Lord Byron / LALI

Byron heredó el título y la ruinosa abadía de Newstead siendo muy niño. Pasó una infancia infeliz, amargada en parte por una deformidad en un pie que le hizo cojear toda su vida. Tal deformidad fue debida, al parecer, a que su madre por pudor a la hora del parto, se negó a abrir lo suficiente las piernas para permitir el paso de la criatura. Los antepasados  tanto de madre como de padre, fueron seres violentos, y una vena de locura persiguió a todas las generaciones de Gordon y Byron. Nuestro autor no se libró tampoco de ella. Su padre, viudo reciente y con una niña de pocos años,  casó con su madre, mujer más bien fea y de agrio carácter, pero que tenía rentas suculentas. Su marido dilapidó su fortuna en breve tiempo, muriendo en Europa, pobre y enfermo. Las relaciones de Byron con su madre nunca fueron buenas.

Su abuelo, apodado Jack Mal Tiempo (apodado de esta manera porque no podía hacerse a la mar sin que se desencadenara una tempestad), recibió un día la orden de hacer, en el “Dauphin”, un viaje de exploración alrededor del mundo. Terminó su vuelta al mundo con una rapidez tal, que no descubrió tierra alguna. En resumen –dice su biógrafo-, había en aquella época tantas tierras ignoradas y por descubrir en su camino, que debió tener mucho trabajo para evitarlas.

De niño timorato y solitario, Byron pasó a ser un joven a menudo violento, provocativo,  derrochador y muy enamoradizo, tanto de hombres como de mujeres. De extrema sensibilidad, y con talento adecuado para ser expresado en forma de poesía romántica. Era excepcionalmente bien parecido y lleno de energía física, profundamente inteligente y con sentido del humor. Los viajes iban a enriquecer su mente: Portugal, España, Malta, el Próximo Oriente, y sobretodo Grecia, donde llegó a obsesionarse con la idea de liberar la patria de Homero de la dominación de los turcos. Su talante aventurero le instó a viajar, y, además, era incapaz de soportar los estrechos horizontes de la clase alta inglesa. Su vida sexual fue demasiado radical para que pudiera agradar a la sociedad londinense de la época.

Una manifiesta relación con su medio hermana Augusta, de la que tuvo una hija, escandalizó al mundo refinado. Al año siguiente, Byron se casó con Anabella, hija de lady Melbourne. Pero Anabella lo abandonó después de darle una hija. Ya no podía soportar más la violencia de Byron, y que este la humillase comparándola con Augusta, sin esconderse ante ella de la relación incestuosa que mantenía con su propia hermana. Finalmente, mandó una carta a Anabella en la que le ordenaba dejar su casa y volver con su madre, instándola a  que se llevase  también a su hija, que era más bien un estorbo para él. Después de esto, Byron huye de Inglaterra, asqueado por los convencionalismos que le condenaban. Se trasladó a Europa, donde llevó la vida desenfrenada de siempre. En 1824, murió de unas fiebres en Grecia. Su deseo era ser enterrado en ese país, donde había vivido durante años, y su corazón estaba en ese país. Pero sus amigos repatriaron su cuerpo para ser sepultado en el panteón familiar. Lady Caroline Lamb, que había tenido una relación intensa y tumultuosa con el poeta, se encontró por casualidad con el cortejo fúnebre, y su mente se extravió para siempre.

Resulta imposible pensar en el movimiento romántico en Europa sin destacar la influencia de Lord Byron. Desde luego, Europa tiene más que decir de Byron que su propio país, pues su reputación nunca fue muy alta para los ingleses.

Se dijo de él que era “loco, malo y peligroso de conocer.” Parece ser que los hombres europeos tuvieron una época difícil durante el tiempo que la imagen byroniana se mantuvo floreciente, pues, leyendo crónicas de otros poetas contemporáneos suyos, su belleza deformada, su energía erótica y talento poético estaban impregnados por la imagen del héroe revolucionario, es decir: guapo, erótico y peligroso.

Su lirismo delicado, unas veces, su arrogante cinismo otras, se reflejan en el estilo de sus versos: impetuoso, inquieto y exuberante.

Byron tenía el convencimiento de que moriría a los 37 años, pues la mayoría de los Byron, a lo largo de generaciones, murieron con esa edad. Y el presentimiento se cumplió.

LALI FERNÁNDEZ

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