15 de febrero de 2017: Lawrence Durrell

Reunidxs: Mariajosé, Consuelo, Toñi, Rufino, Isabel, Eva, Eugenio, Luis, Pilar, Lali, Mercedes, Valentín y Maite.

Isabel abre la sesión leyendo los datos biográficos publicados en la web «El poder de la palabra», donde se empieza etiquetando al autor como “novelista y poeta británico”, a lo que Marijose señala que esto es un error porque Durrell, según varias fuentes, nunca tuvo la nacionalidad británica; pero Eva comenta que la India, donde nació, pertenecía en aquel momento a Gran Bretaña y por ello se le puede considerar «británico», y Luis advierte entonces que no debemos confundir a Lawrence con su hermano Gerald, que también tiene una cierta celebridad literaria aunque sus inquietudes pertenezcan al mundo de la ciencia, ya que en sus libros muestra el comportamiento de los animales humanizándolo y haciéndolo así comprensible al lector de cualquier edad, a lo que Pilar añade que Gerald fue biólogo. Isabel continúa con la lectura de la reseña biográfica sobre Lawrence Durrell y menciona que desde temprana edad escribía poesía y novelas, entre las cuales la primera en destacar fue El cuaderno negro, escrita sobre su experiencia en París e influida por la lectura del Trópico de cáncer de Henry Miller; Isabel añade que el autor realizó actividades diplomáticas en diversos lugares, como Grecia o Egipto, a lo que Luis recuerda que Durrell no era un diplomático, sino agregado cultural y de prensa, y su labor fue periodística. Sobre la tetralogía que le ha dado celebridad, Cuarteto de Alejandría, Isabel menciona que fue publicada entre 1957 y 1960, y que la trama se desarrolla en diversas intrigas, tanto amorosas como políticas, estructuradas bajo la evocación de la ciudad de Alejandría durante las épocas limítrofes de la Segunda Guerra Mundial; resalta que su originalidad reside en tratar desde puntos de vista distintos, los mismos acontecimientos. Finalmente, añade que el autor también escribió ensayos en torno a sus viajes, describiendo la vida contemporánea en las islas mediterráneas de Corfú y Chipre, por ejemplo.

Rufino lee fragmentos de un artículo publicado en La Vanguardia y disponible en su hemeroteca virtual, titulado «La tortuosa vida de un genio», firmado por Teresa Amiguet; cuenta que a los doce años de edad, el autor fue enviado por sus padres a Londres con el objeto de que estudiara en Cambridge, pero él terminó escribiendo poemas en las mesas de los garitos adonde iba a escuchar jazz. Menciona que Durrell sedujo a una hija suya por culpa de lo cual ésta se suicidó, a lo Lali señala que el incesto no parece hacerse demostrado. Rufino también menciona un comentario de la autora del texto que está leyendo, sobre la descripción que del autor hace su hermano Gerald en Mi familia y otros animales, donde éste plasmó las vivencias de los Durrell en Corfú; respecto a la obra de Lawrence Cuarteto de Alejandría, el texto indica que la autora del mismo leyó la obra durante su adolescencia y la considera un fértil cultivo para la comprensión de los sentimientos humanos y el amor, desde una perspectiva poco convencional, añadiendo que Durrell trató el tema con el aporte científico de la Teoría de la Relatividad, usando ésta como inspiración técnica para la escritura; también llama al amor “jeroglífico”, pues consistiría en un desciframiento constante. Por último, Rufino indica que la familia del autor fueron colonos de clase media: su padre ingeniero de ferrocarriles y su madre de ascendencia irlandesa.

Mariajosé ha leído un artículo en la web «Opera Mundi» donde se califica al autor de “apóstol  del sexo promiscuo”, y a través del texto del mismo comunica que el primer título conocido de Durrel es una novela de tintes autobiográficos llamada Pied Piper of Lover, que su niñez la pasó entre la India natal y la Inglaterra académica y que la vida en Corfú, que compartió con Nancy Hodgkin, le acercó una copia clandestina del Trópico de Cáncer de Henry Miller cuya lectura daría un rumbo más acertado a su singladura literaria. Menciona el sexo como receta contra el aburrimiento y señala que en 1937, ya en París, tuvo contacto con Anais Nin -de quien resalta sus Diarios- y con el propio Miller, con quien el autor mantuvo una fértil correspondencia; también llama su atención la amistad que le unió al poeta inglés T. S. Eliot, que ejerció tareas editoriales para Durrell en Londres, y a quien debe, según indica Luis, la expresión «tierra baldía» que tanta fortuna ha deparado a aquél. Mariajosé lee también que Durrell se sintió un refugiado del clima griego, que se hizo cargo de su hija tras la separación conyugal y que la escritura del Cuarteto de Alejandría la llevó a cabo en Francia, cuando ya se encontraba en compañía de su tercera esposa. Por último, indica que Henry Miller lo llamó “genio amargado”.

Toñi ha leído Justine, la primera de las novelas que componen el Cuarteto de Alejandría, y le ha gustado: dice que es una lectura agradable y sorprendente. Destaca las descripciones que hace el autor del entorno natural, tanto de la ciudad como de la playa, resaltando la imagen de las dunas y la mezcla de culturas y razas; al respecto señala Luis que Alejandría en aquella época era una ciudad como Tánger, libre de controles, y Lali añade que también la Casablanca de su infancia fue zona franca, como mostró el cine. Toñi habla del argumento y define la novela como un “jaleo de amoríos”, donde hay constante cabida para la sensualidad y el erotismo; resalta entre los incidentes de la trama cuando a Nessim, el marido de Justine, le comunica Melissa, rival de aquélla en el corazón del narrador, que su esposa le es infiel; entonces él pregunta a la confidente cuánto dinero quiere a cambio de su silencio.

Lali también acaba de leer Justine (comenta Luis que ésta es la mejor obra del Cuarteto: al menos la más inspirada, cuya trama se desarrolla con mayor fluidez, frescura y elegancia) y tiene la impresión de que ya la había leído antes, pues algunos pasajes le han sonado familiares; destaca la escena cuando Nessim y el narrador acuden a rescatar a Justine de un burdel donde se prostiuye a niñas. Señala que el ambiente literario y biográfico de Durrell le ha evocado a los escritores estadounidenses de los siglos diecinueve y veinte, a quienes ella llama “borrachines“, y pone como ejemplo a Scott Fitzgerald; al hilo pregunta Eugenio si la prosa del autor no le ha recordado también a Proust, pues a él le ha parecido que Durrell, a la hora de afrontar las emociones, parece más francés que inglés; Mercedes comenta que ella ha leído sobre las similitudes entre Proust y Durrell, y que también se compara al autor con Joyce, a lo que Eugenio cree que quizá se pueda hallar un parecido entre ambos por el tratamiento del espacio, al que dan importancia superior a la perspectiva temporal, pero en ningún momento él ha sentido reminiscencias del irlandés. Entonces Luis, siguiendo con referencias intertextuales, recuerda la admiración de Durrell por Cavafis, el poeta alejandrino de cultura musulmana pero ascendencia occidental (su padre era un griego comerciante), de quien Eugenio dice que es abundantemente citado por el autor en Justine, llamándolo “viejo poeta” y, que él recuerde, nunca mentándolo por su nombre; a continuación Mariajosé recuerda que Cavafis recibió el Premio Nobel. Lali recupera la palabra para insistir en que Durrell rompió moldes, al igual que el propio Joyce o el checo Kafka, ya que el Cuarteto de Alejandría está compuesta de cuatro novelas independientes en torno a la misma historia, pero desde diversos puntos de vista (apunta Eugenio que las tres primeras cuentan la misma historia, pero la cuarta, Clea, es la continuación de las anteriores), con el objeto de intentar aproximarse algo más al conocimiento de la naturaleza humana, a la cual el autor califica de “inasible”; quiere entonces Lali rescatar sinónimos de este adjetivo, entre los que Mariajosé dice inabarcable, Luis incomprensible y Rufino ofrece una definición que busca en Internet y que dice que inasible lo es algo “por ser demasiado sutil”. Seguidamente, Lali habla de la descomposición de la sociedad europea durante el periodo de entreguerras, que es el escenario en que vive y escribe Durrell, y menciona el Quinteto de Avignon, su obra más ambiciosa, como intento por descubrir las claves de la confrontación entre Occidente y Oriente, y donde el autor investiga sobre la unión de los destinos con una “vívida prosa expresiva”; por último, nos informa de que tiene en casa un libro de viajes titulado Las islas griegas, edición ilustrada con fotos en blanco y negro y textos de Lawrence Durrell.

Eva llama la atención sobre el hecho de que Durrell sea un escritor del espacio, destacando los viajes que realizó en vida y los que plasmó en sus novelas; al hilo Mariajosé comenta que viajar es una práctica muy británica, y Lali recuerda el encanto que el Mediterráneo ha despertado en los artistas ingleses a partir del siglo XVIII. Eva añade que el tratamiento que da el autor en el Cuarteto de Alejandría a la historia, la idea que concibe y desarrolla en esta tetralogía, es impresionante, muy ambiciosa, aportando una visión innovadora y atrevida sobre temas que algunos escritores tratan de soslayo y muy pocos se deciden a expresar abiertamente, a lo que Rufino señala que más bien habría que decir que muy pocos se deciden a divulgarlo, porque realmente cuando se escribe, se escribe sobre cualquier asunto y se le da el tratamiento que se quiere, pudiendo quedar lo hecho en la intimidad del autor. Finalmente, Eva indica que Durrell trató de repetir en el Quinteto de Avignon la complejidad formal de su obra más célebre, pero lo hizo sin éxito, a lo que Eugenio señala que quizá ese intento le salió bien y quedó satisfecho, pero aún la crítica y los lectores no lo hemos descubierto.

Luis subraya que Durrel fue un buen escritor que recibió la herencia de Proust, Musil y Kafka, entre otros, aunque no llegó a alcanzar la grandeza de éstos; señala que la novela moderna se ha construido sobre tres pilares decimonónicos que son las obras fecundas de Dostoievski, Dickens y Balzac, de la misma manera que éstos consolidaron en la novela burguesa la vía abierta por Cervantes, y añade que en el periodo entre las dos guerras mundiales del siglo XX, fue Kafka el más influente, y el que más ha crecido en la segunda mitad del siglo pasado y comienzos de éste, a lo que Eugenio recuerda la deuda de Eduardo Mendoza con el escritor checo, y Luis menciona del barcelonés La verdad sobre el Caso Savolta. A continuación recuerda la atracción que ejerció Henry Miller sobre Durrell, que Mariajosé llama “amistad íntima” y Luis recalca como lío amoroso donde la clave es Anais Nin, de cuya obra destaca los diarios entre los cuales la autora de origen español narró detalles del incesto con su padre, que Luis define como escabrosos aunque añade que no hay que rechazar la literatura por su contenido, ya que la lectura de cualquier tema no implica la asunción de lo leído; pone como ejemplo a Sade. Finalmente menciona El cuaderno negro (del que dice Isabel que no pudo editarse en Inglaterra hasta treinta años después de escrito, dado la moral victoriana aún imperante antes de la Segunda Guerra Mundial) y nombra a Alma Mahler y Lou Andreas-Salomé como mujeres destacadas de la época, que también lograron socavar la moralidad trasnochada.

Eugenio ha leído Justine y señala que le ha gustado mucho, que es de lo mejor que ha leído últimamente de los autores de nuestra tertulia, añadiendo que conocía a Durrell gracias a la obra de su hermano pequeño, quien transmitió una cómica imagen del autor en su estancia en Corfú, a través la mencionada Mi familia y otros animales. Le ha resultado burda la crítica que se ha vertido contra Durrell por haber sido malísimo con sus mujeres, y sobre todo le parece prudente no manifestarse acerca de la seducción de su hija, aunque comenta que sea cual sea la vida privada de un escritor, según biógrafos, críticos e intérpretes, lo que como lectores llegaremos a conocer de ellos sólo será su obra, y el prestigio académico de muchos suele ser poco digno de confianza. Eugenio destaca que Durrell pretende hacer literatura en base a su experiencia personal, pero buscando nuevas formas y, sobre todo, tratando de construir la novela con aplicación de los principios de la Cábala y otros conocimientos gnósticos, tal y como se muestra en el contenido del Cuarteto y evidenció en la estructura del Quinteto; en este sentido, lo que subraya de la perspectiva ficcional de Durrell es la importancia del espacio a la hora de desarrollar la narración, marginando la prevalencia del orden cronológico propio de la novela del diecinueve, aún dominante en la época del autor y aun en nuestros días, como demuestra la literatura de consumo; también cree Eugenio que en Durrell hay un escritor sincero, en contraste con la falta de sinceridad que precisamente reprochaba hace un par de sesiones a William Golding. Por último, Eugenio lee un par de fragmentos de Justine: en el primero se hace una breve apología del hombre promiscuo, en boca del personaje más vividor de la novela (“el del parche en el ojo”, recuerda Toñi), como ser completamente impotente ante el influjo de un rostro femenino, y en la segunda el autor cita a Tolstoi: la impresión que éste llevó ante los niños y niñas que encontró en las escuelas destinadas a las clases empobrecidas de su tiempo.

Mercedes reitera que Durrell nunca tuvo la ciudadanía británica, a lo que Luis insiste en que este dato no se sabe a ciencia cierta; entonces Mercedes recuerda que el autor no quiso tener ninguna relación con la metrópoli de la Commonwealth, y establece una comparación entre Inglaterra y el Mediterráneo o la India, su tierra natal, a lo que Luis recuerda que T. S. Eliot tomó “tierra baldía” -término con que tituló su poema más conocido- de lo que a Durrell le parecía Inglaterra, y que la vida espiritual de la religión hindú, para alguien con inquietudes como él, es mucho más atractiva que la del anglicanismo. Mercedes comenta que ha estado ojeando Limones amargos, la obra que el autor basó en su experiencia en Chipre a comienzos de los años cincuenta, y de cuyo título argumenta Consuelo que compara el exprimir limones con la miseria que sufren los refugiados; Mercedes añade que en la época en que Durrell estuvo en esta isla, el lugar estaba en plena ebullición independentista, a lo que Luis recuerda que Chipre aún no es independiente, ya que se encuentra ocupada a partes iguales por Grecia y Turquía; Rufino hace mención entonces al arzobispo Makarios III, muy popular en aquellos momentos.

Pilar lee algunos pasajes del texto de Teresa Amiguet sobre el autor y destaca que fuera un hombre torturado, con hondo desequilibrio interior y, según palabras a él mismo atribuidas, “náusea de su propia obra”; también subraya que la obra de Durrell pueda servir para “angustiar a los bienaventurados”, y comenta que posiblemente Durrell no haya logrado la comprensión de la crítica.

Consuelo cuenta que ha leído Clea, la última de las novelas que forman el Cuarteto de Alejandría, y que la historia parte de cuando el narrador principal regresa con la hija de Melissa a Alejandría; comenta que una vez allí aparca a la niña en el puerto y no se vuelve a saber de ella, a lo que Luis recuerda que esto puede haber sido un sencillo recurso literario, pero también podría tratarse de un descuido del autor, como el que cometió Cervantes en la primera parte del Quijote con el asno que le roban a Sancho. Consuelo confiesa que le ha costado conectar con la trama porque el autor da por hecho que quien lea Clea ya ha leído las anteriores, en las que todos los personajes que van saliendo han sido presentados, pero finalmente ha disfrutado de la lectura. Destaca las descripciones, de paisajes y de la belleza humana, y evoca la Alejandría de aquel momento como una urbe ecléctica donde las razas y culturas se mezclan y conviven. Acerca de la forma de expresión, dice que Durrell no usa un lenguaje obsceno sino, al contrario, es muy poético, y le han gustado especialmente las explicaciones que da sobre la vida sentimental, además de la exposición que hace de los ritos y del santoral. Respecto a la versión cinematográfica de Justine (de la que dice Isabel que fue dirigida en 1969 por George Cukor), Consuelo ha leído en Internet que el papel femenino principal tuvo varias candidatas, pero ninguna actriz parecía idónea; por otro lado, también se ha dicho que esta película simplificó tanto la novela que el resultado fue más bien un melodrama sin repercusión. Consuelo añade, finalmente, que dada la descripción que hace Durrell de las personas, tampoco ella entiende que fuera un hombre cruel con las mujeres, a lo que Toñi evoca la escena en que Justine narra su violación.

 

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