23 de abril de 2014: Thomas de Quincey

Reunidxs: Isabel, Luis, Josefina, Eugenio, Mercedes y Valentín.

Isabel abre la sesión leyendo los datos biográficos del autor, donde destaca que murió en 1859 a los setenta y cuatro años y que dejó escrita una suerte de autobiografía en tres textos principales de su obra: Confesiones de un inglés fumador de opio, Suspiria de profundis y Apuntes autobiográficos; acerca de estos últimos Luis indica que se trata de un bosquejo sobre su infancia y juventud, y que el grueso de la obra de De Quincey no está compuesta de libros sino por artículos que han sido objeto de diferentes recopilaciones. Isabel comenta que el autor recibió una educación muy estricta, y entre sus tareas escolares estaba la traducción al griego de diversos titulares de prensa; tras enfrentarse a su familia, De Quincey llegó a Londres y, tras varios desafortunados devaneos, fue acogido por una prostituta a quien estuvo siempre agradecido, y a la cual buscó más adelante en vano; tras la reconciliación familiar estuvo estudiando en Oxford, donde al parecer habría adquirido su adicción al opio, iniciada por su ingestión como calmante a los dolores producidos por una neuralgia. Abandonó la universidad sin graduarse, trabó amistad con Coleridge y con el resto de poetas lakistas y se casó en un pueblo con la hija de un granjero, con quien tuvo ocho hijos; su actividad profesional la dedicó al periodismo, llegando a convertirse en editor de un periódico local de ideología conservadora, donde también publicaba sus propios cuentos, artículos y críticas. Acerca del estilo del autor, Isabel lo define como original, una confluencia de fantasía y subversión del mundo burgués, y que forma un legado muy influyente sobre importantes autores posteriores; sobre su propia lectura, Isabel indica que ha leído Los césares, y le ha resultado muy agradable la prosa de De Quincey, ya que es muy amena. En concreto hace alusión al capítulo dedicado a Julio César, quien convertido en general desde temprana edad, alcanzó la máxima responsabilidad de la República romana y renovó el funcionamiento del Senado; Isabel lee un fragmento del episodio donde se habla de los sueños premonitorios que tuvo Julio César en torno a su propia muerte, y narra la persecución de un reyezuelo (especie de gorrión) que es acosado hasta el mismo templo de Pompeyo donde el gorrión es despedazado y al día siguiente Julio César será asesinado; de este sueño destaca la presencia de las aves, con su simbología del aguila imperial y referencia al dios Júpiter; por último, subraya la creencia en el poder premonitorio de los sueños que tenía Julio César y la inquietud que éste sentía por la situación política, a lo que Mercedes comenta que era un miedo congruente dado el momento histórico; Luis añade que De Quincey da muestras de una elevada erudición, a causa de la cual ha sido en ocasiones criticado, y resalta el carácter literario de su recreación histórica basada, como todo texto biográfico en torno a Julio César y otros mandatarios de la Roma clásica, en las obras de Plutarco (Vidas paralelas) y Suetonio (Doce césares). Recordamos entonces que Julio César gobernó en el famoso triunvirato junto a Pompeyo y Craso, y Valentín nombra a Tiberio, emperador en la época de Jesús de Nazaret, a propósito de lo cual Luis insiste en recordar que no hay documentos de carácter histórico que mencionen la existencia del nazareno, al igual que ocurre con la figura del Cid Campeador, de quien dice que la evidencia que demostraría su realidad histórica ha sido un capricho de Menéndez Pidal.

A continuación, Isabel lee el texto que Lali (quien no ha podido estar presente) ha escrito acerca de su lectura de Confesiones de un inglés fumador de opio. Lali considera que es un libro muy interesante, y destaca la narración de hechos y las reflexiones que la acompañan. Indica que viene precedido de un extenso prólogo, y que trata las drogas pero no en el entorno marginal en que comúnmente las conocemos. Indica que la sustancia que consume De Quincey es láudano (infusión de opio en alcohol), y que comienza a utilizarla para alivio de sus dolores; el estado en que le postra le induce al análisis de su subconsciente, y a reflexionar sobre su vida como joven superdotado para el estudio y su mala época en Londres. El autor habla de dependencia y tolerancia por la droga, que provoca el aumento de las dosis que ingiere, pero resalta la exaltación intelectual que alcanza durante los primeros años de consumo, entregándose a esa bruma ideal hasta que finalmente le invaden el furor, el miedo, la ansiedad y la melancolía; acerca de la aceptación social del opio, Lali indica que en ese momento se adquiría en las boticas, se utilizara para aliviar dolores musculares y su bajo precio posibilitaba que la clase trabajadora hiciera uso de sus propiedades narcóticas para hacer más llevadera la interminable jornada laboral. De Quincey confiesa en esta obra que se propuso en cuatro ocasiones desintoxicarse, pero que tuvo otras tantas recaídas, y a pesar de que resaltó los placeres y la lucidez de que le proveía el consumo, reconoció que le embotaba los sentidos y anestesiaba su voluntad. Por último, Lali señala que las Confesiones y Suspiria son las obras más importantes del autor, que han impulsado la innovación literaria y mostrado relevante influencia en poetas posteriores de entidad como el francés Baudelaire, de quien es conocida su definición de algunas drogas como “llaves del paraíso”; al hilo Mercedes comenta que se ha especulado sobre la posibilidad de que De Quincey se suicidara, a lo que Isabel menciona las deudas que lo acompañan hasta su muerte y Luis advierte que murió siendo ya muy mayor, sobre todo para aquella época, como subraya Josefina; terminamos esta intervención diferida de Lali debatiendo sobre la problemática social que arrastra el tema de la droga.

Josefina lee fragmentos de un texto de Fernando Báez publicado en Internet; éste lamenta no haber leído antes a De Quincey, y califica su vida como interesantísima, aunque poblada de angustiosos hechos. Menciona que tuvo hasta cuatro tutores distintos tras la muerte de su padre, y que desde muy joven se dedicó al estudio de los clásicos, hasta el punto de haber logrado dominar la lengua griega a los quince años. Su contemporáneo Carlyle lo llamaba “enano” y el poeta Southey dijo de él que sentía pena a causa de su pequeñez; acerca de la prostituta que lo ayudó durante su juvenil estancia en Londres, a quien llama Anne, comenta que se enamoró de ella “como es costumbre entre los poetas ingleses”. También indica que De Quincey aprendió gramática alemana y el filósofo Kant se convirtió en su obsesión, habiendo emprendido un estudio que dejó inacabado sobre la Crítica de la razón pura; al hilo comenta Eugenio que hay un texto firmado por De Quincey titulado Los últimos días de Emmanuel Kant, y Luis subraya que la filosofía alemana fue muy importante durante el siglo XIX y por ello marcó el interés del autor. A propósito de un último comentario sobre la adicción al opio de De Quincey, el propio Luis señala que no ha sido la clase pudiente ajena al problema del consumo de drogas, y pone al Marqués de Villaverde como ejemplo.

Eugenio ha leído las primeras páginas de Del asesinato considerado como una de las bellas artes, y lee un fragmento extraído de este texto donde el autor muestra su extrañeza por el hecho de que el filósofo Hobbes no muriera asesinado, lo que habría debido suceder sin oposición de la víctima, de acuerdo con su propia filosofía de “la ley del más fuerte”; Eugenio comenta que este libro trata de un estudio de una asociación de aficionados al asesinato donde se plantea la belleza formal del crimen, al margen de su naturaleza inmoral; comenta que es una sátira, y resalta la recreación literaria que hace De Quincey en sus ensayos, que llegan a convertirse en ficciones manejadas con brillantez gracias a su erudición. Destaca la influencia ejercida por el autor sobre la literatura de Jorge Luis Borges, al punto que Luis recuerda la que antes había llegado a Baudelaire y también a Allan Poe. Por último, Eugenio compara la prosa de De Quincey con la de su contemporáneo Hazlitt, e indica que a pesar de disfrutar la de aquél de un estilo ameno, a él le ha parecido la de éste mucho más limpia y elegante.

Mercedes lee un texto publicado en elmundolibro.com, donde se indica que De Quincey fue uno de los antecedentes preferidos por Baudelaire, y que éste dedicó un capítulo en su obra sobre las drogas Los paraísos artificiales a las Confesiones; destaca que el autor no fue un escritor vocacional, ya que dedicó la mayor parte de su esfuerzo al estudio en vez de a la creación, y respecto a sus escritos sobre el opio, comenta que se encuentra entre la apología y la condena del consumo. Menciona también la relación con una criada de la persona que lo acogió en Londres con quien tuvo una relación platónica, y que dormían abrazados para combatir el frío; también recuerda su relación con Coleridge, y que marchó a un pueblo donde conocería a la que habría de ser su mujer, con quien tuvo ocho hijos, situación que se califica como la “gran maldición” de De Quincey, ya que el mantenimiento de su familia lo obligó a escribir artículos de prensa sin descanso para ganarse la vida. Acerca de su obra, Mercedes también menciona una inacabada Historia de Inglaterra en doce tomos, y algún que otro estudio de ciencia económica, además de los referidos Del asesinato -cuya primera parte editó en una publicación periódica- y Confesiones, al principio del cual escribió que el consumo de opio no le producía adicción. Finalmente indica que el kantismo del autor lo situaba en la antítesis de los Parnasianos.

Valentín comenta una comparativa que establece Vila-Matas en un texto recogido en Internet, donde se analiza un texto de De Quincey titulado «El coche de correo inglés», donde se narra que un coche de caballos circula a gran velocidad con el conductor dormido y a punto está de chocar de frente contra un carro que va en dirección contraria; indica que el autor es un maestro en detener la escena antes de que tenga lugar el accidente, y la resuelve con una sencilla frase que hace que se salga airoso del trance, concluyendo que De Quincey maneja el lenguaje con tal maestría que es capaz de detener el tiempo; en el mismo texto, Vila-Matas elogia las “formas breves” de la prosa de De Quincey y recuerda un artículo del comentarista taurino Joaquín Vidal sobre cierta faena de Curro Romero en la que éste habría logrado parar el tiempo con su arte; a propósito de Joaquín Vidal, evoca Luis sus críticas en El País, y señala que su viuda autorizó la recopilación de sus textos en un volumen ya editado que ahora es difícil encontrar. Valentín añade que hay muchos textos en la web en torno a la figura de De Quincey o sobre su obra, y lee algún fragmento de uno titulado «Rajoy y la mentira» donde, a la luz de Del asesinato -del que se dice que con sutil sarcasmo ensalza el aspecto estético del crimen-, se analiza el «caso Bárcenas» y la reacción del presidente del Gobierno manejando su discurso para engañar al electorado; al hilo se recuerda la expresión “el asesinato de la verdad” que acuñó el filósofo francés Baudrillard.

Luis indica que Del asesinato redunda en el análisis literario en torno al crimen perfecto, con perspectiva satírica, y señala que el autor era un desastre con el cuidado de su obra, ya que abandonaba los textos o los perdía; así, no guardó copia de sus escritos y todo lo que se ha conservado de él proviene de los archivos de las revistas y periódicos donde publicó. De entre su obra sobresale una Lógica de la economía política, texto con estructura excepcional para lo que acostumbraba; acerca de sus conocimientos económicos, Luis recuerda que el padre se había enriquecido con el comercio, circunstancia que De Quincey relata en sus escritos autobiográficos, resaltando que su padre no era un comerciante de pequeña transacción, labor vejatoria, como el propio autor indica apoyándose en Cicerón, sino que se dedicó a la venta al mayor (insiste Luis en que no fue hombre de almacén o tienda, sino de despacho), y aunque el ámbito en que desenvolvió esta actividad fue el comercio transoceánico, en el cual la única mercancía rentable eran los esclavos, De Quincey se esfuerza en negar cualquier vinculación de su padre con los traficantes (señala Mercedes que insistió mucho en que su padre ganó su fortuna honradamente). Finalmente destaca Luis las digresiones frecuentes en los ensayos de De Quincey, y recuerda a propósito que en textos clásicos como la Ilíada, se producen constantemente saltando de una escena o suceso a otra; al hilo rememora la belleza de la descripción del sufrimiento del padre, en el pasaje del poema homérico donde se describe la intolerancia de Aquiles, al no permitir que el rey troyano Príamo recupere el cadáver de su hijo Héctor.

 

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