30 de noviembre de 2016: W. H. Auden

Reunidxs: Isabel, Seve, Consuelo, Luis, Carmelo, Eugenio, Mercedes, Valentín y Rufino.

Isabel abre la sesión leyendo los datos biográficos sobre el autor publicados en la web ‘El poder de la palabra’, donde se indica que fue un poeta, dramaturgo y crítico literario inglés, el más influyente desde T. S. Eliot; en sus primeros pasos, Auden mostró interés por la ciencia y estudió en Oxford, donde se mezcló en el mismo círculo intelectual que los también escritores Isherwood y Spender. Trabajó como maestro de escuela en Escocía e Inglaterra y durante los años treinta formó parte en Londres de un grupo de jóvenes poetas con tendencias izquierdistas; sus primeras obras tratan sobre el hundimiento de la sociedad capitalista que a sus ojos se estaba produciendo, mostró interés por los caracteres psicológicos humanos y no tardó en obtener cierto renombre literario. De su colaboración con Isherwood surgen los viajes por China y Alemania, de los cuales Auden extrajo contenido para algunas de sus primeras composiciones; fue en este país centroeuropeo donde se casó por conveniencia, para que su pareja obtuviera el pasaporte (menciona Consuelo que ella era Erika Mann, escritora hija del famoso autor de Muerte en Venecia). Participó en la Guerra Civil Española como conductor de ambulancia, recibió ese mismo año la Medalla de oro del Rey a la Poesía y, en 1948, el Pulitzer; era irónico y frío como Eliot, ambos religiosos pero Auden más social, ejerciendo influencia sobre poetas posteriores, y destacando por su rigor intelectual. Isabel añade que ha encontrado en Internet a un joven cantante, King Krule, que ha hecho una versión del poema «Victor» de Auden, titulada «Ocean Bed»; Seve comenta que la leído ese poema y algunos otros más en la edición de Visor que hay en la Biblioteca, y le han gustado: éste trata de la educación recibida a través de la Biblia, cuyo aprendizaje literal empuja a un chico enamorado a aniquilar por fe al objeto de su pasión; Isabel añade que el autor atacó duramente a la Iglesia católica irlandesa, a lo que Luis señala que en la educación reglada anglicana ha sido moneda común el maltrato de los escolares. Por último, Isabel menciona la película Cuatro bodas y un funeral, donde aparece una escena en la que se recita un poema del autor, «Funeral blues», que trae impreso y a continuación entrega a Carmelo para que lo lea. De la lectura extrae Mercedes la expresión sobre la detención del tiempo tras muerte de un ser querido.

Carmelo recuerda lo complicado que es trasladar la poesía a otro idioma distinto del original, complicación que se extiende a su lectura, subrayando que los ritmos de cada lengua imponen el de los poemas, y que dos versiones de uno mismo pueden significar cosas completamente distintas; añade que se suele decir que lo que queda sin traducir cuando se vierte un poema, eso es la verdadera poesía, y al hilo señala Mercedes la importancia de una expresión asequible para que se pueda entender fácilmente. Luego cita Carmelo dos versos de Auden: “La necesidad de matar” (del cual dice Luis que pertenece al célebre «Spain 1937») y otro que le ha gustado especialmente por lo incorrecto del enunciado: “Las palabras me excitan como una historia pornográfica”.

Luis recuerda que Auden vivió durante un tiempo en Berlín y allí conoció a Brecht, quien era el máximo exponente del teatro alemán de la época; de esta relación surgen para el autor unos cuantos guiones para ópera -hizo colaboraciones con Chester Kallman y escribió para Stravinski, Henze y Benjamin Britten– inspirándose en figuras clásicas y leyendas; también estudió liturgia dramática y reconstruyó con nuevas imágenes algunos personajes de Ibsen. Luis señala que Auden fue un escritor de vasta cultura y alcanzó mucho prestigio, de lo mejor que dio la literatura inglesa durante el siglo XX, y subraya su estrecha relación con Spender y Lewis, con quienes formaba grupo poético, así como su amistad con Eliot, aunque ambos fueran bastante antagónicos; recuerda que durante su estancia en la Alemania de Weimar pudo desinhibir su homosexualidad, favoreció a Thomas Mann al casarse con su hija Erika y tomó contacto crítico con la alta burguesía alemana, especialmente con la de Munich; respecto a su experiencia en España, destaca Luis que quizá no estuvo en la línea del frente por la relevancia que había adquirido ya en el mundo literario, aunque esta circunstancia le granjeó la animadversión de los partidarios de la no intervención en el conflicto peninsular, diferencias que una parte de la sociedad inglesa no iba a perdonarle jamás.

Consuelo se ha descargado «Elegía a un judío», pero no lo ha leído aún; lo que sí ha leído ha sido un artículo sobre «Spain 1937» de Ana María Gimeno Sanz, profesora universitaria valenciana que recuerda que Auden estuvo en Valencia cuando se alistó voluntario en asistencia médica para defender la República española, pero llevó muy mala impresión del ambiente, en especial por el uso de rolls-royce de que hacían gala algunos dirigentes de la misma, lo que denunció públicamente; también señala que el autor ejerció como periodista en radio, y apareció su poema como panfleto propagandístico al precio de un chelín destinado a ayuda para la República. El artículo también destaca la relevancia de lo que Auden escribió, aunque no fuera tan ideológico como pudiera esperarse, ya que tenía sentimientos enfrentados respecto a la causa marxista: el tema central del poema es la misión de la poesía, y lo que se plantea no es la duda acerca de lo que se debe hacer en un nivel práctico, sino lo que se debe considerar para la elección adecuada entre el bien y el mal: una elección moral que no podía estar más de actualidad en aquellos tumultuosos años del siglo XX. Consuelo destaca la imagen del momento como límite, en inesperado encuentro con la muerte; además, ha leído otros poemas, como «Foxtrot de una tazo de té», en forma de diálogo en verso, que lee Carmelo, y otro sobre la Virgen y la copulación de los padres: «La pregunta», que es breve y lee ella misma. Para terminar, Consuelo resalta las opiniones que consideraban a Auden una buena persona y recuerda su boda de compromiso con Erika Mann, añadiendo el comentario de que la hija de Mann anhelaba relacionarse con mujeres de destacada inteligencia.

Mercedes destaca que Auden obtuvo muy buenas críticas como escritor y es miembro importante de la literatura inglesa, a lo que Isabel sugiere que si hubiera vivido más tiempo -murió con poco más de sesenta años-, podía haber hecho más cosas.

Valentín recoge una curiosidad que cuenta que Auden se quedó al lado de una mujer insegura hasta que ella logró recuperar la confianza, y remarca que fue un hombre altruista pero tremendamente severo, lo que ilustra con sus declaraciones acerca del uso de magnetófonos en las entrevistas, rememorando la anécdota que narraba Truman Capote, quien no pudo continuar una conversación con un periodista porque a éste se le había estropeado la grabadora y se dijo incapaz de tomar notas, ya que no sabía escuchar a sus entrevistados. Sobre los años treinta que vivió el autor, Valentín destaca que hablara de su literatura como de una muestra sin intención moralizante, y que añadía que si a alguien no le gustaba lo que escribía, era porque no escribía para esa persona. También lee Valentín un epígrafe titulado “Cómo perder un premio Nobel”, donde se recuerda que a Auden lo nominaron para el Nobel el mismo año que a Neruda, aunque luego se lo llevó un griego…; añade Mercedes que años después se lo dieron al poeta chileno, pero no a Auden. Valentín destaca de nuevo la generosidad del autor, y comenta que ayudó a reclusos con libros de Kafka, así como impartiendo cursos de literatura; señala que abandonó la Guerra Civil española por el desorden que imperaba en el bando republicano, que en una entrevista aseguró que su problema con Inglaterra no era de índole cultural sino familiar, destacando las diferencias fonéticas entre su inglés nativo y el estadounidense, y que en política debería de elegirse a los representantes mediante sorteo, haciéndose más uso de los avances informáticos para la gestión de la administración pública. Por último, Auden consideraba que la edad idónea para escribir poesía es indiferente.

Eugenio califica a Auden de clasicista, y confiesa su rechazo al autor por considerar que en la época en la que vivió, con las vanguardias en auge y más adelante la Generación Beat o los movimientos del 68, no parece haber mostrado ninguna inquietud en el avance hacia otras formas literarias que las establecidas. Dice que ha ojeado la introducción a la edición en castellano de una antología de sus ensayos, en Lumen, firmada por Andreu Jaume, y que tampoco le ha causado interés, sobre todo cuando leyó que Auden no comprendía cómo Valéry, poseyendo una elevada inteligencia teórica, había cosechado tan pobres resultados poéticos. Por último, respecto al comentario de Isabel sobre la crítica del autor al catolicismo irlandés, Eugenio recuerda que durante el transcurso de la vida de Auden se estuvo sufriendo la existencia del IRA, y le parece muy parcial su posicionamiento a favor de Inglaterra, sobre todo teniendo en cuenta que su fe anglicana fue producto de una conversión sobrevenida; señala Eugenio que, para él, cualquier conversión religiosa siempre estará bajo sospecha, pues no entiende que una fe impuesta durante la infancia, una vez perdida pueda recuperarse, a lo que Carmelo indica que puede tratarse de un cambio de opinión, a lo que Eugenio comenta que la razón y la fe tienen distinta naturaleza y Luis recuerda que Pascal sufrió una conversión similar, a la que Voltaire atacó sin piedad, y que Pedro de Alarcón se convirtió en sus últimos años para legarnos una serie de cuentos moralistas sin ningún valor.

Rufino señala que, a su juicio, es la falta de consecuencia consigo mismo lo que critica Eugenio de Auden, y pide a Luis su parecer sobre la naturaleza de esas conversiones producto de la madurez o animadas por la cercanía de la muerte, a lo que Luis comenta que la vejez es un terreno inseguro para cualquiera y que es normal que se haga lo posible por regresar a las raíces y superar la vulnerabilidad, aunque se entre en contradicción con uno mismo. A continuación, Rufino lee un fragmento de «Septiembre 1, 1939», donde el autor describe la violencia provocada por los conflictos de religión; al hilo, Luis recuerda una copla donde se cuenta que los sarracenos molieron a palos a los cristianos, ante lo cual éstos disculparon su derrota asegurando que  “Dios está con los malos cuando son más numerosos que los buenos”.

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