Mary Wollstonecraft: una Razón para el espíritu romántico / EUGENIO

El hilo de la lucha política ha sido siempre tan fino y están sus átomos tan cohesionados entre sí y con el eje, que normalmente se nos hundiría en la piel la tenue raya antes de que hubiéramos tenido tiempo de protegernos de los pesos que sostiene; y aunque nunca hemos sabido si realmente pedíamos por la sociedad o es la sociedad que se nos une para apoyar nuestros derechos, tan pronto como el colectivo se fija en la voz que nos sale, ay, no tarda en pisarla un grito común ensordecedor para hacérnosla muda. Pero en nuestra condición humana no cabe otra posibilidad: hablar, decir y escuchar. Y el silencio. Quiere esto significar que si bien la sociedad nunca podrá esperar que el altruismo nos salga por completo sin ápice de vanidad, tampoco puede esperar nuestro orgullo que el colectivo nos reconozca en una única y sola identidad yo-mismx. Por eso supongo que Mary Wollstonecraft tuvo siluetas al trasluz del papel que leía, donde vio especulados pasados convertidos en sombra, y al tiempo se vio reflejada; y no creo que ella tuviera conciencia de estar rompiendo un molde para siempre. De hecho sus primeras palabras debieron ser para los supremos, etéreos espíritus de la materia volátil que decimos ángeles, entes que hubieran echado a perder su propia inmortalidad si la voz firme de Wollstonecraft, como la de una Teresa de Ávila con gorro frigio, hubiera suspirado por la nebulosa caricia suya; pero a la inglesa no le triunfó el barroco, al neoclasicismo le quedó ancho el mundo, la revolución se ahogaba en violencias desatadas que la acumulación desamortizadora Fin de Era forzó, para regocijo de santorales asesinos de masas; y el romanticismo, en fin, no por menos sembrado de cristorturados, menos trágico ni transcendental, rompió las cadenas con imaginación, admírenlo ustedes, hasta obligar a los sucesores a llamarse realistas para sentirse reales.

Pero el que Mary Wollstonecraft sea pareja del anarquismo o abuela de Frankenstein; que dibujara los trazos de la naturaleza reina del paisaje en las hojas de su diario nórdico para deleite y dispendio de los poetas del Lago -entre Wordsworth, Coleridge y Southey, parabienes de Thoreau-, suspirando por el amor perdido desamor la traición y otros frutos del desengaño; o que sus firmes argumentos de ser humano (antes y después que “argumentos de mujer”) demolieran el endeble edificio de la sensiblería patriotera, el que apuntalado aún mantienen los sicofantes del Oprobio Establecido y la Opinión Cegadora -a costa de esta infame cuenta de resultados deficitaria, ruinosa y depravada en que estamos-, pero que no se sostiene más que con las mentiras y los cadáveres (a Burke y sus Reflexiones sobre la Revolución francesa nos referimos: ejemplo de rancia justificación de la explotación, queremos decir), digo, así de vacío sin fortaleza intelectual se sostiene hoy aquel edificio porque Mary Wollstonecraft, en su momento, lo derrumbó: en su primera Vindicación, con la fuerza incontrolable de la Razón. Pero de su razón, ahora, tenemos otra cosa que hablar.

La Ilustración y el Romanticismo (con mayúsculas de manual colegiado) se aúnan en esta mujer que no sólo fue capaz de nacer un día en el seno de la protesta contra los machismos de siempre (explicó lo que ya antes fue dicho pero nunca se quiere entender: que la mujer parece inferior, pero no por naturaleza sino por educación… Nunca sobran argumentos a favor de esta obviedad, como demuestran día a día las experiencias de la sociedad avanzada…), sino que además amplió el concepto del conocimiento hacia un ámbito que aún hoy (esta vez ahí donde se ha sentado un debate muy vivo, como el propio Gramsci demostró en plena efervescencia filosófica sobre la naturaleza del legado de Marx) trae miga -aunque para muchos sea tan sencillo como invocar su nombre y ganar adeptos-: el sentido común: dijo Wollstonecraft que aquello que llamamos sentido común no es una fuente natural de conciencia, sino un producto cultural y como tal debe ser considerado: parcial, arbitrario, eventual y finito. Perdóneseme la ignorancia, caballeros, pero al margen de Gramsci y Wollstonecraft, hace meses que nadie me había puesto en duda la infalibilidad de don Sentido Común…; miento: Mona siempre dice que el sentido común “es el menos común de los sentidos”.

Pero a lo que iba: aunar el espíritu ilustrado (su defensa incondicional de la Razón) con el sentimiento romántico (no pudo evitar emocionarse al contemplar en vivo la porte solemne y altiva de Luis XVI caminando hacia el cadalso) es la mayor virtud de Mary Wollstonecraft, a mi juicio, pues no sólo sirve de eslabón entre las dos grandes corrientes de la Modernidad -eslabón que se traduce en que jamás podremos dilucidar si esta mujer fue la última ilustrada o bien la primera romántica-, sino que le dio pluma para escribir unos ensayos tan inmortales que después de un siglo (ni más ni menos que el XIX) de haber estado prácticamente olvidados, resurgieron en el momento en que el alcance de su contenido era ya susceptible de comprensión por los entonces mortales. Se cree que pudo ser la sinceridad de su última pareja, el anarquista William Godwin, al escribir unas memorias sobre la difunta que escandalizaron la política de género aún más que los talles de Josefina emperatrix; también se señala que pudo haber sido esa tormentosa faceta consejera durante su juventud, que la hizo responsable de arruinar la vida a su hermana Eliza; o quizás su atrevimiento para con la mujer del pintor Fuseli… Pero yo diría que el mayor escándalo, la más arriesgada responsabilidad y el más impúdico atrevimiento que cometió Mary Wollstonecraft fue retar públicamente y con evidente éxito la tesis reaccionaria de Burke, esa que ni siquiera el mismísimo Chesterton con toda su comanda católica ha podido igualar.

A la luz de Silvia Federici, con quien el rol sexual ha pasado de la circunstancia educacional de Wollstonecraft a una relación de clase y productiva durante el siglo XX (iluminado dramáticamente con el darwinismo social de tinte nazi que el Imperio practica desde hace décadas en África), he leído las críticas vertidas sobre Naomi Klein por La doctrina del shock recientemente resonada en esta bitácora (críticas a la autora donde no se criticaba la obra, ni se ponían en duda los hechos ¡ni siquiera su interpretación! sino la condición advenediza en materia económica de una periodista: esta es la más clara evidencia del cinismo de los Apologetas de la Explotación, horno de su misoginia) y cotejado con las emitidas ya a finales del siglo XVIII contra la autora de la más aguda respuesta que recibieron las reaccionarias Reflexiones de Edmund Burke, éxito en su primera edición anónima que después se granjeó las primeras objeciones tras ser publicada por segunda vez bajo la firma de su autora, una mujer, Mary Wollstonecraft: Vindicación de los derechos del hombre. Un ataque de inteligencia e ingenio contra aquel político inglés, whig a más señas, Edmund Burke, que sobre la impertinencia de la Revolución Francesa hizo reflexiones tan perdurables (que lo son por manifiesta incapacidad de sus secuaces herederos para renovar la argumenta-legitima-justificación del poder establecido); en aquella ocasión Mary Wollstonecraft -a quien la Historia hizo compañera de político, madre de novelista, suegra de poeta- le dio bien para el pelo al conservador recalcitrante, destacando el detalle clave de su argumenta-legiti-etcétera: ni la tradición ni los sentimientos, dear míster Burke, son “naturales”. Quizá Naomi Klein -hoy- falte a la totalidad cuando no menciona en su libro que los acontecimientos que describe e interpreta responden a la lógica de la lucha de clases, pero es excesivamente compasiva con el platónico Milton Friedman al dejar que su teoría interplanetaria del libremercado se vaya de rositas por los recovecos de la esférico-celestial perfección. Claro que Klein es advenediza economista, mientras Mary Wollstonescraft fue una pedagoga de primera categoría.

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