Archivo de la categoría: NUESTRAS EXPRESIONES

Maggie imagina / EUGENIO

Imagino a Margaret Cavendish que imagina el mundo que otros imaginaron mientras eludían de su imaginación todo brote de imaginación. No necesitaba extravagancias, pues ya su sola presencia era extravagante, pero imagino que utilizaba su presencia extravagante, no para llamar más la atención, sino para que hartos de contemplar su imagen anunciadora del mundo resplandeciente que imaginó posible, volvieran los ojos cegados hacia sí mismos y allí, en el mismo lugar donde ella en sí misma descubrió un día que con imaginación podría, no sólo crearse un mundo, sino aún con más razón inventárselo y todavía con más razón -la razón imaginaria- crearlo, allí descubrieran, ellos cegados y ellas tan deslumbradas (a veces), descubrieran que toda la ciencia, como antes la poesía, la literatura, la política y la religión, no podría consistir más que en un acto de la imaginación, un efecto imaginario al que ella, como mujer loca y extravagante, podía llamar por su nombre. Imagino que su condición noble, su título y la mucha imaginación que le echó a la manera en que podía ser famosa sin abandonar su vanidad, su buen humor, su actitud provocativa y, en fin, su imaginación, favorecieron en mucho el éxito de su empresa, pero las causas, como en una fantasía de átomos, quedan en segundo plano. ¿No hemos construido hoy, ilustrados y más científicos que nunca, un mundo por completo imaginado? ¿Ha sido más eficaz el método de Francis Bacon o lo hubiera sido el de la duquesa de Newcastle, a la hora de establecer paradigmas y organizar y guiar a la sociedad? Más valiosa que toda experiencia en un mundo de fatalidad y contradicciones, parece ser la imaginación. Imagínense.

No culmina avance científico en los albores del Tercer Milenio

Todo parece dislate tecnológico

Bajo la arrogante supervisión religiosa

Que es, precisamente,

La mortal enemiga de la verdadera ciencia

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La monja, de Aphra Behn / LALI

Todos somos más o menos capaces de imaginarnos la vida de un escritor de época. Pero no la vida de una escritora de época. Pues no tenemos apenas constancia de quienes eran, de cómo vivían, ni sobre qué escribían las mujeres en el pasado.

Puesto que es la literatura escrita por hombres la que a lo largo de los siglos se ha vendido y ha perdurado, es esa misma literatura la que ha contribuido a construir un referente cultural, ideológico y social que es el que hemos heredado y el que asociamos al pasado histórico. Así, somos espectadores constantes a través de lo que leemos, de una forma de mirar el mundo, fundamentalmente masculino. El mundo de las emociones, la pasión, la intimidad, el amor y las relaciones, todo está impregnado de la mirada del hombre, y de la forma que tiene de gestionar su universo emocional.

Hasta ahora hemos tenido que asumir que el ámbito de la literatura, como el de la música, la pintura, etc… era, siglos atrás, patrimonio de los hombres. Y sin embargo, desconocemos en realidad qué número de mujeres se dedicaban a escribir y si, de haberse favorecido la publicación de obras escritas por mujeres, nos hubiéramos llevado alguna singular sorpresa capaz de desbaratar las creencias de toda la vida. Así, rescatar la obra de escritoras de antaño es útil para consignar y constatar el hecho indudable de que a lo largo de los tiempos las mujeres actuaron, investigaron, se equivocaron, acertaron y crearon, mano a mano con los hombres, el mundo que hoy heredamos.

Sirve además para explicarnos-mediante testimonio verídico, el atormentado y extenuante recorrido que la mujer ha tenido que arrostrar hasta llegar al presente y, sobre todo, los prejuicios y obstáculos contra los que se ha debido enfrentar para defender su forma de pensar y de sentir, para lograr construir sus aspiraciones y materializarlas.

La literatura tiene mucho que ver con la moral y con su cuestionamiento o transgresión. Y tal vez eso explique por qué la mujer ha sido reprimida en la expresión libre de su sexualidad como en la de su creatividad. Así, la literatura era para las mujeres una forma de rebelarse y de construir un territorio de libertad, un territorio donde poder reparar su identidad castrada.

Por eso es especialmente estimulante acercarnos a esta inquietante escritora, Aphra Behn, de otro tiempo, cuyos oscuros orígenes y detalles de gran parte de su vida, siguen envueltos en un romántico misterio. Al quedarse viuda, se vio obligada a ganarse la vida con la escritura, convirtiéndose quizás en la primera mujer inglesa que lo hizo. Durante 20 años produjo una asombrosa variedad de obras literarias y destacó, junto con Dryden, Rochester y otros, como una de las principales poetas y dramaturgas de la Restauración. Nuestra escritora muestra en sus narraciones a unas heroínas inquietas, y que no se acomodan al mundo tal cual está diseñado, y que hacen todo lo posible por escapar de esa cárcel de puritana censura, de convenciones y prohibiciones que someten a la mujer al calvario del aburrimiento y de la ignorancia, a la renuncia de la expresión de la libido. Esta novela, La monja, muestra las claves más íntimas y esenciales del universo femenino, sus necesidades más apremiantes, su sed de experiencia. Y también, el ingenio requerido para burlar la vigilancia de sus carceleros. Y aunque no siempre las cosas salían del todo bien, y a pesar de que el precio a pagar por la osadía de querer ser distinta era tan alto como la deshonra, el exilio o la condena, las aventuras de estas féminas nos ofrecen a un tiempo divertimento, amenidad en la lectura, y honda reflexión. En el siglo XX se ha reconocido a Aphra Behn como una importante figura literaria y se ha convertido en un modelo de mujer escritora, pionera de la independencia y realización literaria femenina.

LALI FERNÁNDEZ

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Tomás Moro / LALI

Entre los humanistas del Renacimiento, la literatura tenía una función muy importante, un lugar común heredado de los clásicos. Tomás Moro nos involucra en un tipo de reflexión profunda y toma ejemplo de una de las mayores obras de todos los tiempos, La República de Platón.

En su juventud, Moro se vinculó con los cartujos del monasterio de Charterhouse. Allí aprendió a “ayunar, observar y rezar”. Continuó toda su vida con esas prácticas de oración y autocontrol.

Conocido por su ingenio brillante y por su sentido del humor, se reía de sí mismo. Le gustaba hacer teatro con su familia, y pensaba que la comedia había sido siempre un poderoso medio de reforma social, y tamiza las pasiones.

Erasmo fue su gran amigo. Estos dos gigantes intelectuales tenían mucho en común, dones intelectuales similares, y ambos veían claramente la necesidad de reformar la iglesia y la sociedad. Ambos se pasaron cinco años aprendiendo griego, e hicieron de esa manera sus propias contribuciones al Renacimiento y a la cultura occidental. Moro fue un gran estudioso, y dijo que si estudiásemos celosamente a partir de la infancia, hoy (se refiere a su época) habría menos pobreza de expresión y un estilo más rico y conciso, y no el desdichado balbuceo que hoy vemos entre profesores y alumnos. (Esto se podría aplicar a nuestra época, en que con tanta tecnología, la gente se está olvidando de escribir decentemente.)

TOMÁS MORO, juez

Erasmo decía de él que “nadie ha juzgado más casos, ni demostrado más integridad en su cometido”. Dictaba sentencias justas y claras, y su comportamiento en ese campo fue digno y encomiable. Los londinenses le admiraban además por su ingenio y su sentido del humor.

EDUCACION

Moro tiene un sitio de honor en la historia de la educación, una distinción que se le reconoció incluso en vida. La educación que planificó y supervisó para sus propios hijos tuvo de hecho tanto éxito que su hogar y su escuela se hicieron famosos en toda Europa. Su conocimiento profundo de los autores clásicos y medievales lo traspasó a sus hijos. Y además, algunos de sus mejores amigos que visitaban su casa fueron los mejores educadores de su tiempo, tal como Erasmo, o el valenciano Vives. Pese a que Moro ejercía un alto cargo en asuntos de estado, era capaz de ponerse al nivel de los estudios de sus hijos, y bromear con ellos con frases ingeniosas y lúcidas. Incluso cuando estaba de viaje se interesaba vivamente por sus estudios. En cierta ocasión animó a su hija más querida, Margaret, para que completara su educación antes de que se lo dificultaran sus obligaciones de esposa y madre. Y es más, le recomendó que estudiara medicina. (Es digno de admiración encontrar una mente tan abierta con respecto a las mujeres en el siglo XVI).

Tenía un sentido de la caridad muy enraizado. A menudo invitaba a su mesa a los vecinos más pobres. Alquiló un edificio para cuidar enfermos e indigentes alimentándolos de su bolsillo, y encargando el cuidado a sus propios hijos.

SOBRE SU RELACIÓN CON ENRIQUE VIII

Moro pensaba, por su conocimiento de la naturaleza humana, que hasta el mejor de los soberanos podía convertirse en tirano. El monarca se dejaba caer de vez en cuando por la casa de Moro, y paseaba por los jardines cogiendo a Moro del brazo. Un día el yerno de Moro (que fue su primer biógrafo), felicitó a su suegro por la extraordinaria confianza que le demostraba el rey, y este dio a su yerno una lección de humildad y realismo que ha pasado a la historia. “Hijo mío –le dijo- no hay razón para que me sienta orgulloso, porque si a cambio de mi cabeza el rey pudiera obtener un solo castillo en Francia, mi cabeza no tardaría en rodar.”

Desde que presentó su dimisión como primer ministro al rey en 1532, Moro apeló a la conciencia del monarca con toda la prudencia de que fue capaz, y en esa valiente persistencia para dar consejos sanos, fue el súbdito más leal a su rey.

Cuando el rey formuló los cargos en su contra, Moro, con su gran percepción de gran estadista, fue plenamente consciente de las consecuencias potenciales del absolutismo real. Acabó con la legitimidad de la Iglesia católica en Inglaterra, y atrasó en 100 años el progreso del gobierno parlamentario. Hasta el siglo XVII Inglaterra no se quitó de encima los efectos despóticos de esa monarquía descontrolada, y únicamente lo logró a costa de una sangrienta revuelta y guerra civil.

A lo largo de toda su detención en la Torre de Londres, los mayores sufrimientos de Moro no fueron causados por su mala salud ni por su pobreza. Provenían de su propia familia. Tras haber educado exquisitamente a sus hijos, Moro descubrió que ninguno lo apoyaba en su decisión de conciencia. Tampoco su esposa. Se sintió abandonado y sufrió mucho por ello. El juicio de Tomás Moro es uno de los más famosos desde tiempos de Sócrates. Su agudo sentido de la historia le convenció de que este juicio, al igual que el de Sócrates, no sería pasto del olvido. Y pese a la oposición del rey, de todos los obispos, de su propia familia y sus amigos, Moro se mantuvo firme en su fe y en sus convicciones.

No perdió su sentido del humor ni siquiera cuando subió al cadalso. Cuando posó su cuello en el tajo, como tenía una larga barba, la estiró y le dijo al verdugo: “Le ruego que me deje posar la barba sobre el tajo, así, ya que estamos, me la corta”. Y de este modo, con una broma, acabó su vida.

LALI FERNÁNDEZ

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El síndrome de Thomas More / EUGENIO

 

A Thomas More, como a todo fanático del orden establecido, le preocupaban más las consecuencias desastrosas que para la paz social pudieran acarrear las ideas rebeldes de los reformadores luteranos, que la supuesta falacia o herejía intelectual que éstas llegaran a infundir -y difundirse- sobre el pensamiento cristiano: no en vano ejerció como juez, y puso todo empeño y lealtad en la edificación de una estructura represora que, como suele pasar en las fábulas de Esopo (aún faltaban unos años para que La Fontaine lo descubriera), terminaría devorándolo: martillo de herejes, fue víctima de su propia obra e, ironías del destino (o de la Providencia), su pasión no se asemeja tanto a la de un cristo traicionado como a la de aquel Sumo Sacerdote del Ser Supremo que se apellidará Robespierre.

Pienso que, tras la apariencia de una protección de la verdad, se esconde la incapacidad para aceptar que aquello que se está defendiendo es un privilegio ilegítimo, y que donde se cree ver una amenaza provocada por “esas ideas incendiarias”, no hay sino ciega incomprensión de la realidad social: ¿cómo el pueblo al que la casta dirigente se esfuerza por mantener en la ignorancia, va a levantarse y subvertir el orden establecido a causa de unas doctrinas que mueven conceptos y premisas que ellos en su falta de óptica no pueden comprender? Los pueblos -como el francés de 1789 o el ruso de 1917- no se revolucionan por las ideas: lo hacen por las condiciones materiales adversas y, principalmente, por la humillante comparación entre sus necesidades primarias insatisfechas y la manifiesta y despilfarradora molicie de su clase dominante.

Con el paso de los años y gracias a la actividad propagandística del catolicismo romano -que tiene más de política que de sentimiento religioso-, la Utopía de More se ha ido convirtiendo en el De civitate dei de la Modernidad, espoleada por el hecho incierto de haber ocultado entre líneas su inspiración divina. Pero la tal está muy presente, en una noción que antecede al propio San Agustín: es el idealismo platónico, que dicta un origen totalizante (y no sólo en términos monoteístas, pues idéntica repercusión conceptual mantienen teorías científicas como la del Big-bang), que restringe las posibilidades de nuestro pensamiento a la estrechez de lo dado con anterioridad a lo que ha de construirse, y nos convence de que existe una excelencia fuera de nuestro alcance espaciotemporal, que sólo podremos alcanzar explotando la posibilidad de aproximarnos lentamente, sacrificándonos y desdeñando nuestro entorno. Así, bajo tan ardua promesa de superación, con más pena que gloria, se nos va la vida en el ineludible proceso degenerativo, en lamentar nuestra humana condición y nuestra existencia sin remisión, y nuestra impotencia ante la inmensidad inconmensuranble de ese modelo sobre el cual investigamos origen y finalidad sin percibir ya -porque perdimos la perspectiva- que somos nosotros mismos quienes lo vamos creando. Yo admito la presencia de un ideal como objeto, ejemplo, modelo, meta incluso; pero no puedo concebirlo como una realidad, y menos aún como una suprarrealidad que, situándose fuera -¡y por encima!- de ésta que habito, regula sus dictados: si otorgamos a un arquetipo colocado al margen de lo sensible, la potestad de definir los contenidos de nuestro pensamiento, estamos eliminando la posibilidad de edificar una noción del mundo -llámese natural, social o literario- verdadera; o al menos más acertada, o acorde o, en el peor de los casos, más adecuada. ¿Entonces qué pretende la noción platónica de las Ideas, qué pretende la Utopía descrita por quien entregó su propia vida “a lo Sócrates”, doblegándose al poder terrenal porque no aceptaba, en el fondo, más autoridad moral que la impuesta por la ley del más fuerte; qué puede conseguirse mediante falacias que rechazan la percepción sensual y condenan la recepción inmediata?; y, además: ¿por qué la interminable persecución de quienes denuncian la impostura de los valores prestablecidos y de las nociones previas a la experiencia?, ¿por qué ese afán por desprestigiar la duda y adular la aseveración?; y, sobre todo: ¿por qué esa manía de convertir en mártir a quienes, rechazando vivir sobre esta duda tan científica, aceptan morir por un terco capricho?

Toda ideología deshonesta elabora una realidad tergiversada en favor de las instituciones, es decir de los poderes fácticos, del orden establecido; de hecho, la ínsula utópica es una propuesta silenciosa enviada a la sorda autoridad, con el fin de penetrar en su conciencia o de ganar su favor. Y de hecho, la síntesis más literaria de pensadores como More -y en especial de aquellos filósofos que sobre el papel abogaron por la ausencia de supremacías, mientras en vida se entregaban a la voluntad del gigante egoísta de turno; y de la misma manera que su antítesis no es Maquiavelo y ni siquiera Hobbes, sino el Swift que escribió Gulliver-, la síntesis más literaria de More, digo, la tenemos en un personaje de Shakespeare, asesor del rey en La tempestad, llamado Gonzalo, parodia perfecta del orador que disertando sobre la construcción de sociedades utópicas, ideales, perfectas y racionalísimas, estoicamente (no es vano el adverbio) aguanta los antojos de su jefe, monarca aficionado a demorar las obras de aquel reino dichoso tanto como se le ponga en los reales.

E. N. Gutiérrez

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Pequeños crímenes conyugales / Eric Emmanuel Schmitt por LALI

Alejandro y Carla llevan 15 años casados. Acaban de llegar a su
apartamento. Vienen del hospital porque Alejandro se cayó por las
escaleras de la casa, perdiendo el conocimiento. Sufre amnesia desde
entonces, no se acuerda de nada, y Carla se encarga de ir recordándole
quién era, qué frases decía, lo que le gustaba, y lo que odiaba. Pero a
Alejandro le parecen contradictorias algunas de las cosas que le dice su
esposa sobre su propia personalidad y sobre la relación que mantenían.
¿Quién era él en realidad, y quién es Carla? ¿Cómo era antes su vida de
pareja? A partir de lo que ella le cuenta, Alejandro intenta reconstruir
su propia vida. Pero, ¿y si Carla miente? ¿Es él realmente como ella le
describe? Y ella, ¿es de veras su mujer? Poco a poco, se va desvelando la
verdad. Alejandro se entera de que su mujer se daba a la bebida, harta de
la rutina de su matrimonio, y empieza a sospechar que fue ella quien le
arrojó por las escaleras. Carla le dice que él intentó estrangularla, y ella le
atizó con una figura en la cabeza. Alejandro queda horrorizado, pero poco
después le confiesa a Carla que en ningún momento perdió la memoria,
y estaba enterado de todo. Recuerdan con cariño cómo fue su primer
encuentro, y se dan cuenta de que no pueden vivir el uno sin el otro.

Es una pareja tratando de encontrarse a través de los desencuentros de
la rutina, la violencia en el matrimonio, y la ternura. La relación pasa por
todos los estados de ánimo, es como una montaña rusa de sentimientos.

A través del ágil dialogo y los continuos golpes de efecto, el autor nos
muestra el camino de una verdad inesperada, manteniendo la tensión
y la intriga hasta el final. El lector es continuamente vapuleado. ¿A
quién creer? ¿La vida matrimonial es realmente ese infierno de crueldad
mental? El autor posee un profundo conocimiento de la complejidad de
las relaciones humanas, y así lo plasma en la obra, que es una brillante
comedia negra sobre la guerra generada en el seno de la pareja.

Lali Fernández

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ejercicio a lo Queneau / EUGENIO

sentado al frente de una mesa de operaciones
bañada por la luz de la lámpara abierta
en expansión constante
perennemente renovada por el milagro
de la ciencia moderna
y de la electricidad dominada en fases alternas
brilla e ilumina el laboratorio grande y amplio
como las miras de un procedimiento lógico
y consciente
que optimiza el proceso creativo
hasta donde no hay límites pues ésta es la ilimitada
lucidez de las fuentes preciosas
y de azar objetivo
y de un método matemático aplicado a la poética
o es la poética aplicada al número perfecto
en su tambaleante imperfección
de derivadas e integrales
no puede explicar el origen pero abraza los
fenómenos
de expansión constante
y perennemente renovada
con que se ilumina
la mesa de operaciones
al frente de la cual está sentado

sentado al frente de una mesa de operaciones
al frente de la cual está sentado
bañada por la luz de la lámpara abierta
lucidez de las fuentes preciosas
o es la poética aplicada al número perfecto
la mesa de operaciones
en expansión constante
perennemente renovada por el milagro
brilla e ilumina el laboratorio grande y amplio
hasta donde no hay límites pues ésta es la ilimitada
y de azar objetivo
y de un método matemático aplicado a la poética
en su tambaleante imperfección
no puede explicar el origen pero abraza los
con que se ilumina
de la ciencia moderna
y de la electricidad dominada en fases alternas
como las miras de un procedimiento lógico
que optimiza el proceso creativo
de derivadas e integrales
fenómenos
y perennemente renovada
y consciente
de expansión constante
y consciente
y perennemente renovada
fenómenos
de derivadas e integrales
que optimiza el proceso creativo
como las miras de un procedimiento lógico
y de la electricidad dominada en fases alternas
de la ciencia moderna
con que se ilumina
no puede explicar el origen pero abraza los
en su tambaleante imperfección
y de un método matemático aplicado a la poética
y de azar objetivo
hasta donde no hay límites pues ésta es la ilimitada
brilla e ilumina el laboratorio grande y amplio
perennemente renovada por el milagro
en expansión constante
la mesa de operaciones
o es la poética aplicada al número perfecto
lucidez de las fuentes preciosas
bañada por la luz de la lámpara abierta
al frente de la cual está sentado
sentado al frente de una mesa de operaciones

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El hombre roto / Tahar Ben Jelloun, por ENRIQUE

 

Me oyes, no me haces caso, contigo es predicar en desierto… no me escuchas… ¿de qué sirven mis peroratas… mis sabios consejos… sigue… sigue metido en tu HONRADEZ, en tu pobreza, en tu miseria, eres un don nadie… todo un jefe del departamento XX y para qué. Mira tu ayudante, buen coche, vacaciones en Roma con su familia y tú nos llevas al pueblo de tu madre, donde solo hay vacas, muchas moscas y grandes miserias que arrastran desde hace decenios. La pobre, viviendo en una casucha medio derruida, llena de humedades y muriéndose lentamente. Tu padre no dejó ninguna herencia, pero tú debías abrir los ojos, tener imaginación y ser útil a tu gente, empezando por tu madre. La gente no te saluda de lo pobretón que te ven. Yo misma me avergüenzo de estar a tu lado. Llegas a tu despacho y nadie te saluda, siendo el jefe de todos, se preguntan si eres un mendgio en vez del ingeniero jefe, tal es el efecto que produces.

La historia que nos cuenta Monsieur Tahar Ben Jelloun no aporta nada nuevo, ya que el tema escogido tan manido como escabroso nos priva de hacer juicios y sobre todo comparaciones… Hay tantos y tantas… Por si fuera poco, ha hecho un relleno pornográfico, ilustrándonos con la noche de boda del matrimonio Murad-Halima, Cama Sutra a lo árabe, incluido. Más adelante hay otras escenas que las dejamos dónde están…

Recordáis el cuento de Juanito, mirando engolosinado cómo hacía su mamá las torrijas de Pascua (cómo me voy a poner, pensaba para sus adentros, en un descuido, zas, (como el gato). Bueno, al fin terminé, dijo la madre, ¡Juanito! bajo un momento a la tienda. Te comunico que las torrijas están contadas, es el postre para todos. Juanito hizo caso omiso de la advertencia de su madre y un santiamén se comió dos suculentas torrijas. La gula le pudo y no supo detener la tentación. Al poco rato el gusanillo de la conciencia que todos llevamos dentro empezó su labor moralizadora, “eres un ladrón-vas a ir al infierno-te has comido las torrijas de tus hermanos-qué paliza te van a dar” ¡prepárate, mal hijo! Durante largo rato tuvo que escuchar toda clase de moralinas y tan arrepentido estaba que en un acceso de tos echó las torrijas por donde habían entrado, ensuciando el suelo por doquier, labor extra para la madre…

Hay una moraleja… pero es mejor que cada uno ponga la que crea más conveniente al caso…

 

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