12 de marzo de 2014: Elizabeth Barrett

Reunidxs: Isabel, Toñi, Rufino, Consuelo, Maite, Seve, Luis, Josefina, Eugenio, Mercedes y Valentín.

Isabel indica que la vida de Elizabeth Barrett fue muy curiosa, y le ha parecido muy interesante la introducción que hizo Carlos Pujol a su propia traducción de los Sonetos del portugués, publicada por Planeta en su colección Clásicos Universales; lee los datos biográficos extraídos de «El poder de la palabra», y cuenta que fue una mujer de precaria salud y que vivió gran parte de su vida encerrada, dedicada con placer a la lectura y estudio de clásicos grecolatinos: siendo la autora muy joven, insatisfecha con la versión del Prometeo encadenado de Esquilo, la tradujo y realizó una nueva composición sobre el mito, más apasionada. Durante la década de 1838 a 1848, Barrett sufrió un fuerte acceso de tisis que la tuvo completamente recluida, en muchas ocasiones inmovilizada en la cama; en esta época escribe poemas que llegaron a editarse en Estados Unidos, prologados por Poe. A la muerte de Wordsworth se propuso su nombramiento como Poeta Laureada, y poco después conoció a quien habría de convertirse en su inseparable pareja hasta la muerte, el también poeta Robert Browning, y cuya relación fue inmortalizada en una obra teatral de Rudolf Besier titulada Los Barrett de Wimpole; esta relación causó el rechazo del padre de la autora (indica Luis que éste murió sin volver a dirigirle la palabra, y Consuelo aclara que él no quería que ninguna de sus hijas se casara, a lo que Josefina añade que tampoco le hacía gracia que cualquiera de sus hijos varones abandonara el hogar familiar); con este panorama, Elizabeth y Robert huyen a Italia, donde la autora pasará el resto de sus días; apunta Luis que muere en Florencia, y Valentín señala que está enterrada allí junto a su perro Flush, en un imponente mausoleo que, asegura Mercedes, parece un horreo. Isabel destaca que Barrett tuvo un hijo a los cuarenta y tres años, y que su obra más importante es Sonetos del portugués, una recopilación de poemas de amor inspirados en su relación con Browning; por último, recuerda la simpatía que la unificación italiana -entonces en proceso- despertó en la autora, que su obra más ambiciosa fue el poema largo Aurora Leigh -escrito en verso libre y con intención pedagógica, reivindicando el derecho de la mujer a la libertad intelectual- y que sus últimas composiciones fueron publicadas por Robert tras su fallecimiento.

Rufino lee el poema «Catalina a Camôes», incluido en Sonetos del portugués; Luis recuerda las cuestiones políticas implícitas en esta relación que evoca Barrett, entre España y Portugal en la época de Camôes, y comenta que el poema compara el dolor que acompaña al amor con el padecimiento que precede a la muerte, sentimiento de desamparo que se confunde en ambas situaciones; al hilo señala Isabel que la autora se sentía físicamente tan delicada no quería salir de su casa, pero sin embargo luego, en compañía de Browning, no había quien la parara, a lo que surge una conversación acerca de la higiene en la época victoriana, y sobre el uso de los pololos, sobre los cuales señala Luis que además de antihigiénicos, eran horribles a la vista. Rufino lee a continuación otro poema de Barrett, dedicado a Robert, y por último insiste en que a él no le gusta la poesía, a lo que Luis advierte que eso puede deberse a que no termina de leerla como se tiene que leer, y Valentín apostilla que a él este poema le ha recordado a Bécquer.

Consuelo ha leído varios textos biográficos sobre la autora, y comenta que difieren en algunos puntos; indica que fue una mujer muy preparada, que ya con catorce años había publicado algunos versos gracias a su padre, y que tuvo una salud delicada que mejoró notablemente al enamorarse y salir de la inmovilidad y de la apatía y marchar a Italia, donde también el clima hizo a su favor y pudo alargarle la vida; a propósito señala Isabel que tuvo varios abortos. Consuelo ha leído algunos sonetos de Barrett, en dos traducciones: una, responsabilidad de María Manet, y otra a cargo de Carlos Pujol, apunta que ambos difieren en su interpretación de los mismos poemas, y apostilla que la versión de Manet es menos romántica, insinuando que es menos lírica y más prosaica. Añade que le han encantado, y destaca el sentimiento amoroso de la autora, que la proveyó de la fe necesaria para superar en buena parte las consecuencias de su enfermedad; a continuación se pregunta si Barret sería creyente, a lo que Luis subraya que profesaba la religión anglicana. Consuelo añade que Robert la llamaba «la portuguesita» por su aspecto físico: era morena, tenía el pelo rizado y cierto semblante mediterráneo pese la palidez de su rostro; Isabel suma a ello los ojos grandes, y Mercedes habla de los rasgos pronunciados de la curva de su boca. Finalmente, Consuelo lee el poema titulado «De mi cabello nunca di un rizo a ningún hombre», donde la poeta asegura que ha sido rescatada de la muerte por su amado.

Luis resalta la importancia de Robert Browning, poeta autodidacta creador de soliloquios escénicos, muy culto y de obra complicada, que sacó a la autora de su aislamiento y la llevó a través de un largo viaje al que temía ella no sobrevivir, a Florencia, en plena región de la Toscana, donde encontraron inmensas diferencias sociales; añade Isabel que él se ofuscaba mucho con el horario de los trenes, ya que era un hombre muy despistado. Luis indica que la política comenzó a formar parte activa de la relación entre Barrett y su marido cuando ella comenzó a mostrarse firme partidaria de que el dictador francés Napoleón III invadiese Italia, donde en esos momentos luchaban por la unificación personajes tan admirados por ella como el conde de Cavour y Garibaldi; esta situación dio lugar a múltiples discusiones dentro de la pareja, ya que Robert se mostraba menos entusiasta, mientras la autora apoyaba sin condiciones cualquier acontecimiento que sucediera en favor de estos políticos, como por ejemplo el golpe de estado del por entonces presidente de la II República tras la Revolución de 1848 en París, quien después habría de proclamarse emperador. También recuerda Luis la influencia que sobre Browning ejercía su madre, que ocasionó más de un desbarajuste en la pareja, y compara la relación de ésta con la que mantuvieron Virginia Woolf y su marido Leonardo, calificando ambas de “felicidad relativa”, y corroborando la apreciación con las palabras que emitió el poeta laureado Wordsworth, quien decía que Barrett y Browning se habían ido a juntar con el objeto de ver si entre ellos se entendían, pues no había quien les entendiera; añade que Robert era más joven que ella y que carecía por completo de una renta, disponiendo ambos sólo del dinero que ella recibía (indica Josefina que heredó una pequeña fortuna que les sacó de graves apuros). Finalmente, comenta Luis que la autora fue enaltecida por sus contemporáneos gracias a la traducción que hizo de Prometeo encadenado, y también por sus Sonetos del portugués, sobre los cuales insiste en la complejidad de toda traducción fiel, a lo que Eugenio señala que el propio título original no sería literalmente “del portugués”, sino “desde el portugués”, a lo que Luis matiza que originalmente la intención de Barrett fue llamarlos Sonetos traducidos del bosnio, por resultarle este idioma muy exótico, pero que Robert la convenció de que los nombrara mejor “del portugués” para ensalzar la amistad entre su país natal y la nación ibérica, que ya homenajea la autora en el «Catalina a Camôes» antes mencionado.

Josefina ha leído la edición de Planeta de Sonetos del portugués, tanto la introducción biográfica como los poemas, y le ha gustado muchísimo, como lo demuestran las múltiples marcas que ha hecho de su lectura. Comenta que a Barrett la llamaban “solterona”, y también la descalificaban por saber griego, hasta el punto que un tal Edward Fitzgerald la pone como ejemplo del tipo de mujeres que en vez de ocuparse en asuntos masculinos, mejor harían si se dedicasen a la cocina, a los niños y a los pobres. La autora vivió mucho tiempo encerrada en la casa paterna, y opina Josefina que su problema era más psicológico que físico, lo que Valentín corrobora considerando que Barrett debía de sufrir una especie de agorafobia. Josefina menciona a un primer novio que tuvo, con quien conservó durante un tiempo una relación epistolar que provocó en ella gran entusiasmo, hasta que lo conoció y quedó decepcionada por su aspecto (era “calvo y con gafas”); acerca de su padre indica que era un viudo austero a quien la autora retrata en su poema Aurora Leight, convirtiéndolo para la posteridad en un auténtico ogro, por su exceso de protección paternalista, semejante al de un patriarca bíblico, tanta hacia sus tres hijas como por los seis hijos varones que engendró. Dice que la boda de Elizabeth con Robert se celebró en secreto, a espaldas del padre de ella, y que a éste le fue comunicada cuando ya los novios llegaban a Italia (en concreto a Florencia, cuyo clima parecía idóneo para su enfermedad). Josefina destaca que todos -o casi todos- los poemas incluidos en Sonetos del portugués están dirigidos a Robert, y lee algún fragmento donde la autora asegura que su sangre avanza más veloz que sus pies, cuando es acariciada por él; resalta la pasión vivida entre ambos poetas, y se pregunta cómo es posible que estando tan enferma fuera capaz de escribir tanto y tan bueno, a lo que reflexiona Consuelo que quizá la sobreprotección de su padre tuvo más que ver con la reclusión que su propia debilidad. Finalmente, Josefina menciona a Flush, el perro de Elizabeth, que celoso mordió a Robert, lo que da pie a un intenso debate donde denunciamos que aún por las calles y parques de Móstoles vayan los perros sueltos, para molestia de quienes se siente incómodos ante su presencia y la indiferencia de los dueños; al hilo recuerda Luis que Woolf escribió una novela sobre Barrett titulada precisamente Flush, y concluye Josefina recordando el hermoso panteón en Florencia donde está enterrada la autora.

Eugenio destaca que tanto Barrett como Browning estuvieran más preocupados por el éxito literario del otro que por el propio, habiendo tenido una suerte dispar en cuanto a reconocimiento; retoma el apunte de Luis y afirma que la obra de Robert fue muy avanzada para su tiempo, existiendo en vida del autor clubes de interpretación de sus poemas; ha leído algunos versos de El anillo y el libro, el poema más ambicioso de Browning, que narra la historia de un asesinato que sucedió realmente, en forma de monólogos en verso de los protagonistas. Señala que a la muerte de la autora, Robert se dedicó a organizar su obra, ante lo que resalta Luis que la obra de ambos fue eclipsada por las enormes firmas literarias con las cuales coexistieron. Eugenio recuerda Flush, la recreación novelada de la relación entre Barrett y Browning a través del punto de vista del perro de ella, escrita por Virginia Woolf casi un siglo después, y también destaca el texto de Woolf sobre el poema Aurora Leigh que aparece en la compilación de ensayos literarios El lector común, indicando que es un poema muy denostado en nuestro tiempo, y lamentando no haber podido leer el mencionado ensayo donde Woolf lo evoca. Finalmente, señala que escribir poemas de amor no implica estar enamorado, a lo que Rufino puntualiza que es cierto pero algo ayuda, y donde matiza Luis que no es el enamoramiento que traza Barrett el mismo que encontramos en Dante, en el Romeo y Julieta de Shakespeare o el mitológico entre Héctor y Andrómaca en la Ilíada homérica, respecto a lo cual Isabel subraya que la autora da plenitud al sentido romántico del amor, llevando la atracción más allá de lo corporal, hasta el terreno donde cohabitan matrimonios entre un hombre y un mujer en el que ambos son homosexuales.

A propósito del mito de Prometeo, Mercedes comenta que ha disfrutado de una exposición sobre «Las Furias» que se celebra actualmente en el Museo del Prado de Madrid, con la obra pictórica de varios artistas de distintas épocas, entre los que nombra a Ribera, e indica que la figura de las furias representa algún tipo de castigo divino infligido sobre los mortales, entre los cuales Luis menciona a Sísifo y Eugenio a Tántalo; Mercedes añade que la mayoría de las furias están representadas en horizontal, apoyadas en el suelo sobre una mano, menos en el caso de Tiziano que las representa en vertical. Mercedes ha leído varios poemas de la autora, entre los que destaca «El primer beso», que va de la mano a la frente y de ahí hasta los labios; también ha leído una biografía muy detallada a la que ha tenido acceso en Internet, firmada por José Luis Caramés, de la Universidad de Oviedo, y que es la que trae impresa Valentín, quien lee algunos fragmentos a continuación.

Valentín destaca que Barrett fue una adolescente impetuosa, que escribía cartas a su perro y que vivió en su hogar una existencia tormentosa, con su madre siempre embarazada y víctima de un matrimonio calamitoso; indica que la autora era la mayor de nueve hermanos, que no le gustaba coser, que prefería estudiar el griego y leer a Byron y a Stäel, y que su madre la enseñó francés. Sobre la difícil relación que mantuvo con su padre, quien la prohibió leer el Tom Jones de Fielding por considerar que su lectura podía corromperla, cita un poema titulado «La tempestad», donde Barret habla de las humillaciones a las que su padre sometía a su madre. Valentín sostiene que el deterioro de su salud fue algo paulatino, y que la casa donde vivió fue donde enterraron a su perro Flush, donde, añade Mercedes, actualmente hay un museo en su honor. Acerca de su religión, Valentín indica que su personaje mitológico favorito era Minerva, y que practicó los ritos evangélicos, teniendo en cuenta que en aquella época había gran variedad de usos, nombrando al hilo el agnosticismo de Hazlitt y la tradición judía del que fuera primer ministro Disraeli. Sobre su técnica literaria, dice que fue independiente e innovadora, y habla de Aurora Leigh como de una novela compuesta en verso blanco en tan sólo nueve meses, bajo la influencia de la Biblia, Homero y Shakespeare, entre otras múltiples fuentes de inspiración; políticamente, Barrett se sintió defraudada con la praxis del socialismo cristiano, y le gustaba cartearse con hombres mayores de experimentada opinión, como el poeta laureado Wordsworth. Valentín lee a continuación el poema «Cómo te amo», que considera idóneo para conquistar al ser amado. Luis menciona entonces a George Sand, a quien Robert quiso conocer y a Elizabeth causó mala impresión; y Mercedes recuerda que aquélla fue amante de Chopin, a lo que añade Luis que también de Musset. Mercedes señala entonces que Barrett tenía algún parentesco con la nobleza, incluso algún ascendente relacionado con una dinastía monárquica, y Josefina matiza que esto le venía por parte de madre. Por último, Valentín lee un texto sobre los antepasados, Mercedes habla de un palacio de estilo árabe que perteneció a la familia de la autora e Isabel comenta que en la introducción de Pujol a la edición de Sonetos del portugués, se dice que Barrett fue tachada de sabihonda y neurasténica; después lee poema de la autora, tras lo cual Josefina lee otro.

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