1 de febrero de 2017: William Golding

Reunidxs: Isabel, Carmelo, Eugenio, Valentín, Consuelo, Toñi y Seve.

Isabel abre la sesión comentando su lectura de la obra más famosa del autor, El señor de las moscas, de la cual ha visto también las dos versiones cinematográficas: una del 1963, que desconocía, y la más reciente de 1990, en color y de nacionalidad norteamericana; destaca que el título proviene de un apelativo que en tono burlón daba la cultura hebrea al dios Baal, durante cuyos sacrificios los fieles dejaban que la carne del holocausto se pudriera, de manera que sus templos estaban siempre llenos de moscas. Isabel cuenta a continuación el argumento de la novela de Golding, y señala que los niños que quedan atrapados en una isla desierta tras un accidente aéreo son cadetes de una escuela militar estadounidense, a lo que Consuelo señala que no todos eran cadetes, pues en la novela aparecen niños de seis años y en la primera versión que se hizo para el cine, algunos de ellos salen desnudos. Isabel resalta que la trama de la novela se desenvuelve en torno a las diferencias que existen entre los niños a la hora de afrontar la situación del naufragio, y que deriva en un enfrentamiento abierto entre quienes defienden que deben unirse, por medio de ciertas normas convivencia consensuadas, para lograr la supervivencia hasta que los adultos les rescaten, y quienes prefieren entregarse a la satisfacción de sus instintos, empezando por irse a cazar jabalíes para divertirse; así, se forman dos bandos: el que mantiene la disciplina y el de los cazadores, que entran en un enfrentamiento que termina convirtiéndose en competición por hacerse mutuo daño; esta circunstancia recuerda a Consuelo la naturaleza del buying, que parece inevitable entre los jóvenes de todas las épocas, a lo que Eugenio advierte la importancia de la mala educación recibida. Isabel destaca por último la escena del descubrimiento del cadáver del piloto y subraya que la novela trata sobre la naturaleza humana, desde una visión que se pretende alternativa a las tesis que Rousseau defendió en el Emilio acerca de la bondad innata de los seres humanos; al hilo menciona la película dirigida por Narciso Ibáñez Serrador, ¿Quién puede matar a un niño?, que le ha venido a la memoria a raíz del libro de Golding.

Eugenio comenta que a su juicio Golding es un moralista impregnado por la ética protestante, cuya visión de la humanidad es netamente etnocéntrica; así, los estados que difieren respecto al actual momento civilizatorio del modelo occidental, estarían menos evolucionados, en vías de desarrollo o serían directamente salvajes, como pretende demostrar en El señor de las moscas, en el grupo de niños que sigue a Jack; por eso considera que esta novela no describe la naturaleza humana, ni siquiera trata de teorizar sobre ello, sino que sólo refleja la simpleza de un mito de carácter maniqueísta según el cual el mundo es un continuo combate entre el bien y el mal, además de servir de propaganda política para la cultura anglosajona, ya que el salvajismo que refleja en sus escenas sería producto de un retroceso que van sufriendo la mayoría de los niños hacia los oscuros orígenes de la humanidad, donde en algunos casos la falta de control civilizatorio desembocaría en la maldad; Eugenio señala que el motivo de esta degeneración en los comportamientos sería la poca solidez de la educación que esos niños están recibiendo en los colegios ingleses. Al hilo, Consuelo hace referencia a la figura de Ralph como personificación del espíritu del diálogo, y por ello tolerante con toda opinión ajena, mientras Jack sería el del abandono al instinto espontáneo, incapaz de imaginar las consecuencias de la consumación de sus deseos, y ofrece la dicotomía como esencial a la naturaleza social del hombre por lo que a su parecer es una visión pesimista de la humanidad; ante ello confirma Toñi que el autor trata lo mismo en el libro que ha leído ella, la trilogía titulada La oscuridad visible, e Isabel evoca que el padre de Golding fue un científico racionalista y su madre una luchadora por el sufragio femenino, así como resalta que durante la Segunda Guerra Mundial, en la que el autor fue movilizado, quedó éste muy impresionado por las consecuencias de los enfrentamientos bélicos, a lo que Eugenio señala que dada su obra, esa impresión no tiene comparación con la que se hizo crítica antibelicista en varios autores que padecieron la Primera Guerra Mundial, como el caso de Wilfred Owen, a quien vimos hace casi un año; Consuelo señala que los dos bandos de El señor de las moscas bien pueden reflejar los de la Segunda Guerra Mundial, a lo que Eugenio visiona a Jack como un trasunto de Hitler, mientras Consuelo resalta la brutalidad de los bombardeos aliados sobre la Alemania derrotada, a lo que Carmelo recuerda que el de Gernika fue primero que se perpetró contra una población civil.

Al hilo de la referencia a la Segunda Guerra Mundial y al bombardeo de Gernika, Valentín destaca la proliferación de anécdotas sobre la Guerra Civil y su posguerra que han quedado en el imaginario de nuestras historias familiares, aunque recuerda que no se ha contado tanto como se debiera o quisiera, quizás por afán de olvidar o quizás por miedo; así, menciona una anécdota de su familia localizada durante la Batalla del Ebro, antes de qie Isabel recuerde los intercambios entre soldados de cada bando, de artículos de primera necesidad como el tabaco y el papel de fumar, y Seve haga un guiño al humorista Gila para recordar aquellas conversaciones que éste tenía con el enemigo a través del teléfono, para ponerse de acuerdo en la hora a la que había que parar la guerra para facilitar las tareas cotidianas. También Carmelo cuenta la historia del violinista rojo que fue avisado por un rival de que le estaban buscando, y la de las excursiones dominicales que se hacían en el Madrid de la guerra para ir a disparar un tiro al Alcázar de Toledo, sitiado por el bando republicano.

Consuelo comenta que ha estado detrás de La lengua oculta, que es una obra póstuma del autor, pero no ha podido leerla así que habla sobre El señor de las moscas, de la que dice que hoy en día ningún autor ganaría el premio Nobel gracias a su escritura; destaca los momentos en que Ralph, que representa el espíritu civilizado, está pensando la manera de mejorar el funcionamiento del grupo, y entonces comete el error de ceder el mando, probablemente  por ser demasiado pusilánime o condescendiente; en este haz de reflexiones, Consuelo destaca que el miedo nunca abandona los pensamientos de los protagonistas, y que ese miedo mal enfocado genera odio hacia los que no comparten o piensan igual que uno; también considera que la aversión de Jack hacia Ralph puede ser consecuencia de cierta envidia que aquél siente hacia éste. Isabel añade la anécdota de las gafas de Piggy, que le son arrebatadas porque con ellas se puede hacer fuego, y la respuesta de Ralph al robo, asegurando que si se las hubieran pedido, el chico las habría prestado. Por último, Consuelo resalta el ensañamiento con que Jack mata al jabalí y Carmelo subraya que la novela es una metáfora de la condición humana, ya que, por regla general, el ser humano es malo; a continuación nos entregamos a un intenso debate sobre la existencia o no de una naturaleza humana y su tonalidad.

Toñi ha leído la trilogía titulada La oscuridad visible, de la cual indica que trata sobre la maldad, y donde los tres relatos que la componen se entrelazan; sobre el primero de ellos dice que el protagonista es un niño víctima de una bomba que le destroza la cabeza, que después le es reconstruida y cuyas secuelas son una deformación que sin embargo no le impide afrontar la vida sin complejos, aunque los prejuicios de los demás se la complican; Isabel comenta que el rechazo a esa deformidad podía haber generado odio en el protagonista, a lo que Toñi dice que no se vuelve malo. Isabel destaca entonces que hay una investigación neurológica sobre la posibilidad de que determinadas anomalías congénitas en el cerebro inclinen a quienes las padecen hacia el mal, a lo que Carmelo resuelve que se han encontrado anomalías craneales similiares en psicópatas y asesinos, ante lo que Eugenio comenta que ese tipo de investigación sólo termina justificando la eutanasia sobre quienes supuestamente son susceptibles de ser malos, a lo que Carmelo indica que las consecuencias serían más bien terapéuticas e Isabel recuerda el tratamiento al que algunos violadores, muchos de ellos voluntariamente, se someten para mitigar sus tendencias violentas; este tema deriva en un pequeño debate sobre si los avances hacia una mejora de nuestra convivencia deben ser más científicos que educativos, del que salimos cuando Toñi recupera el argumento del libro leído y cuenta la historia de un colegio de huérfanos donde uno de los regentes es un despiadado pederasta; concluye diciendo que esta obra de Golding condimenta la tragedia con episodios tremebundos.

Seve recuerda su lectura de El señor de las moscas desde la sorpresa, pues él esperaba una historia de niños; respecto a la naturaleza humana, señala que a su juicio no hay forma de saber si la maldad de algunas personas es consecuencia de su vida o de unas condiciones previas al nacimiento, ante lo que Toñi afirma que los niños son más o menos buenos o malos en función del ambiente en que se crían.

 

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