18 de junio de 2014: Oscar Wilde

Reunidxs: Lali, Toñi, Rufino, Maite, María José, Luis, Josefina, Eugenio, Pilar y Mercedes.

Rufino abre la sesión leyendo una serie de datos biográficos recogidos de Internet. Señala que Wilde fue un poeta, crítico, novelista y autor teatral y de cuentos irlandés, cuya afición por el arte lo convirtió desde sus comienzos en un célebre esteta de los del lema de “El arte por el arte”; nació en Dublín en 1854 y estudió en el Trinity College de esa ciudad; la literatura estuvo presente en su vida desde sus orígenes, pues su madre organizaba reuniones literarias y, al cursar estudios superiores en Oxford, destacó por su afición y conocimiento de los clásicos, habiendo escrito durante aquella época varios poemas, alguno de ellos premiado. Acerca de sus costumbres comenta que su filosofía vital estaba fundida con su gusto estético, que habría desarrollado tras la lectura de insignes críticos de su tiempo, como Walter Pater y John Ruskin; en su habitación acumulaba objetos de arte y su pose pública era ridiculizada en revistas especializadas en arte, así como en comedias populares. Su primera obra de teatro fue Vera o Los nihilistas, que se estrenó en Nueva York durante la gira que hizo por este país dando conferencias sobre arte, y fue una obra menor de mediocre acogida. Wilde se casó al poco tiempo con Constance, que era una rica heredera con quien tuvo dos hijos, y dio comienzo a una exitosa carrera teatral que quedó truncada por un escándalo de índole sexual que inició un proceso judicial durante el cual fue acusado de sodomía y condenado a dos años de trabajos forzados; tras cumplir la pena impuesta, Wilde continuó viviendo tres años más, en Francia, bajo el seudónimo de Sebastian Melmoth, concebido en recuerdo de su antepasado, el escritor de novela gótica Maturin. Acerca de la obra de Wilde, Rufino indica que escribió cuentos para niños, dirigidos a sus propios hijos, como El príncipe feliz, así como múltiples relatos y una única novela: El retrato de Dorian Gray, que habla de la decadencia moral y fue considerada por el victorianismo como una auténtica inmoralidad; pero la parte de más éxito de su obra viene determinada por sus cuatro obras teatrales –El abanico de Lady Windermere, Un marido ideal, Una mujer sin importancia y La importancia de llamarse Ernesto-, comedias de trama hábil e ingeniosos diálogos; finalmente murió en París, como indica PilarRufino añade que le llamó personalmente la atención cuando se enteró de que era homosexual, dato que desconocía, a lo que comenta Pilar que ella también acaba de saberlo, Mercedes puntualiza que fue bisexual y Luis lo niega y reafirma que fue homosexual, y añade que su mujer pertenecía a una familia de abogados, que era guapísima y él se casó enamorado y fue muy feliz durante los primeros tiempos; pero era homosexual y una persona terriblemente impertinente y entrometida, lo que corrobora al contar la anécdota de su visita a la casa de Proust, donde apenas llegado exclamó que aquella casa estaba decorada con muy mal gusto, comentario que no fue del agrado de la madre del escritor francés, quien lo expulsó de su casaa, a lo que comenta Pilar que era un hombre muy atrevido. Finalmente señala Rufino que él leyó El retrato de Dorian Gray hace unos cuantos años, y que encuentra cierto parecido entre el autor y su personaje.

Maite ha leído la biografía de Lottman Oscar Wilde en París, aconseja su lectura y hace especial hincapié en el epílogo; también comenta que antes había leído El retrato de Dorian Gray, cuando era más joven, y que la impresionó mucho. A continuación lee un fragmento de la biografía de Lottman donde se hace una descripción del autor, destacando que al saludarle se estrechaba una mano blanda, fofa y grasienta, que daba muy mala imagen inicial, produciendo cierta impresión de rechazo en la otra persona, repulsa que sin embargo desaparecía cuando Wilde comenzaba a hablar y atraía la atención de su interlocutor. Recuerda Maite que el padre de su joven amante Bosie trató de separar a su hijo de Wilde, y a propósito de las tendencias sexuales del autor, indica que fue un hombre fuerte pero de inclinaciones femeninas, y que de pequeño le vestía su madre con atuendos de niña; insiste en que disponía de un carisma excepcional y el don de la palabra. Resalta su conversión al catolicismo, lee alguna frase célebre y señala que se produjo su muerte a causa de una infección oídos o de la sífilis, a lo que Eugenio añade que la infección de oídos pudo haber sido consecuencia de un fuerte golpe que sufrió durante su estancia en la cárcel. Finalmente Maite enseña una foto borrosa que pretende ser un detalle del monumento funerario que señala la tumba de Wilde en el cementerio parisino de Père-Lachaise, a lo que Eugenio recuerda la censura sufrida por la estatua que lo decora, obra del escultor Jacob Epstein, discípulo de Rodin, por encargo del albacea del autor y fiel compañero Robert Ross, a causa de los atributos masculinos que luce aquélla.

María José no ha podido leer nada del autor, ni echar un vistazo a su biografía, pero comenta que vio la representación de La importancia de llamarse Ernesto realizada para el programa de Televisión Española “Estudio Uno”, y reivindica su reposición, dada la calidad de aquellas obras, a lo que Lali comenta que ella ha recibido un email con un enlace a cierta web donde es posible descargarse los archivos audiovisuales con aquellas grabaciones, y Maite comenta que la estética de éstas ha quedado un poco obsoleta para su gusto, Mercedes recuerda que estaban rodadas con muy pocos medios y Lali concluye que el teatro de aquella época se interpretaba con pocos medios y mucha escasez de espacio y tiempo.

Luis señala que Wilde fue principalmente un poeta, y lo acentúa mencionando La balada de la cárcel de Reading como su obra cumbre, un demoledor poema donde narra su experiencia en prisión; añade además La importancia de llamarse Ernesto como su pieza teatral más importante, y comenta que él ha leído gran parte del legado del autor. Destaca la biografía escrita por Lottman que ha leído Maite, Oscar Wilde en París, de la cual dice que es un libro magnífico, compuesto por un gran biógrafo que viajó a París con veinte años y tiene en su haber la biografía canónica de Flaubert y una muy destaca sobre la vida de Colette. Acerca de La importancia de llamarse Ernesto, comenta que hay un eco de Alicia en el país de las maravillas, de Carroll, y según el crítico Harold Bloom debe ser leído como una de las más grandes obras literarias del absurdo, y añade que Bloom la considera composición de “moralidad absoluta”, según afirma en Qué leer y por qué, editado en España por Anagrama; señala Luis que Wilde toma su base en la escena en la que el Sombrerero Loco le pregunta a Alicia cuál es el significado de su nombre, a lo que la niña responde que no sabía que los nombres tuvieran un significado, y a lo que el otro replica que naturalmente todos los nombres tienen un significado, como es el caso del suyo propio, que se llama Sombrerero Loco porque es sombrerero y está loco; subraya Luis los diálogos absurdos y juegos de palabras que abundan en La importancia de llamarse Ernesto, y destaca la escena en que la tía de uno de los protagonistas señala a su hija que deben abandonar el lugar, pues de lo contrario terminarán perdiendo hasta el quinto tren que salga de regreso a Londres, con el riesgo de desprestigio y descrédito para su reputación que eso conllevará, si alguien les ve en el andén esperando un sexto tren; corrobora que se trata de una mordaz crítica de las costumbres y ceremoniales londinenses, e insiste en que son lecturas imprescindibles, tanto esta obra teatral como el poema antes mencionado. Acerca de una foto que ilustra la cubierta de la versión de De profundis editada por Siruela -que ha leído Josefina-, Luis indica que el joven amante del autor, Douglas (o Bosie), tiene pinta de depravado (añade Eugenio que “de mimado”), y evoca la experiencia pedófila que Thomas Mann relata en Muerte en Venecia, recomendando la versión cinematográfica de Visconti, como obra maestra del cine, con la interpretación del actor Dirk Bogarde; a propósito indica que Wilde tuvo poco cuidado en elegir con quién se iba, habiendo tenido contacto con jóvenes a quienes pagaba por sus favores, a lo que Eugenio recuerda que tras el juicio por el que fue castigado, también condenaron a un proxeneta. Por último Luis comenta que de haber sucedido en Francia, el autor no habría sido condenado, pero que un católico irlandés de espíritu republicano como él, tenía pocas posibilidades de salvarse en la Inglaterra victoriana; al hilo comenta que veinte años después, Irlanda habría de secesionarse de territorio inglés, salvo la famosa excepción del Ulster.

Josefina ha leído De profundis, que es una larga carta que el autor escribió a su joven amante Douglas (Bosie) desde la cárcel; lee textualmente el comienzo y continúa explicando que Wilde estuvo dos años en prisión al cabo de los cuales concluye esta epístola a la cual da inicio reprochando a su ex amante que no ha recibido ninguna noticia de él. Indica que está escrita con un lenguaje preciosa, que muestran que su autor fue un verdadero genio del arte literario (añade Lali que “un gran poeta”), y despierta en ella el interés por la obra anterior a su relación con Douglas, ya que el autor señala que debido a la atención que le ha prestado, incluso ha dejado de escribir, de lo que concluye Josefina que lo peor que le ocurrió a Wilde durante su vida fue conocer a este chico, que era demasiado joven para él y muy mala persona. Pero destaca que no son todo reproches hacia el joven amante, sino que más bien el autor reconoce y carga con su responsabilidad confesándose culpable de haberle consentido todos sus caprichos (Lali pregunta si se arrepiente de haberlo conocido y Josefina responde que no, que más bien Wilde siente que ha sido necesaria esta relación para que se le abrieran los ojos ante su propia frivolidad, y que también es su intención que el chico reconozca por sí los errores de su conducta). Señala que Douglas se llevaba muy mal con su padre, y que debido a eso Wilde terminó encarcelado, al sacar la cara por su amante; indica que los abogados del padre iban muy bien preparados para el juicio, con pruebas extraídas de las cartas que el autor envió al hijo, y así lograron volver el juicio totalmente en contra de Wilde. Josefina comenta también que la madre de Douglas pedía al autor que evitara darle a su hijo todos los caprichos, y que aquél respondía que se encargara ella misma de recriminar a su hijo su dispendio, a lo que la mujer contestaba a Wilde que a ella le faltaba valor para enfrentarse a su hijo, de manera que ni la madre de Douglas ni el propio autor eran capaces de poner límite a los antojos del muchacho; además, una vez que Wilde entró en prisión, Bosie editó las cartas que el autor le había escrito, aprovechándose del escándalo para sacar más dinero, haciendo leña del árbol caído y continuando sus despilfarros a costa de su víctima. Josefina comenta que a su juicio es muy difícil escribir una carta de estas características, bien escrita y legible, compartiendo sus dolorosas vivencias y dejando también hueco para expresar deseos esperanzadores como los dirigidos hacia sus propios hijos, y lee el final del libro, donde Wilde hace una reflexión sobre el sentido o significado del dolor.

Eugenio destaca el análisis del cristianismo que hace el autor en De profundis, donde llega a la conclusión de que el sufrimiento que le ha deparado su estancia en la cárcel es una vivencia expiatoria que lo ha redimido de la frívola superficialidad bajo la cual vivió con anterioridad; señala que no es tanto el remordimiento como la necesidad de completar su existencia, de conocer el dolor después de haber experimentado el placer. Por otro lado, en el breve texto La decadencia de la mentira, editado por Siruela -en una colección donde Luis destaca la publicación de pequeñas joyas del ensayo-, se explica la célebre sentencia de Wilde que dicta que el Arte no debe imitar a la Vida y la Naturaleza pues son éstas quienes imitan al Arte, y lo hace como réplica al Realismo imperante en su época, a través de ejemplos como el de un tal señor Hyde obsesionado en su comportamiento público por el peso del apellido que hizo famoso el novelista Stevenson, o recurriendo a la lírica para mostrar que las nieblas que cubren Londres han sido creadas por la pintura impresionista, ya que antes de que ésta existiera el ojo humano no había sido capaz de contemplarlas en todo su esplendor estético. Comenta también la afirmación de Borges acerca del autor, de quien decía que “casi siempre tuvo razón”, ante lo cual Mercedes subraya el interés que tiene la admiración que le tuvo el escritor argentino, toda vez que Wilde recibió tantísimas críticas y tanto rechazo tras el escándalo y su repulsa pública, a lo que Eugenio comenta que ya en el cenit de su fama muchos le dieron la espalda, en algunos casos como producto de la envidia que, por ejemplo en París, provocaba la admiración que por él sentía Mallarmé, y añade que ese repudio fue por lo general consecuencia que el miedo de antiguos colegas sintieron a ser visto bajo el mismo prisma de censura social, como en el caso de Gide, de quien Luis comenta que siempre apoyó al autor, sobre todo tras la estancia de ambos en Argel poco antes de que Wilde fuera juzgado; en este sentido, Luis recuerda la amistad de Schwob durante las primeras estancias de Wilde en País. Por último, Eugenio lee un texto donde se menciona la censura que sufrió el estreno en Londres de Salomé (recuerda Luis que esta versión de Wilde alcanzó su renombre al servir a Strauss como base para su célebre ópera, y Lali indica que un sector de la crítica la considera su mejor obra teatral), como consecuencia de una ley protestante del siglo XVI que, para hacer frente al fanatismo católico, había prohibido la representación en escena de personajes bíblicos, y fue desempolvada para atentar contra el arte de Wilde; a propósito comenta Luis que Salomé fue escrita originalmente en francés, a lo que anade Eugenio que el autor encargó su revisión a Pierre Louys, quien fue uno de los autores que más vehementemente negó cualquier relación con Wilde tras su defenestración; también destaca a la actriz Sarah Berhardt, inspiradora de esta recreación, de quien Lali recuerda que era coja.

Pilar ha leído El retrato de Dorian Gray, y se ha apuntado otros títulos para leer próximamente. Acerca de los datos biográficos sobre Wilde, comenta que éste tenía una personalidad impresionante, y lee un fragmento de la introducción de Carmen Martín Gaite en la edición de RTV-Biblioteca Básica Salvat de la que dispone, donde se resalta las antipatías que ya en el colegio despertó el autor, a causa de sus burlas hacia las prácticas deportivas, enfrentamientos con otros compañeros ante los cuales sacaba a relucir una agilidad intelectual que dejaba por completo desconcertados a sus adversarios; indica Luis que este escrito de Martín Gaite está bajo la influencia de su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, que es un declarado antideportista. Añade Pilar que Wilde apabullaba a sus contrincantes por su seguridad en sí mismo y su ingenio (añade Lali, “cargado de sarcasmo”), y que algo de humildad le faltaba, ante lo que comenta Eugenio que esa falta de humildad la reconoce en las páginas de De profundis; Pilar concluye que fue un gran escritor, y acerca de su obra El retrato de Dorian Gray, nos anima al debate y comenta que es un libro bellísimo, que denota un gran aprecio por los clásicos; Rufino recuerda que el buen gusto aparece paralelo a la alta sociedad a la que pertenecen los protagonistas, y que al pintor de la novela le sublima la belleza, ante lo cual interpreta Pilar que el pintor le da algo excelente a su cuadro, algo misterioso y casi mágico; comenta que según Wilde, algo feo puede inspirar belleza (recuerda Rufino las pinturas negras de Goya). Luis indica que Dorian Gray representa el enamoramiendo del autor hacia su obra, y por eso el retrato se mantiene mientras la persona degenera, y Mercedes se pregunta entonces si la persecución sufrida por Wilde tuvo algo que ver con su salida de Londres, a lo que Eugenio contesta que él se sentía mejor rodeado por el ambiente de París, y Luis puntualiza que mientras Inglaterra permanecía bajo el corsé victoriano, las leyes francesas regían, como aún sucede hoy, bajo los postulados más liberales del Código Napoleónico. Pilar continúa su intervención destacando una conferencia sobre Arte que dio el autor a unos estudiantes, donde habría expuesto su teoría de que también la fealdad puede provocar sentimientos artísticos, instando a su auditorio a que se fije en lo sórdido y no siempre eleven la vista hacia los grandes edificios; comenta a propósito que Wilde tenía un sentido muy peculiar de la percepción del arte, destaca su esteticismo, la posesión de objetos bellos y su fama de dandy, basada en sus vestimentas, sus famosas flores en la solapa y sus llamativas botas, una impronta de su persona sobre su apariencia, a lo que Lali subraya que era un auténtico sibarita. Por último, Luis cuenta la anécdota del amigo que lleva un bastón con estilete mientras pasean y le dice que, o tiro el bastón a la basura o me veré obligado a usarlo para terminar con tu discurso, y Pilar persevera en afirmar que Wilde tenía una personalidad arrolladora y un verbo envolvente, a lo que Maite comenta que estas virtudes son innatas.

Mercedes ha ojeado la biografía que sobre el autor elaboró de Sebastián Juan Arbó, que está repleta de anécdotas sobre Wilde; destaca su bisexualidad, ya que aparte de sus relaciones con hombres y muchachos, estuvo casado, tuvo hijos y también se le conocen escarceos con mujeres; fue un gran conversador que vivió a lo grande y murió en la pobreza, con la sola compañía de dos amigos y el hotelero que le dio cobijo durante sus últimos meses. Acerca de Douglas comenta que fue un niñato perteneciente a la alta sociedad victoriana, cuya en cuya familia había varios episodios de suicidios y otros desequilibrios, y que anuló la voluntad al autor, quien se hizo cargo de mantenerlo cuando sus padres le retiraron la asignación. Mercedes indica que ha visto una versión de La importancia de llamarse Ernesto en el teatro, este año, y ha leído para nuestra sesión Una mujer sin importancia, de la cual cuenta que el eje del argumento es una reunión social en una casa de campo, donde se presenta un hombre de reputación con un muchacho a quien tiene intención de nombrar su nuevo secretario; para la ocasión han citado a la madre del chico, pero ella no confirma su asistencia hasta el último momento, en que se presenta dispuesta a evitar que su hijo marche con aquel hombre; un altercado de éste con una joven norteamericana con quien intenta propasarse da excusa a la mujer para desvelar que el hombre es el padre del muchacho, que nunca se hizo cargo de él y ahora pretende llevárselo y apartarlo de ella, que es la madre que con gran esfuerzo y sola lo ha criado. Mercedes comenta que Wilde juega en esta obra a invertir los términos, y de la misma manera que al comienzo el hombre asegura que la madre del chico es “una mujer sin importancia”, al final es ella quien puede asegurar con toda razón de aquel padre de su hijo es “un hombre sin importancia”; y al hilo indica que el autor fue un gran aficionado a la construcción de epigramas, y muchas de sus frases se han hecho muy célebres: pone como ejemplo una sobre no escuchar a los demás ocupado en escucharse a sí mismo, un par de ellas sobre las mujeres y una última que afirma que se ven pasar los años sin vivir y de repente toda la existencia se concentra en un solo instante.

Lali ha leído El abanico de Lady Windermere y comenta que los diálogos de esta obra están repletos de frases que han pasado a la posteridad, y lee algunas. Indica que esta pieza teatral está compuesta con un léxico muy rico y lírico, y que incluso cuando se trata de mencionar cosas poco agradables, usa un lenguaje precioso; sentencia que El abanico es una pequeña joya de la literatura, una pequeña obra de arte. Trata de un matrimonio aristócrata de jóvenes recién casados que acaban de tener un bebé y son muy dichosos, pero debido a las habladurías ella comienza a tener sospecha de que su marido tiene un amante, pues se le ha visto frecuentar la casa de una mujer de enigmático pasado, a quien todo Londres conoce, señala amantes y acusa de chantajes; ella entonces busca evidencias y las encuentra en los extraños horarios de su marido y en una serie de transferencias de dinero que ha realizado últimamente a nombre de la mujer. En esto aparece un amigo que está enamorado de la joven esposa, y a quien ella ha rechazado sin dudar, pero con toda la historia de su marido con la otra empieza a pensarse la posibilidad de aceptar al otro; entonces el joven matrimonio celebra una recepción y él le pide a ella que invite a la otra, a lo que ella se niega pero él se sale con la suya, provocando que la otra aparezca en su propia casa, una mujer muy atractiva y con don de gentes por quien inmediatamente ella siente una aversión insufrible, lo que la impulsa a decidir que va a fugarse con el otro, y con tal intención deja una nota a su marido y se marcha a la casa del amigo. El abanico del título, que le había regalado su marido, hace aquí acto de presencia: cuando llega a la casa del amigo éste no se encuentra allí, pero al poco rato aparece la otra y hablan, situación donde se mezclan los reproches de ella, las disculpas de la otra y la confesión de ésta de haber leído la nota que dejó, y a la cual el marido no ha tenido acceso; hasta que llegan los hombres -el amigo, el marido y alguno más- y ellas se esconden pero el abanico queda olvidado y a la vista de todos. Cuando descubren el abanico, a la otra no le queda más remedio que hacer acto de presencia para reclamar su posesión, aun a costa de su propia reputación; finalmente se desvela que la mujer es la madre de la joven esposa, que estaba recibiendo dinero del marido para evitar que se diera a conocer a la hija, quien cree que su madre murió en el parto. La obra concluye sin que la madre desvele su verdadera identidad, pero recibe de su hija una foto en que aparece ella con su bebé y, como muestra de afecto, le obsequia el propio abanico, que se convierte en un símbolo del secreto entre la mujer y el marido de su hija.

Toñi dice que tiene en casa El retrato de Dorian Gray, que hace tiempo desea leerlo y que tras esta sesión ha decidido que llegó el momento. También ha apuntado como lectura pendiente el libro biográfico Oscar Wilde en París, que ha comentado Maite.

Isabel, que no está presente en la sesión, nos cuenta por teléfono que ha leído El último testamento de Oscar Wilde, de Peter Ackroyd, novela biográfica sobre el autor, que le ha encantado y, aunque no sabe cuánto hay en ella de ficción, le ha hecho admirar -y lamentar- la vida y pasión del autor.

 

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