25 de febrero de 2015: Mary Kingsley

Reunidxs: Isabel, Pilar G., Toñi, Rufino, Consuelo, Seve, Luis, Eugenio, Josefina, Pilar y Valentín.

Isabel abre la sesión con los datos biográficos de la autora, de quien dice que murió con treinta y ocho años y fue una exploradora británica fascinada por el continente africano, sus gentes y su cultura; su padre había sido un hombre de posición, escritor de varios diarios de viaje, y su madre una criada que quedó embarazada antes de casarse y después sufrió una invalidez que exigió ciertos cuidados que Kingsley no parecía dispuesta a proveerle, por lo que abandonó su hogar poco antes de quedar huérfana de ambos, y en posesión de una renta vitalicia. La autora fue una apasionada lectora de los textos que contaban historias ambientadas en países exóticos y por ello, además de encomendarse la conclusión de un libro sobre Angola que su padre había dejado sin terminar, decidió embarcarse en expediciones hacia aquellos mismos lugares que se mencionan en estas crónicas, sin más compañía que la necesaria para llegar a su destino y sobrevivir en él. Kingsley realizó estudios de campo sobre tribus caníbales y escaló el Monte Camerún por una ruta no practicada hasta entonces, adquiriendo tal celebridad que en su primer regreso a Inglaterra fue recibida por la prensa y una multitud entusiasmada; pero no todo fueron parabienes en su país, pues su crítica a las misiones occidentales en cuanto a la imposición de cambios en las costumbres indígenas, como la prohibición de la poligamia sustituida por una monogamia cuyo efecto sobre la cultura receptora se mostró nefasto, provocaron el rechazo de la Iglesia anglicana hacia sus impresiones. Además, la autora se enfrentó a la opinión establecida de que las razas africanas fueran humanos no civilizados o menos desarrollados que los blancos, y supo poner en entredicho las teorías racistas al afirmar que tampoco sería científico afirmar que un conejo es una liebre menos evolucionada; sin embargo, Kingsley no se alejaba de las ideas políticas más conservadoras, y se mostró contraria al movimiento de las sufragistas, que en aquella época mantenía un duro pulso contra las instituciones patriarcales. Isabel señala que la autora compuso dos libros narrando sus experiencias en África y las reflexiones consecuencia de ellas, antes de que su vida se viera truncada durante la segunda guerra de los boers, a la que acudió en calidad de enfermera voluntaria, y donde contrajo el tifus que terminó con su vida; siguiendo su postrera voluntad, fue sepultada en el mar. Por último, Isabel recuerda que hay una célebre película que recrea la figura de la autora, La reina de África, dirigida por John Huston y protagonizada por Bogart y Hepburn, y en torno a cuyo rodaje Isabel menciona la anécdota de varios contagios de malaria entre los miembros del equipo, excepto en aquellos que nunca probaban el agua porque se defendían de la sed a base de whisky; añade que esta película está inspirada por un libro de Cecil Scott Forester sobre Kingsley, donde explota su peculiar presencia en África, vestida al modo de burguesa occidental y llena de curiosidad hacia todo lo que se encuentra. De ella afirmó Kipling que era “la mujer más valiente que he conocido”.

Consuelo ha leído una parte de Viajes por el África Occidental y señala que la autora fue una mujer intrépida e inteligente, ya que sin haber cursado estudios en la escuela había aprendido latín. Indica además que durante sus expediciones envió a Inglaterra diversos ejemplares de especies animales, de entre las cuales tres tipos de peces han recibido su nombre, y que lo remitía a un profesor inglés que se lo reclamaba para sus investigaciones biológicas y para exponerlos en un museo. Consuelo rememora la imagen de Kingsley espantando cocodrilos desde la orilla de un río valiéndose de una sombrilla de mano, y la anécdota que cuenta la autora sobre unas bolsitas para repeler mosquitos que colgaban en las habitaciones y desprendían un olor nauseabundo, y cuyo contenido un día se le reveló sumamente escatológico; completa la semblanza con el afán de la autora por conocer África y su cultura, que le hizo padecer experiencias muy desagradables, en muchas ocasiones como espectadora de las vivencias de los indígenas, pero también ser testigo de la belleza de los paisajes.

Luis no ha leído nada de la autora, pero advierte, sin quitar importancia a su prestancia, que sus viajes estaban respaldados por las misiones del Foering Office, y que no se lanzaba a la aventura como hizo Livingstone, sino bajo la garantía de una expedición oficial y con relativa comodidad. También recuerda la película Memorias de África, de Robert Redford, y apostilla que la guerra de los bóers tuvo lugar a finales del siglo XIX, cuando los británicos decidieron interferir en los intereses holandeses defendidos por los afrikaners, que fueron los oriundos de los Países Bajos que colonizaron Suráfrica.

Eugenio comenta que ha estado leyendo Cultura e imperialismo, de Edward Said, mencionado por Luis en una sesión anterior, a propósito de la crítica al colonialismo en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, e indica que en esa obra paradigmática del escritor palestino-estadounidense, se conjuga toda crítica que desde la perspectiva occidental se puede realizar acerca de la intromisión cultural europea en países africanos, asiáticos o americanos, pues es imposible desprenderse de la óptica etnocéntrica, tanto para asimilar las culturas indígenas como para comprenderlas, y que éstas han sobrevivido a la civilización invasora, superando la ocupación colonial, la dominación económica o religiosa y la propaganda política que subyace en la novela decimonónica; al respecto, Luis recuerda la interpretación de las grandes obras de la literatura occidental que hizo el crítico literario alemán Auerbach en su célebre Mímesis.

Josefina ha leído Viajes por el África Occidental y elaborado un texto propio sobre su lectura; indica que narra un viaje de seis meses que realizó la autora, no de vacaciones o con intención turística, sino siguiendo su afán de conocer otras culturas. Señala que Kingsley proporcionaba ejemplares de distintas especies peces y reptiles para estudios entomológicos; también menciona Calabar, una región aislada, y Sierra Leona, donde la autora encontró a una mujer que en sus últimos años, tras la muerte de su marido, vivió sola en aquel lugar, alejada de toda presencia de blancos; Kingsley destaca en su relato por su fortaleza física y de carácter, que en ocasiones es bastante masculina, y supo ganarse el respeto de las tribus y el aprecio de sus compatriotas de la metrópoli, así como su intervenció medió con posibles focos insurgentes de nativos. Josefina señala como relevante la expedición que hizo la autora hacia el Congo francés, y su recorrido por el río Niger; de todas sus experiencias escribió y publicó sus impresiones, y todo aquello que encontraba trataba de interpretarlo en vista a su utilidad. Por último, subraya que Kingsley conoció a mucha gente en sus viajes y ayudó a quien pudo, y menciona una historia sobre la explotación en busca de las fuentes del Nilo, de la cual un expedicionario militar dejó como fruto, en un año, un libro y diez hijos.

Pilar señala que la autora es una mujer digna de admiración, por su arrojo en irse a África, aunque no fuera a la aventura sino en viaje programado y con guías. Destaca especialmente que Kingsley mantuviera su costumbre de vestir a la manera occidental, aunque no del todo femenina ya que bajo sus faldas llevaba pantalones de hombre, sin los cuales le habría resultado imposible desenvolverse por las selvas y ríos africanos. Acerca de los intercambios culturales o la simple invasión de una cultura más fuerte sobre otra, Pilar señala que el intrusismo cultural es algo muy difícil de congraciar, y que lo importante es saber mantener en todo momento el respeto hacia las costumbres ajenas, aunque se trate de la práctica del canibalismo, que en ciertas culturas se matiza prohibiendo el consumo de la carne de los propios familiares; e insistiendo en el respeto a las culturas ajenas, pone como ejemplo el intento de incluir carne de cerdo en los comedores públicos de Catalunya, por deferencia hacia los musulmanes, algo a lo que un alcalde se negó.

En torno al asunto del canibalismo, Valentín señala que la autora no vio nunca ninguna práctica de este tipo, y baraja el hambre como motivo de estas costumbres, a lo que Eugenio recuerda su contenido religioso, de asimilación y comunión con el muerto muy similar al que persigue el rito cristiano que simboliza la eucaristía, e Isabel advierte que los motivos alimenticios le parecen más justificables que los religiosos, sobre todo cuando éstos implican inmolación u otra forma de sacrificio ritual. Valentín destaca que la experiencia de Kingsley fue un incentivo para la investigación en medicina tropical, y recuerda que los cuidados que procuró a los heridos durante la Guerra de los boers, junto a las malas condiciones en que se trabajaba por allí, provocaron la enfermedad de la que falleció; por eso sostiene que es importante que se la haya homenajeado por una contribución a las ciencias, dando su nombre a una medalla concedida a especialistas del ramo, entre los cuales menciona a Carlos Juan Finlay, llamado “el Pasteur de las Américas”, a quien se ha condecorado por sus investigaciones y descubrimientos en torno a enfermedades tropicales, postulando una explicación científica a los mecanismos de contagio por agentes intermediarios, de lo que lee varios ejemplos como la fiebre de Malta, la mosca tse-tse, el cólera, la Malaria y, en general, los parásitos transmisores; Luis no olvida, sin embargo, que la autora no tiene reconocida ninguna labor científica, e Isabel señala que Kingsley se ha ganado su prestigio como exploradora.

Pilar G. recuerda que tanto Kingsley como otros autores que estamos conociendo, son gente de posición económica acomodada, de la incipiente burguesía inglesa, y poseen medios reales para sufragar sus deseos de conocimiento; Toñi quiere señalar que le ha parecido una mujer muy inteligente, y se pregunta cuánto más hubiera logrado Kingsley de haber dispuesto de más tiempo.

Rufino lee fragmentos de un texto publicado en web, firmado por la española Cristina Morató, autora de varios libros sobre mujeres intrépidas que se han lanzado al descubrimiento de los mapas en blanco de la colonización, plagados de fieras, tribus hostiles, desiertos y selvas, e impulsadas por la curiosidad, el amor o el afán de aventuras. Señala que en muchas ocasiones fue Kingsley la primera mujer europea que veían los indígenas, y cuenta detalles anecdóticos como que el séquito de la exploradora se hacía acompañar de diversos útiles y enseres más o menos necesarios o caprichosos, como vajillas, trajes o bañeras portátiles. Rufino destaca la estancia de Kingsley en Gabón y la interpretación de Katharine Hepburn, actriz principal de La reina de África, quien no entró en el río africano que aparece en la película por miedo a las enfermedades que el contacto pudiera ocasionarle; al hilo, llama la atención sobre los decorados que imitaron la selva africana en unos estudios londinense, y que se asegura que la norteamericana pudo haber evitado desplazarse al escenario del rodaje, y a lo cual Isabel comenta que la actriz dice en sus Memorias que ella estuvo en África. Por último, Rufino lee una nota que ilustra una fotografía de Kingsley al regreso de su segundo viaje.

 

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