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21 de diciembre de 2016: Napoleón en Chamartín / Benito Pérez Galdós

Reunidxs:  Isabel, Consuelo, Toñi, Carmelo, Eugenio, Seve, Benita, Mariajosé, Rufino y Lali.

Isabel abre la sesión señalando que Napoleón en Chamartín es la quinta novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós, y que continúa la historia con Gabriel como protagonista. Toñi señala que ésta no le ha gustado tanto como las anteriores, porque cada vez hay más guerra, y añade que la leyó en una edición ilustrada a lo que Rufino, que confiesa que aún no la ha terminado pero le está gustado y piensa llegar hasta el final, replica que la edición que él está leyendo consta de quinientas y pico páginas.

Mariajosé se encarga de desgranar el argumento leyendo un texto propio donde señala que el interés de los acontecimiento básicamente históricos es menor en esta novela que tiene como fondo la entrada de Napoleón en Madrid, y el entramado gira sobre la preparación de la defensa de la capital por parte del ejército y el pueblo españoles, que no están demasiado preparados para afrontar la llegada de los franceses a cuyas tropas aguardan armados con palos, arma más común incluso cuando desfilan; pero el orgullo les impulsa a la superación del pesimismo y prolifera la patriota creencia de que España todavía puede ser aquel imperio donde no se ponía el sol (Toñi recuerda que algunos cartuchos los rellenaban con mezcla de arena y pólvora). Mariajosé cuenta que el protagonista de la serie, Gabriel, llega a la capital del reino tras la pista de su enamorada Inés, a quien también pretende un tal Diego, que es hombre de alcurnia; sobre esta relación oscilan el resto de personajes, algunos de los cuales ya habían aparecido en novelas anteriores y ahora van llevando sus respectivos caminos, desde los bajos fondos de la urbe a la inflamada vida cortesana. El episodio concluye en el momento en que Gabriel es desterrado por culpa de una conspiración en su contra, a juicio de Rufino porque su instigador, Santorcaz, piensa que Gabriel posee unas cartas que delatan la ascendencia de Inés, dato que a aquél le interesa ocultar.

Isabel comenta que Gabriel marcha hacia Madrid al comienzo de esta novela después de formar parte en la victoria de Bailén, del anterior episodio. El sentido del título de esta quinta entrega es que Napoleón instaló su cuartel general en Chamartín, con intención de quedarse hasta dejar a su hermano como rey; y las intrigas ficticias se desenvuelven a partir de Santorcaz, de quien se sospecha que ha sido espía de los franceses, y de la Condesa, quien se propone hacer ascender a Gabriel en la Corte a lo que él se resiste, tanto por honestidad como porque ella le exige que cesen sus encuentros con Inés. Después de la capitulación de la corona, Santorcaz adquiere un buen cargo en el aparato represor del nuevo monarca y entonces Gabriel es perseguido, se le arresta y lo destierran, momento en que finaliza el episodio, dejando a Inés más o menos integrada en la nueva corte de José Bonaparte. Mariajosé recuerda que en esta novela ya hay una leve introducción de las logias masónicas, a lo que Rufino comenta que la masonería se tiene por algo nefasto pero su existencia no es necesariamente negativa; Carmelo añade que son como una secta formada por gente con mucho poder, tanto económico como cultural, y Eugenio los califica de lobby, mientras Rufino recuerda la enorme influencia política que ejerce el Opus Dei en nuestro país y Mariajosé evoca el reciente libro de Arturo Pérez Reverte, Hombres buenos, donde aparece un conde de Aranda embajador en París que logró financiación para su causa gracias a una señal hecha con su mano y reconocida por su interlocutor como fraternal signo masón.  Carmelo destaca entonces la ayuda mutua que se proveen los masones entre ellos y Eugenio recuerda que es falsa esa imagen enigmática donde los rituales iniciáticos revelan saberes esotéricos; por último, Lali cuenta que un tío político suyo fue encarcelado durante mucho tiempo por masón, a lo que Eugenio señala que hoy en día también hay presos por pertenecer a grupos de ideología anarquista, a lo que Carmelo indica que no cree que existan ya presos políticos en España, a lo que Eugenio recuerda que Alfon fue detenido en la parroquia de su barrio en Vallecas junto a mucha gente que se expuso para acompañarlo, lo que a su juicio es una prueba suficiente de que su encarcelamiento proviene de un montaje policial y su condena es producto de la estrategia que para atemorizar a ciertos colectivos promueve el Estado, acción que él considera política aunque nada tenga que ver con ideologías (también menciona a Nahuel), abriéndose a continuación un largo e intenso debate en torno a lo que consideramos que es política y qué no lo es tanto.

Rufino destaca el ambiente popular que describe la novela, y recuerda que Diego es un vivalavirgen y que las tabernas son foco de reunión donde es fácil terminar con un par de azumbres de vino en el cuerpo. También habla de los fusiles que por escasez son compartidos cada dos soldados (lo que Lali califica de “Ejército de Gila”) y de que en aquel momento están de moda los masones, señalando a continuación que la simbología de este grupo lleva la escuadra y la plomada en homenaje a su origen entre albañiles y constructores medievales. Rufino insiste en que no ha terminado la lectura, pero piensa hacerlo porque le está resultado muy interesante.

Finalmente, Isabel narra que ayer estuvo en el Centro de Mayores Juan XXIII asistiendo a la exposición que Lali y Paco hicieron en torno a Carta de una desconocida y a su autor, Stefan Zweig, tras la cual Lali leyó además un cuento de su cosecha que promete traernos para la próxima sesión. Al hilo recuerda la propia Lali el olvido en que cayó Zweig durante años, ahora recuperado, indica Eugenio que en castellano gracias a la labor editora de Acantilado -y a lo que añade que Zweig sólo es la punta del iceberg de la impresionante cultura que floreció en los últimos años del Imperio Austro-húngaro-, a lo que Carmelo recuerda la emblemática recuperación que del olvido hicieron los de la Generación del 27 respecto a Góngora, en especial Dámaso Alonso.

 

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14 de diciembre de 2016: Ian Fleming

Reunidxs: Isabel, Seve, Valentín, Toñi, Luis, Rufino, Carmelo y Eugenio.

Isabel abre la sesión leyendo unos datos biográficos sobre el autor, de quien dice que fue oficial de la inteligencia británica creador de un agente secreto de ficción al cual llamó James Bond en honor de un ornitólogo de su época, y que las adaptaciones cinematográficas de las novelas de este personaje se convirtieron en un éxito mundial; señala que antes de la Segunda Guerra Mundial, Fleming fue reclutado como asistente militar hasta que alcanzó el grado de comandante, y que concibió un plan para capturar una máquina codificadora alemana. Por último, Isabel añade que el autor escribió artículos y trabajó como auxiliar de los servicios secretos; que Casino Royal fue la primera de la larga serie de novelas en torno a James Bond, que escribió para niños Chitty Chitty Bang Bang, que también fue llevada al cine por Disney; y que fue un culto bibliófilo, se retiró en Jamaica y logró trabajo para su primo el actor Christopher Lee en el papel de malo en 007 contra el Doctor No (recuerda Luis que Christopher Lee fue uno de los más célebres Dráculas del cine).

Respecto a la obra, Isabel indica que Marijose -que no ha podido estar presente- le ha pedido que nos cuente que ha leído algo de Fleming pero no le ha gustado nada, a lo que comenta Luis que Marijose tiene ya un cierto nivel lectura y sabe identificar lo bueno. Respecto a las películas sobre el personaje en cuestión, Isabel indica que suelen tener una banda sonora de calidad, Carmelo evoca el debate sobre cuál sea la mejor interpretación, si la de Sean Connery o la de Roger Moore, y Toñi señala que el actor rubio de Casino Royal tampoco está mal.

Carmelo recuerda la época en que los estrenos de cine eran todo un acontecimiento en Móstoles, cuando aún existían los cines Jaito, a lo que comenta Rufino que, en su época, los domingos por la tarde había que elegir entre ir al cine o al baile. Respecto a la obra del autor, Carmelo señala que ésta va a ser la primera vez en que las películas superen en calidad a las novelas en que están basadas.

Luis resalta que el autor fue un periodista del estilo de Leguineche, aunque éste escribió libros mucho más interesantes, y más de Vázquez Figueroa, quien también está inclinado a la escritura de novelas de fácil lectura; señala que para poder decir que la obra de Fleming es literaria, debería existir a lo largo de la misma algo de progresión e interés artístico, cosa de la que carecen sus novelas que, eso sí, destilan tramas cuya comprensión es de escasa dificultad, y a las que posteriorimente se ha añadido el tamiz cinematográfico de guionistas y presupuestos de superproducción; Isabel comenta que las primeras películas sobre las aventuras de James Bond fueron novedosas al inaugurar una nueva era de efectos especiales y mujeres de bandera, como Ursula Andress. Por último, Luis insiste en comparar la obra de Fleming con otros autores del género, y subraya que John le Carré y Graham Greene lo superaron en nivel literario y complejidad argumental.

Rufino manifiesta no haber leído al autor pero sí haber visto varias veces las adaptaciones al cine de sus novelas en las cuales, indica, hay mucha fantasía; al hilo, Carmelo evoca una película de James Bond en la que su protagonista es interpretado por un Roger Moore que se pasea por España con el típico sombrero mexicano. Rufino recuerda que ésta es de esa clase de literatura que llamamos “de evasión”, así como el cine al que pertenece es de la clase “comercial”.

Eugenio señala que lo que hay en la obra de Fleming, más que cultura literaria, es propaganda del imperialismo británico (indica Luis que es la cultura periodística de los que ganaron la guerra), y comenta que en estas historias los personajes son llanos y no reflejan la naturaleza humana; Rufino recuerda la sensualidad de las presencias femeninas, pero a juicio de Eugenio es un erotismo superficial. Éste concluye su intervención señalando que si Fleming proyectó trabajar en el ejército decodificando los mensajes alemanes, quien realmente lo hizo fue Turing, pionero de la inteligencia artificial, que halló como recompensa en su país, la condena a esterilizarse por ser homosexual.

 

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30 de noviembre de 2016: W. H. Auden

Reunidxs: Isabel, Seve, Consuelo, Luis, Carmelo, Eugenio, Mercedes, Valentín y Rufino.

Isabel abre la sesión leyendo los datos biográficos sobre el autor publicados en la web ‘El poder de la palabra’, donde se indica que fue un poeta, dramaturgo y crítico literario inglés, el más influyente desde T. S. Eliot; en sus primeros pasos, Auden mostró interés por la ciencia y estudió en Oxford, donde se mezcló en el mismo círculo intelectual que los también escritores Isherwood y Spender. Trabajó como maestro de escuela en Escocía e Inglaterra y durante los años treinta formó parte en Londres de un grupo de jóvenes poetas con tendencias izquierdistas; sus primeras obras tratan sobre el hundimiento de la sociedad capitalista que a sus ojos se estaba produciendo, mostró interés por los caracteres psicológicos humanos y no tardó en obtener cierto renombre literario. De su colaboración con Isherwood surgen los viajes por China y Alemania, de los cuales Auden extrajo contenido para algunas de sus primeras composiciones; fue en este país centroeuropeo donde se casó por conveniencia, para que su pareja obtuviera el pasaporte (menciona Consuelo que ella era Erika Mann, escritora hija del famoso autor de Muerte en Venecia). Participó en la Guerra Civil Española como conductor de ambulancia, recibió ese mismo año la Medalla de oro del Rey a la Poesía y, en 1948, el Pulitzer; era irónico y frío como Eliot, ambos religiosos pero Auden más social, ejerciendo influencia sobre poetas posteriores, y destacando por su rigor intelectual. Isabel añade que ha encontrado en Internet a un joven cantante, King Krule, que ha hecho una versión del poema «Victor» de Auden, titulada «Ocean Bed»; Seve comenta que la leído ese poema y algunos otros más en la edición de Visor que hay en la Biblioteca, y le han gustado: éste trata de la educación recibida a través de la Biblia, cuyo aprendizaje literal empuja a un chico enamorado a aniquilar por fe al objeto de su pasión; Isabel añade que el autor atacó duramente a la Iglesia católica irlandesa, a lo que Luis señala que en la educación reglada anglicana ha sido moneda común el maltrato de los escolares. Por último, Isabel menciona la película Cuatro bodas y un funeral, donde aparece una escena en la que se recita un poema del autor, «Funeral blues», que trae impreso y a continuación entrega a Carmelo para que lo lea. De la lectura extrae Mercedes la expresión sobre la detención del tiempo tras muerte de un ser querido.

Carmelo recuerda lo complicado que es trasladar la poesía a otro idioma distinto del original, complicación que se extiende a su lectura, subrayando que los ritmos de cada lengua imponen el de los poemas, y que dos versiones de uno mismo pueden significar cosas completamente distintas; añade que se suele decir que lo que queda sin traducir cuando se vierte un poema, eso es la verdadera poesía, y al hilo señala Mercedes la importancia de una expresión asequible para que se pueda entender fácilmente. Luego cita Carmelo dos versos de Auden: “La necesidad de matar” (del cual dice Luis que pertenece al célebre «Spain 1937») y otro que le ha gustado especialmente por lo incorrecto del enunciado: “Las palabras me excitan como una historia pornográfica”.

Luis recuerda que Auden vivió durante un tiempo en Berlín y allí conoció a Brecht, quien era el máximo exponente del teatro alemán de la época; de esta relación surgen para el autor unos cuantos guiones para ópera -hizo colaboraciones con Chester Kallman y escribió para Stravinski, Henze y Benjamin Britten– inspirándose en figuras clásicas y leyendas; también estudió liturgia dramática y reconstruyó con nuevas imágenes algunos personajes de Ibsen. Luis señala que Auden fue un escritor de vasta cultura y alcanzó mucho prestigio, de lo mejor que dio la literatura inglesa durante el siglo XX, y subraya su estrecha relación con Spender y Lewis, con quienes formaba grupo poético, así como su amistad con Eliot, aunque ambos fueran bastante antagónicos; recuerda que durante su estancia en la Alemania de Weimar pudo desinhibir su homosexualidad, favoreció a Thomas Mann al casarse con su hija Erika y tomó contacto crítico con la alta burguesía alemana, especialmente con la de Munich; respecto a su experiencia en España, destaca Luis que quizá no estuvo en la línea del frente por la relevancia que había adquirido ya en el mundo literario, aunque esta circunstancia le granjeó la animadversión de los partidarios de la no intervención en el conflicto peninsular, diferencias que una parte de la sociedad inglesa no iba a perdonarle jamás.

Consuelo se ha descargado «Elegía a un judío», pero no lo ha leído aún; lo que sí ha leído ha sido un artículo sobre «Spain 1937» de Ana María Gimeno Sanz, profesora universitaria valenciana que recuerda que Auden estuvo en Valencia cuando se alistó voluntario en asistencia médica para defender la República española, pero llevó muy mala impresión del ambiente, en especial por el uso de rolls-royce de que hacían gala algunos dirigentes de la misma, lo que denunció públicamente; también señala que el autor ejerció como periodista en radio, y apareció su poema como panfleto propagandístico al precio de un chelín destinado a ayuda para la República. El artículo también destaca la relevancia de lo que Auden escribió, aunque no fuera tan ideológico como pudiera esperarse, ya que tenía sentimientos enfrentados respecto a la causa marxista: el tema central del poema es la misión de la poesía, y lo que se plantea no es la duda acerca de lo que se debe hacer en un nivel práctico, sino lo que se debe considerar para la elección adecuada entre el bien y el mal: una elección moral que no podía estar más de actualidad en aquellos tumultuosos años del siglo XX. Consuelo destaca la imagen del momento como límite, en inesperado encuentro con la muerte; además, ha leído otros poemas, como «Foxtrot de una tazo de té», en forma de diálogo en verso, que lee Carmelo, y otro sobre la Virgen y la copulación de los padres: «La pregunta», que es breve y lee ella misma. Para terminar, Consuelo resalta las opiniones que consideraban a Auden una buena persona y recuerda su boda de compromiso con Erika Mann, añadiendo el comentario de que la hija de Mann anhelaba relacionarse con mujeres de destacada inteligencia.

Mercedes destaca que Auden obtuvo muy buenas críticas como escritor y es miembro importante de la literatura inglesa, a lo que Isabel sugiere que si hubiera vivido más tiempo -murió con poco más de sesenta años-, podía haber hecho más cosas.

Valentín recoge una curiosidad que cuenta que Auden se quedó al lado de una mujer insegura hasta que ella logró recuperar la confianza, y remarca que fue un hombre altruista pero tremendamente severo, lo que ilustra con sus declaraciones acerca del uso de magnetófonos en las entrevistas, rememorando la anécdota que narraba Truman Capote, quien no pudo continuar una conversación con un periodista porque a éste se le había estropeado la grabadora y se dijo incapaz de tomar notas, ya que no sabía escuchar a sus entrevistados. Sobre los años treinta que vivió el autor, Valentín destaca que hablara de su literatura como de una muestra sin intención moralizante, y que añadía que si a alguien no le gustaba lo que escribía, era porque no escribía para esa persona. También lee Valentín un epígrafe titulado “Cómo perder un premio Nobel”, donde se recuerda que a Auden lo nominaron para el Nobel el mismo año que a Neruda, aunque luego se lo llevó un griego…; añade Mercedes que años después se lo dieron al poeta chileno, pero no a Auden. Valentín destaca de nuevo la generosidad del autor, y comenta que ayudó a reclusos con libros de Kafka, así como impartiendo cursos de literatura; señala que abandonó la Guerra Civil española por el desorden que imperaba en el bando republicano, que en una entrevista aseguró que su problema con Inglaterra no era de índole cultural sino familiar, destacando las diferencias fonéticas entre su inglés nativo y el estadounidense, y que en política debería de elegirse a los representantes mediante sorteo, haciéndose más uso de los avances informáticos para la gestión de la administración pública. Por último, Auden consideraba que la edad idónea para escribir poesía es indiferente.

Eugenio califica a Auden de clasicista, y confiesa su rechazo al autor por considerar que en la época en la que vivió, con las vanguardias en auge y más adelante la Generación Beat o los movimientos del 68, no parece haber mostrado ninguna inquietud en el avance hacia otras formas literarias que las establecidas. Dice que ha ojeado la introducción a la edición en castellano de una antología de sus ensayos, en Lumen, firmada por Andreu Jaume, y que tampoco le ha causado interés, sobre todo cuando leyó que Auden no comprendía cómo Valéry, poseyendo una elevada inteligencia teórica, había cosechado tan pobres resultados poéticos. Por último, respecto al comentario de Isabel sobre la crítica del autor al catolicismo irlandés, Eugenio recuerda que durante el transcurso de la vida de Auden se estuvo sufriendo la existencia del IRA, y le parece muy parcial su posicionamiento a favor de Inglaterra, sobre todo teniendo en cuenta que su fe anglicana fue producto de una conversión sobrevenida; señala Eugenio que, para él, cualquier conversión religiosa siempre estará bajo sospecha, pues no entiende que una fe impuesta durante la infancia, una vez perdida pueda recuperarse, a lo que Carmelo indica que puede tratarse de un cambio de opinión, a lo que Eugenio comenta que la razón y la fe tienen distinta naturaleza y Luis recuerda que Pascal sufrió una conversión similar, a la que Voltaire atacó sin piedad, y que Pedro de Alarcón se convirtió en sus últimos años para legarnos una serie de cuentos moralistas sin ningún valor.

Rufino señala que, a su juicio, es la falta de consecuencia consigo mismo lo que critica Eugenio de Auden, y pide a Luis su parecer sobre la naturaleza de esas conversiones producto de la madurez o animadas por la cercanía de la muerte, a lo que Luis comenta que la vejez es un terreno inseguro para cualquiera y que es normal que se haga lo posible por regresar a las raíces y superar la vulnerabilidad, aunque se entre en contradicción con uno mismo. A continuación, Rufino lee un fragmento de «Septiembre 1, 1939», donde el autor describe la violencia provocada por los conflictos de religión; al hilo, Luis recuerda una copla donde se cuenta que los sarracenos molieron a palos a los cristianos, ante lo cual éstos disculparon su derrota asegurando que  “Dios está con los malos cuando son más numerosos que los buenos”.

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26 de octubre de 2016: Trafalgar / Benito Pérez Galdós

Reunidxs: Isabel, Lali, Toñi, Pilar G., Consuelo, Seve, Luis, Eugenio, Mariajosé, Benita, Mercedes y Valentín.

Isabel abre la sesión leyendo la reseña biográfica sobre Galdós publicada en «El poder de la palabra», donde se indica que este novelista y dramaturgo canario fue uno de los máximos representantes de la literatura española decimonónica, junto a Clarín y Emilia Pardo Bazán; de ésta añade que fue su pareja, a lo que Luis comenta que ella lo terminó sustituyendo por Lázaro Galdiano. Isabel señala que Galdós, décimo hijo de un coronel, nació en Las Palmas de Gran Canaria pero de allí se desplazó a la península para no volver jamás, atraído por la forma de vida que una prima suya que estuvo de visita le descubrió; en Madrid estudió Derecho, tomó contacto con el Krausismo a través de Giner de los Ríos y comenzó una intensa actividad intelectual interesándose por la vida social y política de la ciudad y participando en las tertulias del Ateneo; más adelante aumentó sus expectativas, visitó París y tradujo a Dickens, hasta que a finales de siglo fue diputado con Sagasta, aunque nunca llegó a defender un discurso en el Congreso. Galdós fue un gran observador, escritor realista dotado de intuición que describía con solvencia los ambientes de sus novelas y construía vivos retratos de sus personajes, a cuyos diálogos dotaba de un lenguaje acorde con la condición de cada cual; se definía como progresista y anticlerical, tal como demostró desde sus primeras novelas, que se califican de “tesis maniqueas” porque los caracteres buenos y malos están muy marcados: La Fontana de Oro -primera obra publicada, cuya edición costeó con dinero prestado por una tía-, Gloria, La Familia de León Roch y Doña Perfecta. Su periodo de máxima actividad creativa fue la década de los ochenta, cuando comenzó la redacción de los Episodios Nacionales, grupo de novelas de carácter histórico que dividió en cinco series de diez títulos cada una, la última de las cuales dejó en seis; la temática de estas novelas es la Historia de España desde 1807 (Luis puntualiza que desde 1805, pues éste es el año de la batalla de Trafalgar) hasta la Restauración borbónica, y su estilo es innovador, riguroso y objetivo y, aunque Galdós hizo gala de cierto idealismo consecuencia de su fe en el progreso, estaba lejos del acostumbrado romanticismo que en aquella época se imprimía al género. Las dos primeras series tratan de la Guerra de la Independencia y del reinado de Fernando VII, y en ellas destacan Trafalgar, Bailén, Napoleón en Chamartín y La familia de Carlos IV. En una tercera etapa de la obra del autor, en la que se difuminaron los planteamientos políticos y hay mayor constancia de las miserias de la gente, Galdós experimenta con diversas técnicas narrativas y se esfuerza en presentar los acontecimientos sin juzgarlos; entre ellas, Isabel menciona El amigo manso (que anuncia las futuras nivolas de Unamuno, concepto que Luis explica a continuación), Miau (sobre la burocracia de la administración estatal y la alternancia de empleados públicos en función del partido gobernante), Torquemada (donde Galdós denuncia la usura), Nazarín (acerca de la cual Luis nombra la versión cinematográfica que hizo Buñuel, quien también realizó otra basada en Tristana), Misericordia (de la que comenta Isabel que es una de sus mejores novelas, retrato descarnado de la pobreza) y, finalmente, la más célebre: Fortunata y Jacinta. En el anecdotario de la vida de Galdós, Isabel menciona la escena en la que un grupo de modernistas llevó en volandas el coche donde viajaba; también habla de su colaboración con el fundador del Partido Socialista, Pablo Iglesias, así como del hecho de que no recibiera el premio Nobel por ser considerado izquierdista. Isabel concluye los datos biográficos señalando que el entierro del autor fue multitudinario y que acudieron a despedirlo –como que no era muy normal en la época- hasta las mujeres, a lo que Luis añade que Galdós no se portó demasiado bien con ellas, en general, ya que era muy mujeriego; al hilo señala Lali que tuvo una hija, a lo que dice Luis que sólo una que fuera reconocida por él, y a continuación menciona al biógrafo Ortiz Armengol; no obstante, añade, Galdós ha sido considerado buena persona y muy buen amigo de sus antagonistas ideológicos, como Pereda, que era muy católico pero le invitaba a pasar el verano en Santander, y Menéndez Pelayo, con quien se enfrascaba en constantes disputas aunque éste leyera a Voltaire a escondidas. Acerca de su lectura de la novela, Isabel comenta que se ha reído mucho, ya que los diálogos son muy ingeniosos; y recuerda otra novela de nuestra época que la homenajea, Cabo Trafalgar de Arturo Pérez Reverte, gracias a la cual éste recibió la Medalla de Oro de San Telmo que otorga la Fundación Letras del Mar.

Lali insinúa que Galdós debió de tener gran éxito con las mujeres, a juzgar por la fotografía de un atractivo varón que aparece en la edición que ella ha leído, que no es otra que la de Obras completas publicada hace bastantes años por Aguilar, y de la cual asegura Luis que se encuentra totalmente descatalogada y es una de las mejores; no obstante, Lali se queja de que esté impresa a dos columnas y sea complicada su lectura, aunque lamenta con mayor insistencia que tanto ésta como otras ediciones que ella y Paco han reunido en su biblioteca, no serán aprovechadas en el futuro por su descendencia, ya que lectores lo son poco. Acerca de los Episodios Nacionales, comenta que este proyecto abarca más de un siglo de una Historia de España narrada con gusto y amenidad, y que al tiempo constituye la mitad de la obra galdosiana, cuya extensión en títulos es comparable a la de los grandes novelistas europeos que fueron sus contemporáneos Balzac, Dickens y Zola; sobre la no concesión del premio Nobel al autor, Lali añade que la animadversión de los sectores más conservadores de la intelectualidad española fue no sólo responsable de este oprobio: también acumuló culpa en el hecho de que Galdós no ingresara antes en la Academia de la Lengua, y tuviera ésta que esperar a los últimos años del siglo para disfrutarlo. Respecto a Trafalgar, Lali indica que le ha sorprendido el manejo de terminología y conocimientos sobre las artes navales que ostenta el narrado, teniendo en cuenta que Galdós no hizo carrera ni tuvo empleo como marinero; también destaca que la narración no decae en ningún momento de la obra, así como el sentido del humor de que hace gala y la mezcla de personajes ficticios e históricos, considerando todo un logro de objetividad, que ensalce los caracteres buenos y sea condescendiente con los malos. Por último, Lali confiesa que queda impaciente a la espera de las nuevas andanzas de Gabrielillo.

Toñi ha leído la novela y le ha gustado mucho, aunque para su gusto hay demasiada agua; a su juicio, Galdós narra muy bien la historia, y también los conocimientos marítimos del autor la han sorprendido, a lo que Luis señala que hay detrás una labor de investigación y el buen oficio de saber informarse. Toñi destaca la infancia del protagonista, que lo pasa muy mal hasta que encuentra a sus nuevos amos, con quienes puede vivir más a gusto y gracias a los cuales conoce a Rosita, que es su primer amor; en torno a la batalla naval que es el eje principal de la novela, Toñi comenta que resultan muy graciosos algunos diálogos de los personajes, sobre todo los del padre de Malaspina que es un mentiroso redomado; pero que la magnitud de la tragedia no tiene gracia, a lo que señala Luis que aquella batalla fue causa de la muerte de Nelson y Gravina, junto a quienes añade Pilar G. a Churruca.

Pilar G. ha leído también la novela y recuerda que el protagonista es un huérfano desamparado, tras perder primero a su padre y poco más tarde, cuando ya comienza a tener conciencia, a su madre, quedando a expensas de un tío de quien huye para encontrar en otro lugar (en Vejer de la Frontera) a sus nuevos amos, don Alonso y doña Paquita, y a un ex marinero compañero inseparable del primero, Marcial, del que dice Isabel que cuenta batallitas. Pilar G. destaca las intervenciones de doña Paquita, que critica el ansia guerrera de su marido y del amigo, a quienes llama vejestorios y trata de hacer verles que el Rey no aún les debe dinero, y que nunca podrá pagarles ni una mínima parte de lo que ellos han dado por el país. Entre los personajes históricos destaca la religiosidad de Churruca, su desacuerdo con el responsable de la expedición que se enfrentó a los ingleses, llamado Villenueve, cuyas decisiones, según los españoles, propiciaron la derrota, a lo que comenta Consuelo que el francés se había enterado de su futura destitución por Napoleón y se encontraba muy poco motivado. Pilar G. comenta que España perdió más que Francia en esta batalla, a lo que Luis subraya que para nuestro país supuso la pérdida definitiva de su condición de potencia naval, Lali señala que tanto don Alonso como Marcial eran puro optimismo hasta que vieron in situ el panorama y Luis recuerda el historial de piratería que escribieron los ingleses contra la flota española, a quienes asaltaban aquellos famosos corsarios, de donde indica Lali que proviene la “patente de corso”; evoca entonces Consuelo el botín que se recuperó hace poco de costas gaditanas, a lo que Toñi cuestiona a quién pertenecía y Luis recuerda que la Ley de percios obligaba a la empresa estadounidense que lo encontró, a entregarlo a España, pues se hallaba en sus aguas territoriales. Finalmente Pilar G. recuerda que en la batalla se salvó el Santa Ana.

Antes de iniciar su intervención, Consuelo desea resolver una duda: aunque ella está convencida de que en la época de Galdós existían ya los premios Nobel, el otro día le surgió una duda que ahora aclara Isabel confirmando que estos galardones se entregan desde 1901. A continuación, Consuelo cuenta que ha leído Trafalgar en una edición ilustrada que incluye la biografía de los personajes históricos y otras informaciones muy interesantes en torno a los hechos, y que la flota francoespañola estaba menos preparada para la batalla que la más modernizada de los ingleses. Añade que le gusta el modo en que Gabriel describe la situación bélica, y pone como ejemplo cuando afirma que la crecida de olas hace más amenazante a la Naturaleza que peligrosas las artimañas del enemigo; acerca de esto insiste en que la descripción de los preparativos y de la batalla son excelentes, ante lo cual Lali destaca el acertado detallismo del narrador, para lo que menciona la infancia callejera del protagonista, corroborando Luis acto seguido que Gabriel es el protagonista de los Episodios Nacionales que tiene más carisma. Por último, Consuelo menciona un vídeo que ha visto en Internet donde un viajero español acerca su cámara a los transeúntes de Trafalgar Square para comunicarles que los leones de tan célebre plaza londinense fueron fabricados con el bronce de los cañones españoles requisados en Trafalgar.

Seve comenta que no ha podido leer Trafalgar, pero lo hizo en su momento con Misericordia y Miau, y que Galdós es un viejo conocido de anteriores sesiones, a lo que recuerda Eugenio que en su caso el acercamiento ha sido producto de los desvelos en su favor que aportó nuestro compañero Enrique.

Luis señala la mucha importancia de la batalla de Trafalgar, a lo que Valentín recuerda que la hoja de coca que decora los uniformes de almirantes se instituyó en memoria de Nelson, y que no sólo para la marinería inglesa; Luis subraya que Nelson fue un héroe nacional, por su victoria sobre Napoleón, y que por las heridas sufridas en Trafalgar murió en Menorca, a lo que Mercedes pregunta si Menorca era inglesa en aquel momento y Luis responde que a lo largo de los siglos, las guerras dinásticas y los impuestos de los reyes han facilitado que muchas poblaciones prefieran la dominación de metrópolis extranjeras, como ocurre hoy en día con Melilla y Gibraltar. Destaca el anticlericalismo de Galdós reflejado sobre todo en Nazarín y en La Familia de León Roch, y acerca de la mención por Isabel de Cabo Trafalgar, comenta que Pérez Reverte ha defendido la grandeza literaria de Galdós contra aquellos que pretenden descalificar su obra bajo el apelativo de «garbancera», y que si bien es cierto que hay novelas suyas –como Gloria– en las cuales se nota que el autor tenía cierta prisa por terminar (quizás apremiado por algún editor impaciente), la obra del escritor canario merece todo el respeto y quienes lo infravaloran tienen más motivos políticos que literarios. Por último, recuerda que con la próxima novela que leeremos, La familia de Carlos IV, podremos desplazarnos a Aranjuez.

Mariajosé señala que Trafalgar está narrada en clave de crónica periodística, y que une los tintes autobiográficos de su protagonista con la mezcla de ficción e historicidad. Por otro lado se pregunta si la estampa mutilada de Marcial no será un guiño a Blas de Lezo, militar español distinguido en la defensa de Cartagena de Indias; y concluye mostrando una imagen de la reproducción del Santísima Trinidad que podemos encontrar fletado en Alicante, a lo que Pilar G. inquiere si en el Museo Naval se encuentra el Santa Ana y Consuelo constata que es el Trinidad.

Eugenio dice que aún no ha terminado la lectura de Trafalgar, pero está en ello y tiene intención de hacerlo porque le está gustando el pulso narrativo que mantiene Galdós. Comenta que como documento no le parece interesante por lo que pueda aportarnos en cuanto a conocimientos históricos, aunque indirectamente lo haga por usar datos de lo que ha sucedido, sino por lo que respecta al punto de vista popular sobre esos acontecimientos, como en el caso de las descripciones de la situación política en boca de doña paquita o Marcial; resalta que a esto lo podemos considerar intrahistoria, pues a la narración de los sucesos históricos no se les da el acento épico de otras épocas, sino una óptica más humana. Por último, comenta que hace tiempo leyó La Fontana de Oro y Doña Perfecta, y que discrepa un tanto de los comentarios que ha leído Isabel en la nota biográfica, pues la primera no es tanto una ficción política desde el punto de vista progresista frente a los defensores de Fernando VII, como una amalgama de intrigas de ambos bandos por las que el protagonista termina desengañado de todo compromiso; así mismo, señala que no entiende que los sectores tradicionalistas se sintieran heridos por Doña Perfecta, pues la trama llega a resultar pueril, casi paródica, a lo que Luis indica que la intención del autor con esta novela era captar la atención de aquellos lectores que pudieran albergar dudas en torno a la jerarquía eclesiástica, y que para hacerlo más exitosos se empleó en una trama simple y directa.

Mercedes comenta que no ha terminado aún la lectura de Trafalgar, y que el ambiente de la novela la ha desplazado a sus visitas al Museo Naval; añade que allí se puede asistir a la proyección de vídeos donde se reconstruye la batalla, conocer detalles de las naves que allí estuvieron y contemplar un listado confeccionado en memoria de los fallecidos, con sus nombres; también menciona monedas y otros objetos valiosos que formaron parte del botín recién recuperado.

Valentín señala que la batalla de Trafalgar no tuvo lugar por casualidad, ni siquiera por interés estratégico, sino que había por medio un pique entre Nelson y Villeneuve; comenta que España quedó hecha polvo por culpa de la alianza con Napoleón, en principio obligada por las circunstancias económicas del momento, poco propicias para que nuestro país pudiera conservar las rutas comerciales con América. Hace mención a vídeos explicativos de la colocación de los barcos durante la batalla, y da varios motivos que propiciaron la derrota de los aliados: que los barcos de su flota estaban muy separados, que la pólvora llegada de El Ferrol era de baja calidad, que había gran cantidad de marineros mal pagados y otros tantos eran presos y maleantes reclutados por la leva, holgazanes y sin experiencia, o que a pesar de los buenos barcos que se tenían -de hasta cuatro puentes-, los ingleses entraron en dos filas y desbarataron totalmente esta ventaja. Valentín lee a continuación un texto donde se dice que la derrota de Trafalgar no fue un mero accidente en el curso de la decadencia del Imperio español, sino culminación de una lenta agonía consecuencia de los errores de gobernantes incapaces; indica que Gravina no quería abandonar el puerto de Cádiz, y que un motivo de la rigidez de respuesta francoespañola al ataque enemigo pudo ser el estricto cumplimiento disciplinario de las órdenes, ante lo cual los oficiales ingleses estaban menos atados. Lali rememora entonces la sentencia que dice que “la victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana”, y Pilar G. subraya que Napoleón se desentendió del asunto a lo que Valentín insiste en que Napoleón tenía que haber estado y Luis recuerda que Napoleón estaba pendiente de mantener litigios por el mundo entero. Por último debatimos sobre los motivos de la decadencia española, y la conversación gira en torno a varios polos, entre las puntillas de la noche de bodas que lucía Francisco de Paula con más profusión que Isabel II, hasta la famosa copla sobre el Duque de Lerma, de quien se dijo que «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado», en alusión al ordenamiento como cardenal que disfrutó el nefasto valido de Felipe III, que de esta manera logró incumplir la ley.

 

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19 de octubre de 2016: Christopher Isherwood

Reunidxs: Isabel, Lali, Toñi, Consuelo, Eugenio, Mariajosé, Benita, Mercedes, Valentín y Rufino.

Antes de comenzar la sesión, Lali nos anuncia que ha compuesto un texto a propósito de la concesión del último premio Nobel de Literatura al cantautor estadounidense Bob Dylan, y comenta que quisiera leerlo después de la sesión, para que lo discutamos entre todos. Añade que lo ha titulado «Descolocada», pues así ha quedado ella tras conocer la noticia, ya que se no había imaginado que pudieran dar el Nobel de Literatura a un músico, a lo que señala Eugenio que ya hace varios años que se viene barajando a este autor, como apuesta de alcance mediático. Consuelo indica que algunos textos de Dylan han sido editados en libro.

Isabel abre la sesión leyendo una muy breve reseña biográfica acerca de Christopher Isherwood, escritor angloestadounidense que estudió en Cambridge, lugar donde conoció al también célebre poeta inglés Auden, a quien le unió una estrecha amistad. Isabel nombra varios títulos de su cosecha (de entre los cuales destaca Christopher y los suyos, obra de carácter autobiográfico que fue una confesión abierta de su homosexualidad); menciona su interés por la filosofía hindú y advierte de varias versiones cinematográficas de sus novelas, entre las cuales destaca Cabaret y Un hombre soltero. Isabel dice que ha leído diversos textos del autor en la web, uno de los cuales es fragmento de La violeta del Prater donde el autor escribe en torno a los tipos de miedo, desde los más cotidianos hasta el que denomina “archimiedo”: el miedo a tener miedo, del que dice que no hay escape; Isabel destaca el tono poético y corrobora que le ha encantado su lectura. Por último lee otro fragmento, esta vez de la novela El mundo al atardecer; y añade que parece que lo estás viendo, que su prosa es muy visual.

Toñi ha leído El mundo al atardecer y cuenta que el argumento le ha parecido muy similar a Stoner, novela de John Williams a la que precisamente ayer se dedicó el encuentro de este mes de los Ciclos Literarios Juan XXIII. La novela de Isherwood trata de un hombre casado con una mujer aficionada a aparentar y a liarse con quien le place, engañándolo en cuanto tiene ocasión; en una fiesta en la que esto sucede, él la sorprende y decide abandonarla y marcharse a otra ciudad, lo que da inicio en su vida a una etapa de reflexión acerca de sí mismo que le lleva a reconocerse homosexual; pero ello no impide que vuelva a casarse, esta vez con una escritora. Toñi indica que, con el paso del tiempo, el protagonista termina conviviendo con estas dos mujeres, a quienes sin embargo parece no comprender, además de mantener una estrecha relación con un chico hindú; la impresión que a ella le queda es que el personaje vive una vida que no es la suya, a lo que Mercedes indica que en sus relaciones con estas mujeres algo más que convivencia habría tenido, y que esta parece una constante que se repite en otras de sus novelas; Lali menciona la complejidad de toda vida sentimental, y acerca del autor recuerda la relación que éste mantuvo durante su madurez con un chico más joven, lo que demuestra que no escondía su homosexualidad; por último, Isabel destaca la ingente producción literaria surgida de escritoras y escritores homosexuales.

Consuelo destaca que la producción literaria de Isherwood tiene un marcado carácter autobiográfico, y que el personaje principal es normalmente su alter-ego; indica que su narrativa es clara y rica, y que cierta autoinculpación de carácter social reside en sus contenidos. A este respecto, Isherwood confesó celos hacia su padre, lo que ha sido fruto de análisis psicoanalítico que ha propiciado que una psicóloga muestre su obra como ejemplo de evolución del “hombre al artista”. En torno Adiós a Berlín, que junto a El Sr. Norris cambia de tren y Crónicas berlinesas, conforma el testimonio de sus vivencias centroeuropeas, Consuelo ha leído un artículo en «Der Spiegel» donde se dice que el autor sale de sí para penetrar en el protagonista y que estos relatos surgen de la experiencia de Isherwood en el Berlín de Entreguerras, donde la libertad que se disfrutaba en su vida nocturna, mezcla de ambientes y clases sociales, no tenía comparación posible con la rígida Inglaterra que él conocía; también menciona un artículo registrado en la Universidad de Almería, firmado por Redondo Olmedilla, donde se indica que la república de Weimar que conoció Isherwood se sustentaba sobre un fondo de laxitud y falsa libertad provocada por la desintegración social que dio origen al destino fatal de todos conocido. Consuelo ha leído además sobre El cóndor y las vacas, que es un diario de su viaje por tierras latinoamericanas -en compañía de un fotógrafo que también dejó constancia de su presencia- para el cual Isherwood se había informado previamente sobre la religión y costumbres de la zona; esta preparación documental ha sido, a juicio del propio autor, motivo de que ésta sea su mejor obra, en cuyo prólogo él mismo explica el sentido del título: el cóndor es el emblema de los Andes, símbolo de ancestrales ritos religiosos, y la vaca representa las amplias llanuras argentinas.

Eugenio ha ojeado los dos diarios de viaje de Isherwood: Viaje a una guerra y El cóndor y las vacas; sobre el primero señala que fue un encargo editorial que les hicieron a él y a su compañero Auden, que dio como producto esta obra de colaboración en torno a la guerra chino-japonesa, que en aquel momento sufría un recrudecimiento con la invasión nipona del territorio continental; Eugenio comenta que pese a lo poco que ha leído de la misma, le ha chirriado mucho un comentario del narrador que pretende ser elevado y sin embargo queda bastante ligero, cuando, a propósito de un periodista occidental enviado a la zona que está harto de los bombardeos japoneses sobre Cantón, afirma que un periodista decepcionado es “el Byron, el Hamlet romántico de nuestro mundo moderno”. Respecto al segundo libro, El cóndor y las vacas, comenta Eugenio que, al igual que el Viaje a una guerra, le ha parecido escrito en una prosa comparable al Kapucinski de más adelante, o al escritor holandés Nooteboom en su Hotel Nómada; y a continuación habla de El Señor Norris cambia de tren, novela que ha leído en su totalidad y de la que destaca positivamente el retrato que del protagonista Arthur Norris, vividor y aventurero que resulta ser un estafador, hace el narrador-autor, así como la voz de éste cuando describe los encuentros con el resto de personajes, óptica que califica de perspicaz y con la que se combina la visión irónica que muestra en sus diálogos; sin embargo, cuando aparece la trama de espionaje que constituye el nudo de la novela, Eugenio confiesa cierta decepción, pues le ha resultado muy simple e ingenua. Al hilo de esto señala también que no le ha parecido acertada la visión de Isherwood como testimonio del Berlín de la época, no al menos a la altura de Una princesa en Berlín, de Solmssen, que es posterior a la Segunda Guerra Mundial pero probablemente más cercana, ya que este autor es de origen alemán; al respecto, Consuelo indica que reconstrucciones expresionistas como la que hizo Doblin en Berlin Alexanderplatz son por necesidad más fieles a la realidad social y política de la época, pero la de Isherwood tiene su validez como descripción de la vida nocturna al alcance de un extranjero acomodado, y añade que por el contrario en La violeta de Prater menciona el nacionalismo austríaco, algo que no existe como tal, salvo si se fuerza una asociación de ideas entre la figura de Hitler y su lugar de nacimiento. Por último, Eugenio menciona la ocultación que hizo Isherwood de su homosexualidad en sus primeras novelas, que sólo desvelará de forma explícita a partir de Christopher y sus amigos, aunque, según escribe Gregory Woods en su Historia de la literatura gay, el autor no trató de contrarrestar esta suspensión de la sinceridad convirtiendo sus relaciones homosexuales en heterosexuales, como hizo Proust, sino simplemente transformando al protagonista en un ser asexuado; respecto a Proust, comenta Lali que éste, en efecto, nunca confesó su inclinación erótica, y que si introdujo en sus novelas a gente de manifiesta homosexualidad, lo hizo manipulando los elementos que podían hacerles reconocibles, aunque aun así fue demandado por algún aristócrata que se sintió aludido.

Mariajosé comenta que ha leído un artículo enlazado en nuestra bitácora donde se habla del «queer», que es un término con que en otros tiempos se apelaba despectivamente a los no heterosexuales, y del cual los actuales movimientos LGTBA se han apropiado para reivindicarse; en el citado artículo se habla de Adiós a Berlín, que se define como un diario-novela fruto de los años de vivencias de Isherwood en Berlín, donde destaca el contraste entre dos mundos bien opuestos: el «queer» y el que genera el auge del nazismo. Acerca de la vida del autor, Mariajosé afirma que tenía ascendencia aristocrática y estudió Medicina, dato que Mercedes matiza señalando que no terminó la carrera, lo que Consuelo corrobora. Volviendo a su obra, Mariajosé destaca que en la célebre película Cabaret, confluyen varios relatos de Isherwood que giran en torno a lo que ella denomina “noche canalla”; Isabel recuerda que el guión cinematográfico fue fiel a los relatos, y Lali indica que los años 20s en París, comparados con los 30s berlineses, tuvieron un tinte más frívolo. Al hilo tercia Mercedes que está viendo la serie Sonata del silencio, que salvando distancias tiene cierta similitud con estos otros ambientes de Entreguerras, a lo que Mariajosé subraya que en esta serie se retrata el hampa del Madrid de la época y Lali evoca el ambiente literario en que vivieron su juventud grandes autores españoles como García Lorca y Buñuel; finalmente, Mariajosé recuerda la Barcelona en que sobrevivió y tuvo su inspiración el francés Genet, como vimos en esta tertulia hace algún tiempo.

Mercedes ha leído Un hombre soltero (Isabel comenta que existe versión cinematográfica de 2009, interpretada por Colin Firth), que es una novela que Isherwood publicó en 1964; el protagonista es un homosexual declarado, ya que acaba de perder a su compañero víctima del atropello de un camión. La trama se desarrolla en un tiempo narrativo de veinticuatro horas, y tiene como eje central a un profesor universitario de literatura en California, de quien la narración muestra su soledad y da prueba de su reflexión pesimista sobre la vida pasada; socialmente es antipático y está constantemente malhumorado, le molestan los ruidos de los vecinos, los niños del barrio y también sus alumnos, para los cuales no tiene paciencia. En la novela se vislumbran atisbos de la política internacional del momento, con la crisis de los misiles en Cuba como fondo, aunque toda ella está construida sobre la reflexión del protagonista; por último, el desenlace de la narración se precipita cuando el hombre se reúne con una antigua amiga que le comunica que va a abandonar el país para volverse a su origen, porque su hijo ya es mayor y no la necesita; entonces él se encuentra casualmente con un alumno con quien ha tenido antes un contacto anecdótico, a propósito de un malentendido por un sacapuntas: en compañía de este chico terminará la jornada. Mercedes dice que el libro es ameno y le ha gustado, y que es corto y puede descargarse a través de Internet; Mariajosé comenta que en vez titularse Un hombre soltero, debiera llamarse Un hombre viudo.

Lali no ha leído nada de Isherwood, pero tiene un texto sobre el autor del que saca varios datos: durante su residencia en Berlín se abrieron las puertas de su creatividad, ya que pasó de un ambiente familiar poco inspirativo a la independencia, con cierta libertad sexual que califica de “apocalíptica”, imposible en la Inglaterra de la época; cuando Isherwood sale de Europa hacia América, es cuando este estado idílico se ha desmoronado, en 1939. Adquirió la nacionalidad estadounidense en 1946, al tiempo que Auden, su amigo de tiempos universitarios, que habría de convertirse en un poeta “neoclásico y superficial”, ante lo que Isherwood antepuso su incombustible curiosidad y cierta inquietud innata para la búsqueda de nuevas direcciones. Lali añade que en colaboración con Auden escribió piezas teatrales y el Viaje a una guerra mencionado más arriba; y a propósito del espíritu libertario de Isherwood, señala también que una determinada simpatía por el comunismo y su homosexualidad fueron vías de acceso hacia la libertad. Por último, define su obra como una exploración autobiográfica, donde los títulos más explícitos son Catherine and Frank (de 1972, en torno a la memoria de sus padres) y Christopher y sus amigos, de 1976.

Rufino no ha leído nada del autor, pero ha visto Cabaret en innumerables ocasiones, principalmente atraído por su banda sonora. Comenta que la historia está basada en el Berlín en que se gestó el nazismo, cuando los alemanes temían más a los marxistas que a los seguidores de Hitler. Rufino describe varias escenas de la obra, destacando que el protagonista, que es inglés y se dedica a dar clases de literatura, comienza a recibir en la pensión donde vive, las visitas de un acaudalado admirador de su amiga artista, y que ésta le advierte que a quien busca ligarse el señorito es a él.

 

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25 de febrero de 2015: Mary Kingsley

Reunidxs: Isabel, Pilar G., Toñi, Rufino, Consuelo, Seve, Luis, Eugenio, Josefina, Pilar y Valentín.

Isabel abre la sesión con los datos biográficos de la autora, de quien dice que murió con treinta y ocho años y fue una exploradora británica fascinada por el continente africano, sus gentes y su cultura; su padre había sido un hombre de posición, escritor de varios diarios de viaje, y su madre una criada que quedó embarazada antes de casarse y después sufrió una invalidez que exigió ciertos cuidados que Kingsley no parecía dispuesta a proveerle, por lo que abandonó su hogar poco antes de quedar huérfana de ambos, y en posesión de una renta vitalicia. La autora fue una apasionada lectora de los textos que contaban historias ambientadas en países exóticos y por ello, además de encomendarse la conclusión de un libro sobre Angola que su padre había dejado sin terminar, decidió embarcarse en expediciones hacia aquellos mismos lugares que se mencionan en estas crónicas, sin más compañía que la necesaria para llegar a su destino y sobrevivir en él. Kingsley realizó estudios de campo sobre tribus caníbales y escaló el Monte Camerún por una ruta no practicada hasta entonces, adquiriendo tal celebridad que en su primer regreso a Inglaterra fue recibida por la prensa y una multitud entusiasmada; pero no todo fueron parabienes en su país, pues su crítica a las misiones occidentales en cuanto a la imposición de cambios en las costumbres indígenas, como la prohibición de la poligamia sustituida por una monogamia cuyo efecto sobre la cultura receptora se mostró nefasto, provocaron el rechazo de la Iglesia anglicana hacia sus impresiones. Además, la autora se enfrentó a la opinión establecida de que las razas africanas fueran humanos no civilizados o menos desarrollados que los blancos, y supo poner en entredicho las teorías racistas al afirmar que tampoco sería científico afirmar que un conejo es una liebre menos evolucionada; sin embargo, Kingsley no se alejaba de las ideas políticas más conservadoras, y se mostró contraria al movimiento de las sufragistas, que en aquella época mantenía un duro pulso contra las instituciones patriarcales. Isabel señala que la autora compuso dos libros narrando sus experiencias en África y las reflexiones consecuencia de ellas, antes de que su vida se viera truncada durante la segunda guerra de los boers, a la que acudió en calidad de enfermera voluntaria, y donde contrajo el tifus que terminó con su vida; siguiendo su postrera voluntad, fue sepultada en el mar. Por último, Isabel recuerda que hay una célebre película que recrea la figura de la autora, La reina de África, dirigida por John Huston y protagonizada por Bogart y Hepburn, y en torno a cuyo rodaje Isabel menciona la anécdota de varios contagios de malaria entre los miembros del equipo, excepto en aquellos que nunca probaban el agua porque se defendían de la sed a base de whisky; añade que esta película está inspirada por un libro de Cecil Scott Forester sobre Kingsley, donde explota su peculiar presencia en África, vestida al modo de burguesa occidental y llena de curiosidad hacia todo lo que se encuentra. De ella afirmó Kipling que era “la mujer más valiente que he conocido”.

Consuelo ha leído una parte de Viajes por el África Occidental y señala que la autora fue una mujer intrépida e inteligente, ya que sin haber cursado estudios en la escuela había aprendido latín. Indica además que durante sus expediciones envió a Inglaterra diversos ejemplares de especies animales, de entre las cuales tres tipos de peces han recibido su nombre, y que lo remitía a un profesor inglés que se lo reclamaba para sus investigaciones biológicas y para exponerlos en un museo. Consuelo rememora la imagen de Kingsley espantando cocodrilos desde la orilla de un río valiéndose de una sombrilla de mano, y la anécdota que cuenta la autora sobre unas bolsitas para repeler mosquitos que colgaban en las habitaciones y desprendían un olor nauseabundo, y cuyo contenido un día se le reveló sumamente escatológico; completa la semblanza con el afán de la autora por conocer África y su cultura, que le hizo padecer experiencias muy desagradables, en muchas ocasiones como espectadora de las vivencias de los indígenas, pero también ser testigo de la belleza de los paisajes.

Luis no ha leído nada de la autora, pero advierte, sin quitar importancia a su prestancia, que sus viajes estaban respaldados por las misiones del Foering Office, y que no se lanzaba a la aventura como hizo Livingstone, sino bajo la garantía de una expedición oficial y con relativa comodidad. También recuerda la película Memorias de África, de Robert Redford, y apostilla que la guerra de los bóers tuvo lugar a finales del siglo XIX, cuando los británicos decidieron interferir en los intereses holandeses defendidos por los afrikaners, que fueron los oriundos de los Países Bajos que colonizaron Suráfrica.

Eugenio comenta que ha estado leyendo Cultura e imperialismo, de Edward Said, mencionado por Luis en una sesión anterior, a propósito de la crítica al colonialismo en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, e indica que en esa obra paradigmática del escritor palestino-estadounidense, se conjuga toda crítica que desde la perspectiva occidental se puede realizar acerca de la intromisión cultural europea en países africanos, asiáticos o americanos, pues es imposible desprenderse de la óptica etnocéntrica, tanto para asimilar las culturas indígenas como para comprenderlas, y que éstas han sobrevivido a la civilización invasora, superando la ocupación colonial, la dominación económica o religiosa y la propaganda política que subyace en la novela decimonónica; al respecto, Luis recuerda la interpretación de las grandes obras de la literatura occidental que hizo el crítico literario alemán Auerbach en su célebre Mímesis.

Josefina ha leído Viajes por el África Occidental y elaborado un texto propio sobre su lectura; indica que narra un viaje de seis meses que realizó la autora, no de vacaciones o con intención turística, sino siguiendo su afán de conocer otras culturas. Señala que Kingsley proporcionaba ejemplares de distintas especies peces y reptiles para estudios entomológicos; también menciona Calabar, una región aislada, y Sierra Leona, donde la autora encontró a una mujer que en sus últimos años, tras la muerte de su marido, vivió sola en aquel lugar, alejada de toda presencia de blancos; Kingsley destaca en su relato por su fortaleza física y de carácter, que en ocasiones es bastante masculina, y supo ganarse el respeto de las tribus y el aprecio de sus compatriotas de la metrópoli, así como su intervenció medió con posibles focos insurgentes de nativos. Josefina señala como relevante la expedición que hizo la autora hacia el Congo francés, y su recorrido por el río Niger; de todas sus experiencias escribió y publicó sus impresiones, y todo aquello que encontraba trataba de interpretarlo en vista a su utilidad. Por último, subraya que Kingsley conoció a mucha gente en sus viajes y ayudó a quien pudo, y menciona una historia sobre la explotación en busca de las fuentes del Nilo, de la cual un expedicionario militar dejó como fruto, en un año, un libro y diez hijos.

Pilar señala que la autora es una mujer digna de admiración, por su arrojo en irse a África, aunque no fuera a la aventura sino en viaje programado y con guías. Destaca especialmente que Kingsley mantuviera su costumbre de vestir a la manera occidental, aunque no del todo femenina ya que bajo sus faldas llevaba pantalones de hombre, sin los cuales le habría resultado imposible desenvolverse por las selvas y ríos africanos. Acerca de los intercambios culturales o la simple invasión de una cultura más fuerte sobre otra, Pilar señala que el intrusismo cultural es algo muy difícil de congraciar, y que lo importante es saber mantener en todo momento el respeto hacia las costumbres ajenas, aunque se trate de la práctica del canibalismo, que en ciertas culturas se matiza prohibiendo el consumo de la carne de los propios familiares; e insistiendo en el respeto a las culturas ajenas, pone como ejemplo el intento de incluir carne de cerdo en los comedores públicos de Catalunya, por deferencia hacia los musulmanes, algo a lo que un alcalde se negó.

En torno al asunto del canibalismo, Valentín señala que la autora no vio nunca ninguna práctica de este tipo, y baraja el hambre como motivo de estas costumbres, a lo que Eugenio recuerda su contenido religioso, de asimilación y comunión con el muerto muy similar al que persigue el rito cristiano que simboliza la eucaristía, e Isabel advierte que los motivos alimenticios le parecen más justificables que los religiosos, sobre todo cuando éstos implican inmolación u otra forma de sacrificio ritual. Valentín destaca que la experiencia de Kingsley fue un incentivo para la investigación en medicina tropical, y recuerda que los cuidados que procuró a los heridos durante la Guerra de los boers, junto a las malas condiciones en que se trabajaba por allí, provocaron la enfermedad de la que falleció; por eso sostiene que es importante que se la haya homenajeado por una contribución a las ciencias, dando su nombre a una medalla concedida a especialistas del ramo, entre los cuales menciona a Carlos Juan Finlay, llamado “el Pasteur de las Américas”, a quien se ha condecorado por sus investigaciones y descubrimientos en torno a enfermedades tropicales, postulando una explicación científica a los mecanismos de contagio por agentes intermediarios, de lo que lee varios ejemplos como la fiebre de Malta, la mosca tse-tse, el cólera, la Malaria y, en general, los parásitos transmisores; Luis no olvida, sin embargo, que la autora no tiene reconocida ninguna labor científica, e Isabel señala que Kingsley se ha ganado su prestigio como exploradora.

Pilar G. recuerda que tanto Kingsley como otros autores que estamos conociendo, son gente de posición económica acomodada, de la incipiente burguesía inglesa, y poseen medios reales para sufragar sus deseos de conocimiento; Toñi quiere señalar que le ha parecido una mujer muy inteligente, y se pregunta cuánto más hubiera logrado Kingsley de haber dispuesto de más tiempo.

Rufino lee fragmentos de un texto publicado en web, firmado por la española Cristina Morató, autora de varios libros sobre mujeres intrépidas que se han lanzado al descubrimiento de los mapas en blanco de la colonización, plagados de fieras, tribus hostiles, desiertos y selvas, e impulsadas por la curiosidad, el amor o el afán de aventuras. Señala que en muchas ocasiones fue Kingsley la primera mujer europea que veían los indígenas, y cuenta detalles anecdóticos como que el séquito de la exploradora se hacía acompañar de diversos útiles y enseres más o menos necesarios o caprichosos, como vajillas, trajes o bañeras portátiles. Rufino destaca la estancia de Kingsley en Gabón y la interpretación de Katharine Hepburn, actriz principal de La reina de África, quien no entró en el río africano que aparece en la película por miedo a las enfermedades que el contacto pudiera ocasionarle; al hilo, llama la atención sobre los decorados que imitaron la selva africana en unos estudios londinense, y que se asegura que la norteamericana pudo haber evitado desplazarse al escenario del rodaje, y a lo cual Isabel comenta que la actriz dice en sus Memorias que ella estuvo en África. Por último, Rufino lee una nota que ilustra una fotografía de Kingsley al regreso de su segundo viaje.

 

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18 de febrero de 2015: J. M. Barrie

Reunidxs: Isabel, Lali, Toñi, Rufino, María José, Consuelo, Maite, Eugenio, Josefina, Pilar, Mercedes y Valentín.

Eugenio abre la sesión leyendo los datos sobre el autor publicados en Wikipedia, que afirman que Barrie fue un dramaturgo y novelista escocés creador del famoso personaje infantil Peter Pan, y que la muerte de su hermano mayor a los 13 años (cuando el autor tenía seis) hundió a su madre en una profunda depresión de la que no se recuperó, lo que produjo en el autor la sensación de ser un niño no querido, que pudo afectar a su estatura, ya que apenas medía metro y medio de altura; de la misma manera, se podría achacar a este trastorno psíquico su fracasada vida sentimental. Destaca la relación profesional y de amistad que mantuvo con escritores de la talla de Doyle, Stevenson y Hardy, así como su estrecha relación con el productor teatral Frohman, que pereció en el hundimiento del Lusitania. Entre sus primeras creaciones, varias novelas y una parodia de la obra teatral Ghost, del célebre danés Ibsen, a quien Barrie apreciaba mucho; pero el éxito le llegó con la saga de Peter Pan, que se estrenó a principios del siglo XX en un teatro londinense; ambientada en el “País de Nunca Jamás”, que es un reverso de la Inglaterra victoriana finisecular, obtuvo una buena apreciación crítica de su contemporáneo Shaw. Eugenio añade que, a pesar de sus complejos, Barrie fue un hombre socialmente activo y participó en la resistencia que el gremio de dramaturgos opuso a las intenciones censoras de Lord Chamberlain; por otro lado, la fuente principal de inspiración para su obra más aplaudida es la familia Llewelyn Davies, a cuyos cinco hijos adoptó cuando quedaron huérfanos, y que gradualmente se fue ensombreciendo tras sucesivas tragedias, como la desaparición de uno de los chicos en el frente militar de la Primera Guerra Mundial, otro ahogado quizás por voluntad propia junto a un posible amante de su mismo sexo y un tercero, que en la madurez escribió un libro de memorias sobre el entorno familiar y terminó sus días arrojándose al suburbano londinense. Finalmente menciona dos largometrajes biográficos y una obra del argentino Rodrigo Fresán, Los jardines de Kensington, que evoca la figura de Barrie en su ámbito natural.

Isabel señala que la primera representación de Peter Pan tuvo lugar en 1904, y que este personaje ha dado nombre a un síndrome que consiste en obstinarse en seguir siendo niño. Recuerda la versión cinematográfica del mito que realizó Spielberg en 1991, con Julia Roberts y Dustin Hoffmann como Campanilla y Garfio, y protagonizada por Robin Williams pese a que la intención inicial fue que el papel principal lo interpretara el cantante Michael Jackson, como ejemplo de “niño que no quiere crecer”; pero él lo rechazó al enterarse de que el Peter de la película es un adulto que no recuerda su infancia; también menciona Isabel la versión cuyo elenco encabeza Johnny Depp, que también tiene a adultos por protagonistas, y rememora la versión en dibujos animados de Disney, que es su favorita, sobre todo la escena con el señor Smith y el cocodrilo, cuyo tic-tac pone histérico a Garfio.

Mercedes ha cogido de la Biblioteca El pajarito blanco, que es la primera novela en que aparece Peter Pan (en sucesivas, añadió el autor al resto de personajes), pero no ha terminado de ponerse a leerla; lo que le ha llamado la atención es que, aparte del trauma infantil que le provocó la trágica muerte de su hermano, aún hubo algo oscuro en su vida, según se dice por Internet, así como las desgracias que sucedieron a la familia Llewelyn Davies; al hilo recuerda Valentín que en ellos se basó Barrie para los personajes de Peter Pan. Mercedes añade que siendo ella pequeña sentía atracción por los dibujos animados de Peter Pan, a lo que Isabel recuerda que la película de Disney se estrenó en EE UU en 1953, y aquí algo más tarde, como indica Lali en los cines de barrio que por entonces existían, por lo que a continuación enumeramos varias salas de la época, hoy desaparecidas o transformadas. Por último, Mercedes destaca que Barrie recibió el título de Baronet y fue Rector de la Universidad de Edimburgo.

Valentín se limita a leer una frase del autor, “No hay recuerdo sin fantasía”,

a lo que Lali responde señalando que ella no está de acuerdo, y que además no le gustan las fantasías literarias, como Peter Pan o Alicia en el País de las Maravillas, y ni siquiera las disfrutó cuando era pequeña; sin embargo, no le resta mérito al autor, sobre todo teniendo en cuenta la fama alcanzada a nivel mundial, que tiene gran valor por sí misma. De la Enciclopedia Garzanti ha extraído unas notas, y cuenta que Barrie llevó al teatro muchas anécdotas divertidas de su experiencia, y colaboró con el propio Doyle en una comedia donde se reían de la banalidad de los lugares comunes de sus colegas contemporáneos. Respecto al éxito de su obra cumbre Peter Pan, recuerda que sucedió en la última etapa de la era victoriana, cuando se celebraba en los escenarios el teatro de tratamiento psicológico de los mencionados Shaw e Ibsen. Añade Mercedes que el personaje de Alicia le parece más sugerente que el de Peter Pan, y Toñi señala que en Carroll hay más fantasía, a lo que Isabel puntualiza que en Alicia en el País de las Maravillas brilla el absurdo; Mercedes insiste en que Peter Pan es una historia enfocada a los adultos, y Lali cierra su intervención recordando que en su niñez hubo más hueco para Julio Verne que para estos autores.

Toñi ha leído el segundo libro donde aparece Peter Pan, y también vio hace tiempo la película, que comienza igual que la novela pero no recuerda más. En el libro los protagonistas se traen del “País de Nunca Jamás” hasta un total de diez niños (señala Consuelo que ésta era la cantidad de hermanos de Barrie), pero el padre se queja de que son muchos para la casa, hasta que la madre les apaña bien para que duerman todos y se organizan. Toñi también cuenta que el cocodrilo se ha comido la mano de Garfio con el reloj, y por eso tiene que buscarlo cada vez que necesita saber la hora; también recuerda a Campanilla, que está enamorada de Peter y no deja de hacer trastadas por despecho. Por último, no le ve sentido a que la niñera sea una perra que habla, a lo que Lali recuerda la novela ejemplar de Cervantes, El coloquio de los perros. Toñi añade que a ella sí le gusta la fantasía y va a terminar de leerse el libro.

Rufino no ha leído ningún libro del autor ni ha tenido acceso a la película, ni siquiera de niño, ya que a su pueblo sólo llegaban, si acaso, las cintas de Joselito y Marisol; añade que intentó hacer una lectura del pdf colgado en nuestro blog, pero no le entraba; María José sólo comenta que ella ha visto las películas de Disney (toda la colección) cuando le ha tocado acompañar a sus hijos.

Consuelo señala que no ha leído ninguna obra de Barrie pero ha visto la versión cinematográfica de Disney; comenta que a su juicio tanta dosis de fantasía llega a manipular la infancia de quienes la padecen, y alterar su desarrollo pudiendo estancarles en la inmadurez. Por ello se ha informado en Internet acerca del “Síndrome de Peter Pan”, y encontró un interesante artículo de Rafael Sánchez Mateo y Jaime Cuenca donde se destapan los valores de la sociedad victoriana basados en ciertas supremacías discriminatorias por sexo, raza y clase, denunciando además la comercialización hecha con el mito, desde Disney hasta la mismísima industria de Playboy. Por último, Consuelo recalca que no ha encontrado nada que insinúe que en las relaciones de Barrie con los niños hubiera episodios de pedofilia.

Maite destaca datos de la biografía del autor, entre los cuales subraya que la estatua que hay en Londres en homenaje a Peter Pan está situada en una zona que ambienta muy bien el sentido de la historia; indica que no debe achacarse la falta de desarrollo al exceso de fantasía, porque ella no ve nada negativo en las películas infantiles, a lo que Toñi confiesa que ella prefiere ver películas para niños en vez de la programación diaria que echan por la tele. Concluye Maite narrando una anécdota personal con su nieta, que tiene una mascota sobre la que deposita todos los cuidados, aunque la llena de suciedad por la calle mientras la pasea atada a un cordel; recuerda entonces Lali que de mayores nos quitan esta inocencia, y Maite señala que es la misma vida la que nos la obliga a perder. Finalmente hablamos de juguetes: el huevo de dinosaurio que eclosiona y un potato que termina su ciclo vital notablemente peludo.

Eugenio no ha leído nada de Barrie, pero considera que a él se debe una nueva versión del mito de la eterna juventud, así como una forma de explotar la virtud adulta de conservar un niño en el interior. Recuerda que gran parte de la mundialización de Peter Pan se debe a la difusión del acervo cultural inglés durante el siglo XX, y respecto a las similitudes con Alicia en el País de las Maravillas, cree que ésta es una obra enfocada a difundir la riqueza de las matemáticas haciendo chistes con las paradojas del lenguaje. No obstante, también ve en la obra de Barrie una intención didáctica, que responde al objetivo común de mucha literatura decimonónica inglesa, aunque las raíces podrían estar en Francia, con Perrault; al respecto, Lali recuerda las obras de la Condesa de Ségur, y advierte que las fábulas de Samaniego no llegaban a Francia, a lo que Consuelo señala que en Alemania se disfrutan las travesuras de Max y Moritz, obra de Wilhelm Busch; por último Maite recuerda nuestros tebeos.

Josefina ha tenido en las manos una edición de Valdemar que incluye las tres obras de Peter Pan; está bellamente ilustrada, y comenta que es ideal para niños.

A Pilar no le ha llamado atención este autor, aunque señala que nos puede resultar muy impactante el hecho de que los niños se nieguen a crecer. En torno a la biografía de Barrie, señala que tuvo una vida muy complicada, y a tenor del trauma que le generó la obsesión de su madre por el hijo muerto, recuerda que no es nada extraño que exista favoritismo de los padres entre los hijos; añade que el autor pudo tener muchas dificultades para relacionarse con personas de su edad y se sintiera a gusto con niños, tal como parece habernos transmitido a través de su obra, y como puede demostrar el estrepitoso fracaso de su matrimonio y que hiciera lo posible por adoptar a unos huérfanos a quienes no le unía ningún tipo de parentesco.

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