SEGUNDO

Son las tres de la tarde. En el escenario aparecen las cinco muchachas cosiendo. Falta Adela, que está acostada. El sol cae a plomo fuera, y el calor es insoportable. También lo es la crispación de las mujeres encerradas. Poncia, la criada, dice que a Adela le pasa algo, que la encuentra sin sosiego, asustada, temblona, como si tuviera una lagartija entre los pechos. Se comenta entre ellas que Pepe el Romano se queda por la noche en la reja con Angustias hasta la 1 de la madrugada; sin embargo, Poncia dice haberle oído alejarse de allí a las cuatro. Una primera duda se infiltra en el ánimo de los personajes. Poncia recrimina a Adela a solas. Sabe que se reúne con Pepe cuando este deja a Angustias, y Adela le contesta que con su cuerpo ella hace lo que quiere. Poncia le aconseja: “Deja a tu hermana en paz que se case con Pepe. Esa no aguanta el primer parto. Cuando muera, él hará lo que todos los viudos: casarse con la hermana más joven, y esa eres tú”. Adela le replica que saltaría, no por encima de ella, que es una criada, sino por encima de su madre para apagar el fuego que tiene levantado por piernas y boca. Llegan los segadores al pueblo. Se les oye cantar. Las muchachas corren a las ventanas para verlos pasar. Sus cantos hablan de amor y potencia el deseo de las mujeres enclaustradas. Llega Angustias furiosa porque le han robado el retrato de Pepe. Bernarda hace registrar los cuartos y aparece el retrato en el de Martirio, que está secretamente enamorada de Pepe. Bernarda le da bastonazos, amenazándolas a todas con ponerles cadenas. Poncia intenta avisar a Bernarda de lo que está pasando en su casa, y de que hay que casar a Angustias para alejar de allí a Pepe. Se oye entonces un gran alboroto en la calle, y Poncia viene con la noticia de que una soltera del pueblo ha tenido un hijo no se sabe con quién. Que para ocultar su vergüenza mató al niño y lo escondió bajo unas piedras, hasta que unos perros lo desenterraron y llevaron hasta el mismo tranco de su puerta. Ahora la gente del pueblo la quiere matar. Bernarda sale y manda salir también a sus hijas. (Hay que destacar que es la primera vez que las mujeres salen a la calle. Tienen permiso de la madre para participar en el linchamiento.) Bernarda y Martirio son las que más gritan: “¡Qué vengan todos a matarla!”. Adela se coge el vientre rogando piedad para la víctima. La de Adela es la única intervención piadosa. La escena sugiere que Adela está ya embarazada de Pepe.

Nuevo final terrible. Lo que ocurre fuera y no se ve desempeña un papel decisivo. Bernarda se convierte en acusadora y juez. En este 2º acto está presente la desconfianza y recelo de las cinco hermanas, con frases hirientes y de doble intención. El erotismo y deseo planea en todo el acto, en la disputa por el retrato, las carreras a las ventanas cuando pasan Pepe y los segadores por la calle. El varón invisible y deseado mueve los hilos de la trama. Se deduce la frustración de las mujeres condenadas a no conocer varón.

TERCER ACTO

Es de noche. Bernarda y sus hijas están cenando. Hay un silencio crispado, cargado de tensión. Angustias dice a su madre que encuentra al novio distraído, raro, y que esa noche no vendrá a la reja pues tiene un compromiso. Adela ha salido al patio, con Amalia y Martirio. Bernarda manda a sus hijas a la cama, y se queda hablando con Poncia. Esta la previene de nuevo de que debe vigilar a sus hijas, pero Bernarda se burla de ella, y se retira. Poncia le confiesa a la otra criada que hay una tormenta en cada cuarto, pero que ella ya ha dicho lo que tenía que decir. También le cuenta que Martirio es un pozo de veneno porque ve que el Romano no es para ella. Aparece la abuela meciendo un corderito y le dice a Martirio que Pepe es un gigante que las va a devorar a todas. Esta frase de la abuela es amenazante y profética. En el patio Martirio grita a Adela que ella también está enamorada de Pepe, y que ya no la mira como hermana, sino como mujer y rival. Adela le contesta que le da igual tener al pueblo en contra suya, que se irá a vivir a una casita donde Pepe la verá cuando quiera aunque se case con Angustias. Adela está dispuesta a aceptar su condición  de amante, al margen de la ley. Es rebelde y asume su situación como un desafío. Se oye un silbido, y Adela sale de la estancia. (Hay que hacer hincapié aquí que ese silbido es la única señal física de Pepe, pues no aparece en ningún momento en escena, y de la importancia que tiene el mundo exterior en la obra.) Martirio llama a gritos a su madre, que llega blandiendo el bastón. Adela entra con las enaguas llenas de espigas. Bernarda se dirige a ella furiosa, pero Adela le arrebata el bastón y lo parte en dos, gritando: ”Esto hago yo con el bastón de la dominadora. No dé Vd. un paso más, en mí no manda nadie más que Pepe”. Bernarda pide a gritos su escopeta, suena un disparo. Adela grita y sale corriendo. Bernarda ha errado el tiro, y Pepe ha huido en su jaca, pero Adela lo cree muerto y se encierra en su cuarto. Cuando Poncia fuerza la puerta, se encuentran a Adela colgada. Bernarda manda descolgar el cuerpo de su hija, mientras amenaza con qué algún día matará a Pepe. ”Llevadla a su cuarto y vestidla como si fuera doncella” dice la madre, “Mi hija ha muerto virgen. No quiero llantos. Silencio. A callar he dicho. Nos hundiremos todas en un mar de luto. Adela, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? Virgen… Silencio, he dicho.”

CAE EL TELON

Ese silencio que pide Bernarda no es solo para callar el llanto de sus hijas, es, sobre todo, porque hay que echar un manto de olvido sobre el horror que ha caído en su casa. Nadie debe enterarse de lo ocurrido. De nuevo aparece aquí el miedo al qué dirán.

A pesar de su frialdad y su absoluta falta de sentimientos, hay algo grandioso en la actitud de Bernarda, en su apelación al silencio. Exige la contención y el decoro hasta el límite de lo inhumano. Sabe mirar la muerte cara a cara, y eso es algo que para García Lorca, que siempre tuvo miedo a la muerte, tiene mucha importancia.

En ningún momento de la obra se percibe amor o cariño. Solamente al principio del primer acto, cuando en el funeral, una criada le pide a Poncia con tristeza que le dé algo de comer para su niña, y Poncia accede. También cuando Adela pide clemencia para la mujer que el pueblo quiere matar. Son los únicos rasgos de humanidad que he encontrado.

La casa de Bernarda Alba difiere bastante de la historia real, a la que Lorca añadió imaginación, drama, pasión y fuerza, creando unos personajes que dieron lugar a la tragedia de la obra. La familia Alba existió en la realidad, y el autor la conoció de cerca en su infancia y adolescencia. Francisca Alba (que así se llamaba realmente la que fue Bernarda en la obra de Lorca) era una mujer de acusada personalidad, que también tuvo hijos varones. Sin embargo, la intransigencia y crueldad que le atribuye G. L. no formaban parte de su carácter. Pepe el Romano también fue un personaje real. De hecho, este hombre se casó en la realidad con la hija mayor de Francisca Alba, y al enviudar unos años más tarde, casó con la hermana menor, tal como pronostica la criada Poncia en el segundo acto. Como ya hemos dicho, todos los personajes reales en los que se inspiró fueron conocidos del autor, y en algún caso, también tenían una relación familiar cercana

El conocimiento de la obra fue un motivo de rencillas entre la familia de Federico García Lorca y la familia Rodríguez Alba. Disgustó por igual a los Alba como al propio padre del autor. Las dos familias habían gozado de gran amistad, y habían comprado y compartido tierras juntos. La madre de Federico recomendó a su hijo cambiar los nombres de los personajes para no ofender a nadie. Teniendo en cuenta que la prensa madrileña comentó las lecturas que hizo el autor ante familiares y amigos en junio y julio de 1936, y hasta el propio autor habló de que situaría la acción en el pueblo de La Asquerosa, donde residían los Alba, (en 1943 se le cambió el nombre al pueblo por el de Valderrubio), es casi seguro que la existencia de la obra fuera conocida por la familia Alba, y que fuera considerado por ambas familias como un agravio y un ataque feroz a la dignidad y decencia de un pueblo pequeño como La Asquerosa, en el que las apariencias eran muy importantes, siendo como eran familias poderosas y ricas. Este agravio infligido gratuitamente por García Lorca a esta familia precipitó quizás su destino, determinado por las enemistades y rencillas familiares casi inmemoriales. En una época en que no pocos aprovecharon la confusión y desconcierto de una guerra civil para apoderarse de tierras ajenas, precipitar pleitos o matar por venganza, no es descabellado afirmar que una de las motivaciones del asesinato del poeta pudiera ser esta obra de teatro. (Algunos textos del libro La verdad sobre el asesinato de García Lorca. Historia de una familia, de Miguel Caballero y Pilar Góngora Ayala así lo contemplan).

La mitificación que produjo su asesinato ha desvirtuado a menudo una personalidad tan rica como compleja. García Lorca no podía disimular el miedo, el terror que la muerte le producía. Quizás por esa razón, en sus obras de teatro, las pasiones azotan a sus criaturas, las sacuden y arrastran a la muerte. Así ocurre en Bodas de Sangre, en Yerma y en La casa de Bernarda Alba. Se ha dicho que el acusado protagonismo femenino de sus obras se debe a la condición oprimida de la mujer en la cultura mediterránea.

LA CASA DE BERNARDA ALBA es una historia de odios, de envidias, presentes en cada acto. Poncia siente un odio descarnado, un resentimiento profundo hacía su ama. Y la gente del pueblo tiene envidia a Bernarda. Las hermanas también sienten envidia unas de otras.

Es una historia de pasión y erotismo encubierto, en que las hermanas llegan a odiarse por celos.

Es una historia de lucha de clases. Bernarda no dejó que Martirio se casara con Enrique Humanes porque su padre fue gañán, y la sangre de Bernarda Alba no se junta con la de un gañán. Asimismo, le echa en cara a Poncia que su madre fue una prostituta. Dice con desprecio que los pobres son como los animales, que han venido al funeral a llenar la casa del sudor de sus refajos, y que son igual de sucios que una manada de cabras. Sin embargo vemos esa misma lucha de clases cuando una de las criadas echa a gritos a una mendiga que viene a por las sobras.

Y es sobre todo una historia de frustración. Bernarda no entiende la necesidad de amor de ninguna de sus hijas. Le dice a Poncia “No, no ha tenido ninguna novio, ni falta que les hace”. El ansia de gozar de todo lo que implica la vida les es negado a las hijas de Bernarda. De ahí su profunda y eterna frustración.

La catástrofe que solo días más tarde de concluir García Lorca su obra se desencadenó sobre España impidió que el drama se representara en Madrid hasta el año 1964. Pero la palabra poética es capaz de sobrevivir al horror.

 

 Lali Fernández

abril de 2014

Deja un comentario

Archivado bajo Literatura española, NUESTRAS EXPRESIONES, Siglo XX, TALLER LITERARIO "JUAN XXIII", Teatro

William Thackeray (1811-1863) / LALI

Fue un escritor áspero y amargo. Quizás por su respeto a las convenciones victorianas, su sátira queda contenida por la exigencia moralista burguesa. Es probable que, debido a ese compromiso de fondo, y a pesar de sus enormes dotes de escritor, su maestría en la creación de caracteres, su dominio del lenguaje y de estilo, Thackeray nunca consiguiera establecer con sus lectores una relación tan inmediata como la de su gran rival Charles Dickens.

Su obra más famosa es La feria de las vanidades, que es un extraordinario cuadro satírico de la sociedad inglesa de principios del siglo XIX. La novela muestra con sutil complejidad, y a través de las vicisitudes de las dos protagonistas (la astuta arribista Becky Sharp, y la virtuosa pero ingenua e insípida Amelia Selley), las culpas de una sociedad que premiaba solo la hipocresía.

En Paris se casó, tras un breve noviazgo, con Isabella Shave, de 19 años. Esta persona fue prototipo de muchas dulces e indefensas figuras femeninas que aparecen en sus novelas. Una grave enfermedad mental la confinó por el resto de sus días en un manicomio. El dramático fin de su matrimonio constituyó el episodio central y fundamental de la vida del autor.

FRASES DEL AUTOR: – Una persona malvada es como una ventana sucia, nunca deja pasar el brillo. – Sin duda es mejor un amor prudente, pero es preferible amar locamente, a carecer de amor. – El humor es una de las mejores prendas que se pueden vestir en sociedad – El mundo es amigable para las personas que también lo son.

DEL LIBRO DE LOS SNOBS. (William Thackeray) El esnobismo: El autor hace un inventario de los diferentes grupos sociales en Inglaterra y en el extranjero, principalmente en Francia, así como de tipos de hombres, de quienes muestra con humor y virtuosismo que son víctimas de la misma enfermedad, el esnobismo. Este mal endémico adopta muchas formas, pero todas se basan en los mismos antivalores que Thackeray resumió en dos frases: -Dar importancia a cosas sin importancia. -Admirar mezquinamente cosas mezquinas.

ORIGENES DE LA PALABRA “SNOB”: Existe el verbo “to snub”, que es “mirar de arriba abajo, con desprecio”, que puede haber ayudado a la formación del término. Según nuestro Ortega y Gasset, el uso de la palabra “snob” procede de la contracción del término “sine nobilate”, explicando que en Inglaterra las listas de vecinos indicaban junto a cada nombre, el oficio y rango de la persona. Por eso, junto al nombre de los simples burgueses, aparecía la abreviatura “s.nob.”, es decir “sin nobleza”. Todo indica que este es el origen de dicha palabra. El snob es alguien que quiere hacer creer que pertenece a una clase social superior. En 1848, el sentido de la palabra cambió por el de “amarillo”. Hoy en día se ha vuelto a la acepción otorgada por Thackeray, o sea “snob” Un personaje de Thackeray se describe a sí mismo de forma humorística: se disfraza de snob para una cita, y se muestra de esta manera: -“Me reconoceréis a mí y a mi traje: un hombre joven, de maneras discretas, gran abrigo blanco, fular de satén carmesí, pantalón azul celeste, botines de charol, alfiler de corbata adornado con una esmeralda, un crespón negro alrededor de mi sombrero, y mi habitual bastón blanco de bambú con rico pomo de oro.” Sin querer quitar importancia al Libro de los snobs, de Thackeray, yo mencionaría la obra de Proust, En busca del tiempo perdido, en la que no pocos de sus personajes son unos snobs. Los que se sienten superiores a los demás, por fortuna, que no por clase, y los que con menos medios económicos, se comportan ridículamente para alcanzar el tan preciado título de snob”

LALI FERNÁNDEZ

Deja un comentario

Archivado bajo NUESTRAS EXPRESIONES

Lord Byron / LALI

Byron heredó el título y la ruinosa abadía de Newstead siendo muy niño. Pasó una infancia infeliz, amargada en parte por una deformidad en un pie que le hizo cojear toda su vida. Tal deformidad fue debida, al parecer, a que su madre por pudor a la hora del parto, se negó a abrir lo suficiente las piernas para permitir el paso de la criatura. Los antepasados  tanto de madre como de padre, fueron seres violentos, y una vena de locura persiguió a todas las generaciones de Gordon y Byron. Nuestro autor no se libró tampoco de ella. Su padre, viudo reciente y con una niña de pocos años,  casó con su madre, mujer más bien fea y de agrio carácter, pero que tenía rentas suculentas. Su marido dilapidó su fortuna en breve tiempo, muriendo en Europa, pobre y enfermo. Las relaciones de Byron con su madre nunca fueron buenas.

Su abuelo, apodado Jack Mal Tiempo (apodado de esta manera porque no podía hacerse a la mar sin que se desencadenara una tempestad), recibió un día la orden de hacer, en el “Dauphin”, un viaje de exploración alrededor del mundo. Terminó su vuelta al mundo con una rapidez tal, que no descubrió tierra alguna. En resumen –dice su biógrafo-, había en aquella época tantas tierras ignoradas y por descubrir en su camino, que debió tener mucho trabajo para evitarlas.

De niño timorato y solitario, Byron pasó a ser un joven a menudo violento, provocativo,  derrochador y muy enamoradizo, tanto de hombres como de mujeres. De extrema sensibilidad, y con talento adecuado para ser expresado en forma de poesía romántica. Era excepcionalmente bien parecido y lleno de energía física, profundamente inteligente y con sentido del humor. Los viajes iban a enriquecer su mente: Portugal, España, Malta, el Próximo Oriente, y sobretodo Grecia, donde llegó a obsesionarse con la idea de liberar la patria de Homero de la dominación de los turcos. Su talante aventurero le instó a viajar, y, además, era incapaz de soportar los estrechos horizontes de la clase alta inglesa. Su vida sexual fue demasiado radical para que pudiera agradar a la sociedad londinense de la época.

Una manifiesta relación con su medio hermana Augusta, de la que tuvo una hija, escandalizó al mundo refinado. Al año siguiente, Byron se casó con Anabella, hija de lady Melbourne. Pero Anabella lo abandonó después de darle una hija. Ya no podía soportar más la violencia de Byron, y que este la humillase comparándola con Augusta, sin esconderse ante ella de la relación incestuosa que mantenía con su propia hermana. Finalmente, mandó una carta a Anabella en la que le ordenaba dejar su casa y volver con su madre, instándola a  que se llevase  también a su hija, que era más bien un estorbo para él. Después de esto, Byron huye de Inglaterra, asqueado por los convencionalismos que le condenaban. Se trasladó a Europa, donde llevó la vida desenfrenada de siempre. En 1824, murió de unas fiebres en Grecia. Su deseo era ser enterrado en ese país, donde había vivido durante años, y su corazón estaba en ese país. Pero sus amigos repatriaron su cuerpo para ser sepultado en el panteón familiar. Lady Caroline Lamb, que había tenido una relación intensa y tumultuosa con el poeta, se encontró por casualidad con el cortejo fúnebre, y su mente se extravió para siempre.

Resulta imposible pensar en el movimiento romántico en Europa sin destacar la influencia de Lord Byron. Desde luego, Europa tiene más que decir de Byron que su propio país, pues su reputación nunca fue muy alta para los ingleses.

Se dijo de él que era “loco, malo y peligroso de conocer.” Parece ser que los hombres europeos tuvieron una época difícil durante el tiempo que la imagen byroniana se mantuvo floreciente, pues, leyendo crónicas de otros poetas contemporáneos suyos, su belleza deformada, su energía erótica y talento poético estaban impregnados por la imagen del héroe revolucionario, es decir: guapo, erótico y peligroso.

Su lirismo delicado, unas veces, su arrogante cinismo otras, se reflejan en el estilo de sus versos: impetuoso, inquieto y exuberante.

Byron tenía el convencimiento de que moriría a los 37 años, pues la mayoría de los Byron, a lo largo de generaciones, murieron con esa edad. Y el presentimiento se cumplió.

LALI FERNÁNDEZ

Deja un comentario

Archivado bajo NUESTRAS EXPRESIONES

La monja, de Aphra Behn / LALI

Todos somos más o menos capaces de imaginarnos la vida de un escritor de época. Pero no la vida de una escritora de época. Pues no tenemos apenas constancia de quienes eran, de cómo vivían, ni sobre qué escribían las mujeres en el pasado.

Puesto que es la literatura escrita por hombres la que a lo largo de los siglos se ha vendido y ha perdurado, es esa misma literatura la que ha contribuido a construir un referente cultural, ideológico y social que es el que hemos heredado y el que asociamos al pasado histórico. Así, somos espectadores constantes a través de lo que leemos, de una forma de mirar el mundo, fundamentalmente masculino. El mundo de las emociones, la pasión, la intimidad, el amor y las relaciones, todo está impregnado de la mirada del hombre, y de la forma que tiene de gestionar su universo emocional.

Hasta ahora hemos tenido que asumir que el ámbito de la literatura, como el de la música, la pintura, etc… era, siglos atrás, patrimonio de los hombres. Y sin embargo, desconocemos en realidad qué número de mujeres se dedicaban a escribir y si, de haberse favorecido la publicación de obras escritas por mujeres, nos hubiéramos llevado alguna singular sorpresa capaz de desbaratar las creencias de toda la vida. Así, rescatar la obra de escritoras de antaño es útil para consignar y constatar el hecho indudable de que a lo largo de los tiempos las mujeres actuaron, investigaron, se equivocaron, acertaron y crearon, mano a mano con los hombres, el mundo que hoy heredamos.

Sirve además para explicarnos-mediante testimonio verídico, el atormentado y extenuante recorrido que la mujer ha tenido que arrostrar hasta llegar al presente y, sobre todo, los prejuicios y obstáculos contra los que se ha debido enfrentar para defender su forma de pensar y de sentir, para lograr construir sus aspiraciones y materializarlas.

La literatura tiene mucho que ver con la moral y con su cuestionamiento o transgresión. Y tal vez eso explique por qué la mujer ha sido reprimida en la expresión libre de su sexualidad como en la de su creatividad. Así, la literatura era para las mujeres una forma de rebelarse y de construir un territorio de libertad, un territorio donde poder reparar su identidad castrada.

Por eso es especialmente estimulante acercarnos a esta inquietante escritora, Aphra Behn, de otro tiempo, cuyos oscuros orígenes y detalles de gran parte de su vida, siguen envueltos en un romántico misterio. Al quedarse viuda, se vio obligada a ganarse la vida con la escritura, convirtiéndose quizás en la primera mujer inglesa que lo hizo. Durante 20 años produjo una asombrosa variedad de obras literarias y destacó, junto con Dryden, Rochester y otros, como una de las principales poetas y dramaturgas de la Restauración. Nuestra escritora muestra en sus narraciones a unas heroínas inquietas, y que no se acomodan al mundo tal cual está diseñado, y que hacen todo lo posible por escapar de esa cárcel de puritana censura, de convenciones y prohibiciones que someten a la mujer al calvario del aburrimiento y de la ignorancia, a la renuncia de la expresión de la libido. Esta novela, La monja, muestra las claves más íntimas y esenciales del universo femenino, sus necesidades más apremiantes, su sed de experiencia. Y también, el ingenio requerido para burlar la vigilancia de sus carceleros. Y aunque no siempre las cosas salían del todo bien, y a pesar de que el precio a pagar por la osadía de querer ser distinta era tan alto como la deshonra, el exilio o la condena, las aventuras de estas féminas nos ofrecen a un tiempo divertimento, amenidad en la lectura, y honda reflexión. En el siglo XX se ha reconocido a Aphra Behn como una importante figura literaria y se ha convertido en un modelo de mujer escritora, pionera de la independencia y realización literaria femenina.

LALI FERNÁNDEZ

Deja un comentario

Archivado bajo NUESTRAS EXPRESIONES

Tomás Moro / LALI

Entre los humanistas del Renacimiento, la literatura tenía una función muy importante, un lugar común heredado de los clásicos. Tomás Moro nos involucra en un tipo de reflexión profunda y toma ejemplo de una de las mayores obras de todos los tiempos, La República de Platón.

En su juventud, Moro se vinculó con los cartujos del monasterio de Charterhouse. Allí aprendió a “ayunar, observar y rezar”. Continuó toda su vida con esas prácticas de oración y autocontrol.

Conocido por su ingenio brillante y por su sentido del humor, se reía de sí mismo. Le gustaba hacer teatro con su familia, y pensaba que la comedia había sido siempre un poderoso medio de reforma social, y tamiza las pasiones.

Erasmo fue su gran amigo. Estos dos gigantes intelectuales tenían mucho en común, dones intelectuales similares, y ambos veían claramente la necesidad de reformar la iglesia y la sociedad. Ambos se pasaron cinco años aprendiendo griego, e hicieron de esa manera sus propias contribuciones al Renacimiento y a la cultura occidental. Moro fue un gran estudioso, y dijo que si estudiásemos celosamente a partir de la infancia, hoy (se refiere a su época) habría menos pobreza de expresión y un estilo más rico y conciso, y no el desdichado balbuceo que hoy vemos entre profesores y alumnos. (Esto se podría aplicar a nuestra época, en que con tanta tecnología, la gente se está olvidando de escribir decentemente.)

TOMÁS MORO, juez

Erasmo decía de él que “nadie ha juzgado más casos, ni demostrado más integridad en su cometido”. Dictaba sentencias justas y claras, y su comportamiento en ese campo fue digno y encomiable. Los londinenses le admiraban además por su ingenio y su sentido del humor.

EDUCACION

Moro tiene un sitio de honor en la historia de la educación, una distinción que se le reconoció incluso en vida. La educación que planificó y supervisó para sus propios hijos tuvo de hecho tanto éxito que su hogar y su escuela se hicieron famosos en toda Europa. Su conocimiento profundo de los autores clásicos y medievales lo traspasó a sus hijos. Y además, algunos de sus mejores amigos que visitaban su casa fueron los mejores educadores de su tiempo, tal como Erasmo, o el valenciano Vives. Pese a que Moro ejercía un alto cargo en asuntos de estado, era capaz de ponerse al nivel de los estudios de sus hijos, y bromear con ellos con frases ingeniosas y lúcidas. Incluso cuando estaba de viaje se interesaba vivamente por sus estudios. En cierta ocasión animó a su hija más querida, Margaret, para que completara su educación antes de que se lo dificultaran sus obligaciones de esposa y madre. Y es más, le recomendó que estudiara medicina. (Es digno de admiración encontrar una mente tan abierta con respecto a las mujeres en el siglo XVI).

Tenía un sentido de la caridad muy enraizado. A menudo invitaba a su mesa a los vecinos más pobres. Alquiló un edificio para cuidar enfermos e indigentes alimentándolos de su bolsillo, y encargando el cuidado a sus propios hijos.

SOBRE SU RELACIÓN CON ENRIQUE VIII

Moro pensaba, por su conocimiento de la naturaleza humana, que hasta el mejor de los soberanos podía convertirse en tirano. El monarca se dejaba caer de vez en cuando por la casa de Moro, y paseaba por los jardines cogiendo a Moro del brazo. Un día el yerno de Moro (que fue su primer biógrafo), felicitó a su suegro por la extraordinaria confianza que le demostraba el rey, y este dio a su yerno una lección de humildad y realismo que ha pasado a la historia. “Hijo mío –le dijo- no hay razón para que me sienta orgulloso, porque si a cambio de mi cabeza el rey pudiera obtener un solo castillo en Francia, mi cabeza no tardaría en rodar.”

Desde que presentó su dimisión como primer ministro al rey en 1532, Moro apeló a la conciencia del monarca con toda la prudencia de que fue capaz, y en esa valiente persistencia para dar consejos sanos, fue el súbdito más leal a su rey.

Cuando el rey formuló los cargos en su contra, Moro, con su gran percepción de gran estadista, fue plenamente consciente de las consecuencias potenciales del absolutismo real. Acabó con la legitimidad de la Iglesia católica en Inglaterra, y atrasó en 100 años el progreso del gobierno parlamentario. Hasta el siglo XVII Inglaterra no se quitó de encima los efectos despóticos de esa monarquía descontrolada, y únicamente lo logró a costa de una sangrienta revuelta y guerra civil.

A lo largo de toda su detención en la Torre de Londres, los mayores sufrimientos de Moro no fueron causados por su mala salud ni por su pobreza. Provenían de su propia familia. Tras haber educado exquisitamente a sus hijos, Moro descubrió que ninguno lo apoyaba en su decisión de conciencia. Tampoco su esposa. Se sintió abandonado y sufrió mucho por ello. El juicio de Tomás Moro es uno de los más famosos desde tiempos de Sócrates. Su agudo sentido de la historia le convenció de que este juicio, al igual que el de Sócrates, no sería pasto del olvido. Y pese a la oposición del rey, de todos los obispos, de su propia familia y sus amigos, Moro se mantuvo firme en su fe y en sus convicciones.

No perdió su sentido del humor ni siquiera cuando subió al cadalso. Cuando posó su cuello en el tajo, como tenía una larga barba, la estiró y le dijo al verdugo: “Le ruego que me deje posar la barba sobre el tajo, así, ya que estamos, me la corta”. Y de este modo, con una broma, acabó su vida.

LALI FERNÁNDEZ

Deja un comentario

Archivado bajo NUESTRAS EXPRESIONES