5 de junio de 2013: George Berkeley

Reunidos: Isabel, Lali, Pilar G., Rufino, María José, Josefina, Eugenio, Pilar, Mercedes y Valentín.

Pilar G. desea abrir la sesión para comentar que lleva algo más de un mes con nosotros y está muy a gusto, pues está conociendo muchos autores; Isabel recuerda que los comienzos de este taller literario se remontan a 1994, cuando se iniciaron las reuniones en su propia casa, a instancias de nuestra mentora Isabel Jaén; comenta que en aquellos tiempos también hacían ejercicios de declamación. Al hilo indica Josefina que ella desde siempre ha leído mucho, pero que antes de entrar en nuestro taller (por las mismas fechas que Pilar G.) nunca se había preocupado por conocer a los autores, y este conocimiento está siendo de su agrado. Para terminar el preámbulo, Eugenio nos emplaza al próximo sábado día 15, en que recitará junto a unos compañeros en la Librería Delirio de Móstoles.

Sobre el autor, Isabel empieza leyendo unos datos biográficos recogidos de El poder de la palabra: se le considera el fundador del moderno Idealismo, básicamente por su decidida oposición a considerar que la materia tenga existencia al margen de la mente; también se declara creyente y afirma que en el origen de las ideas se encuentra Dios. En 1710 publica su obra más emblemática, el Tratado sobre los principios del conocimiento humano, cuyo contenido recibió muy severas críticas, y que trató de divulgar más adelante a través de sus Tres diálogos entre Hilas y Filonús, donde expone la misma tesis en una estructura más asequible. Berkeley se convirtió en pastor protestante y emprendió viaje al continente americano, en concreto a las Bermudas, donde quiso fundar una escuela misionera; en su aventura transoceánica contribuyó al desarrollo de las Universidades de Yale y Columbia (a propósito, comenta Isabel que en la Universidad de Yale ha ejercido la docencia su hija Isabel, y allí dio clases a la hija de Bush); terminó sus días retirado en Cloyne como obispo. La intención filosófica de Berkeley es dar respuesta al escepticismo y al ateísmo, que concibe como peligrosas corrientes que crecen en el pensamiento de su tiempo; para ello trató de desligar las nociones de sensación y experiencia, y configuró el concepto por el cual ha pasado a la Historia de la Filosofía Moderna: el ser de las cosas sensibles consiste en ser percibidas, esto es: “ser es ser percibido“. De esta manera, el autor descartó toda posibilidad de conocer el mundo material, pues sólo admitía la existencia de aquello que pudiera ser percibido, y sólo en la medida en que un sujeto activo lo hiciera; y ante la paradoja que pudiera generarse respecto a la inexistencia de aquello que fuera observado por un ser humano, Berkeley afirmó que la mente omnipresente que recibe la impresión de cada cosa es la de Dios, que lo percibe todo. Lali indica que hay que leerlo muy despacio, y Rufino subraya que requiere un curso entero, a lo que responde Eugenio que es más sencillo leerlo directamente que tratar de comprender a quienes lo interpretan. Isabel señala que el pensamiento de Berkeley ha tenido pocos seguidores, y dice que ella ha leído los Tres diálogos entre Hilas y Filonús; comenta que trata de un diálogo entre estos dos personajes, uno de ellos creyente y el otro no: el creyente (Filonús) intenta convencer al ateo (Hilas) de que Dios existe y la materia no. Indica Isabel que el autor repite constantemente los mismos argumentos y su lectura es algo cansada, y lee un fragmento del final del libro donde Hilas asegura que se ha convencido de la verdad de la tesis de Filonús, y que va a empezar a desconfiar de los sentidos porque una nueva luz ilumina su entendimiento, aunque indica que éste no le alcanza en aquellos momentos para comprender el camino que le ha llevado hasta esa revelación; entonces Filonús responde con la metáfora del chorro de agua que surge de una fuente, que es como el escepticismo que sale disparado y al alcanzar determinada altura se desmorona y regresa al sentido común. Concluye Isabel repitiendo la queja del autor acerca de la recepción crítica de su obra, ya que reclamaba que ésta debía ser leída íntegramente para alcanzar su comprensión, a lo que Pilar señala que en la introducción al Tratado sobre los principios del conocimiento humano, Berkeley también reclama este esfuerzo al lector.

María José ha buscado una definición de las distintas corrientes empiristas que surgen en aquel momento y ha encontrado una pregunta que ella ya conocía, y que cuestiona la realidad del mundo material ante la ausencia de ser humano que sea testigo de su existencia: ¿hace ruido el árbol que cae en el desierto?; ante esta cuestión, se expone la respuesta de los tres representantes de las ramas del Empirismo inglés: Locke estaría convencido de que la realidad continúa su curso en ausencia de un sujeto que la perciba, pues nuestros sentidos son como un carrete fotográfico; Berkeley, por contra, concibe que no existe nada al margen de quien la recibe, pues cada mente crea la realidad al percibirla; finalmente Hume se sitúa a medio camino entre ambos, y considera que mente y realidad interactúan, y que no podemos hablar propiamente de un sonido cuando no hay un oído humano que lo considere tal. Indica María José que una reflexión sobre este asunto te hace dudar, a lo que Pilar responde que el autor se contradice, pues cómo puede asegurar que nada existe sin ser percibido y sin embargo afirmar la existencia de Dios; indica Rufino que simplemente Berkeley es un filósofo y enreda con el lenguaje, y Valentín asegura que el autor percibía a su modo la existencia de Dios, y pone como ejemplo la comparación sobre la luna, donde confía en la existencia del satélite aunque sólo pueda percibir sus distintas fases visibles desde la Tierra.

Josefina ha leído algún fragmento de los sermones del autor y muestra su estupor ante la explicación que Berkeley da a los colonos para justificar el bautismo de los esclavos: que es una ventaja para sus negocios pues unos esclavos cristianizados son temerosos de Dios y más dóciles, aparte de que sabrán aceptar su servidumbre temporal en espera de una recompensa de ultratumba; sobre la misma faceta del autor, Josefina indica que su actividad misionera finalizó y regresó a Londres, al no recibir los fondos que necesitaba para construir la escuela proyectada, y compara esta reacción de Berkeley con las penurias pasadas por Vicente Ferrer, quien no abandonó su objetivo pese a no contar con financiación. También menciona Josefina la publicación de un tratado sobre la terapéutica de un compuesto a base de resina de pino que le reportó pingües beneficios en sus últimos años de vida; indica Pilar G. que era básicamente alquitrán macerado, y Pilar dice que copió la receta de los indígenas, y que fue una medicina que tanto él como sus allegados consumían habitualmente.

Eugenio ha leído la “Introducción” del autor a su Tratado y también algunas interpretaciones sobre él, e insiste en que le ha resultado más comprensible la lectura directa de Berkeley que la de sus comentaristas; dice que no comparte la equivalencia que establece el autor entre escepticismo y ateísmo, y que le parece un error muy frecuente establecer que el ateo carece de principios morales rectores de la vida por el hecho de no reconocer una instancia superior que se los dicte. Acerca de lo comentado por Isabel y Pilar sobre la obsesión de Berkeley por ser leído íntegramente, indica Eugenio que esto viene derivado de la feroz crítica que recibió el título central de su obra al poco de aparecer, y que se basaba en una lectura parcial del mismo. Subraya Eugenio la insistencia del autor en la no existencia de la materia, en torno a lo cual gira toda su obra; comenta que, en su opinión, Berkeley trató de recobrar la tradición escolástica, pero siendo consciente de que no podía negar completamente a Locke. Eugenio asegura que le ha dado motivo de reflexión la sospecha de que la materia -como las ideas abstractas o la misma noción de Dios- sea una entidad cuya existencia no pueda demostrarse, y por ello se halle sujeta a dogma de fe. Por último, lee un fragmento donde Berkeley resalta la importancia del lenguaje para la construcción del conocimiento, destacando que el autor advirtiera contra las obras extensas cuya profusión de palabras daba lugar a confusión y aturdimiento; al respecto, pone los ejemplos de Hobbes y Locke, pensadores a quienes enfrentó su obra la cual, consecuentemente, trató de sintetizar al máximo.

Pilar ha leído el Tratado y resalta la dificultad de su lectura; comenta que hay que dedicarle mucho tiempo porque transmite pensamientos que hay que pensar bastante. Sobre el autor indica que fue un alumno aventajado y califica su filosofía de inmaterialista e idealismo subjetivo; reitera la insistencia de Berkeley en que sus lectores y críticos conocieran la totalidad de su obra, bajo el lema “léeme, no me juzgues”, ya que lo contrario generaba la incomprensión de sus teorías; Pilar menciona una carta escrita a un amigo donde dibuja una historia de los prejuicios hacia la cual ella se muestra de acuerdo, afirmando que por culpa de un prejuicio, se puede amargar a alguien la vida; recuerda entonces creencias como la de los entierros bocabajo, para facilitar la salida del cuerpo el día de la resurrección, cuando la tierra se encuentre al revés, y que ya la semana pasada comentamos a propósito de las costumbres de Liliput narradas por Swift. Pero acerca de las creencias religiosas, Pilar se muestra en total desacuerdo con Berkeley y no cree que Dios contemple todo cuanto acontece, toda intención del bien o del mal, ni que nos provea de sustento y cobijo; Mercedes comenta que el autor tenía estas ideas por ser un auténtico creyente, y Pilar contrapone a este sentimiento religioso, la invención de un modo de contener la maldad de ciertas personas, al que la proliferación de dioses contradice; opone al sentimiento íntimo de una conciencia que te dicte compasión o piedad hacia el prójimo, una forma de manipular las conciencias ajenas (recuerda lo expuesto por Josefina sobre la justificación de la esclavitud que sostiene Berkeley). Indica Pilar que quizás estas conclusiones le vengan a ella por su mala experiencia personal en una escuela católica, y por último agradece a los filósofos cuyos esfuerzos intelectuales (“para bien o para mal, y pese a las dificultades de comprensión”) nos abastecen de materia de reflexión y de duda; al hilo comenta Isabel que hay que valorar el trabajo que hacen los demás por nosotros.

Mercedes hace un inciso acerca de la calificación de “idealismo subjetivo” mentada por Pilar, y comenta que a su juicio todo fruto filosófico es subjetivo por la propia naturaleza de su concepción. Ella ha leído Berkeley en 90 minutos, que forma parte de una colección de divulgación filosófica editada por Siglo XXI y firmada por Paul Strathern; lee un fragmento donde se expone la metáfora del árbol derribado en un desierto que ha contado María José, y comenta que evoca la sensación que experimentamos de que el mundo deja de existir cuando no estamos presentes, poniendo como ejemplo a los niños pequeños que cierran los ojos con intención de hacer desaparecer la comida que no les gusta. Comenta Mercedes que en este libro sobre Berkeley también hay hueco para la crónica social, en concreto acerca de un legado de 3.000€ que habría recibido el autor de una desconocida alemana, quien pudo tratarse de Esther Vanhomrigh, la Vanessa de Swift, de quien se dice a propósito que tuvo una hija ilegítima con el autor de Los viajes de Gulliver, de la cual se habría hecho cargo Esther Johnson (Stella); Eugenio pone en duda este dato, y recuerda que en el volumen de esta colección dedicado a Foucault, Strathern insistía demasiado en la homosexualidad del francés, a lo que corrobora Mercedes que la anotación también le pareció un cotilleo que no venía al caso. Por último menciona Siris, un opúsculo donde Berkeley expuso las cualidades de la composición de alquitrán de poderes curativos (placebo, añade Pilar G.) que puso de moda.

Valentín lee un fragmento de los Diálogos donde se expone la subjetividad de la percepción mediante ejemplos sobre las diferentes sensaciones que se producen en distintos sujetos, a propósito de las temperaturas o la diversidad de la visión en función de la perspectiva; destaca Valentín que Berkeley dijo que contemplamos nuestras propias ideas reflejadas en los objetos, y añade que en algunas ocasiones la lectura de este autor le ha dejado perplejo. Sobre la existencia o no del mundo material, central en la obra de Berkeley, indica Valentín que concibió la materia como una abstracción, asegurando que el ser de las cosas es independiente de aquel ser percibido que llega al observador; vuelve a mencionar la metáfora del árbol caído en el desierto y subraya la sentencia de Berkeley que considera que la percepción es una experiencia creada por un ser activo, al que llama mente, alma, espíritu o simplemente “yo”. Finalmente recalca Valentín las correcciones que Berkeley hizo a la influyente obra de John Locke, piedra angular del Empirismo inglés.

Pilar G. menciona el rechazo del autor a la ley de gravitación universal de Newton, cuya difusión en aquel entonces estaba en boga; señala el carácter utilitarista de la misma y su construcción matemática, tesis de carácter científico que rechazaba Berkeley. También cuenta la anécdota de Samuel Johnson, quien golpeó el dibujo de una piedra sobre la hierba sintiendo el dolor que le habría producido aquélla de haber sido real; según explica Josefina, se trataba de demostrar la famosa máxima del autor: “ser es ser percibido”.

Rufino asegura que no conecta con Berkeley, ni con ningún otro pensador, porque su formación académica ha sido más bien técnica y no filosófica. Lee algunos datos de la vida del autor, destacando que, cuando marchó a las Bermudas a fundar una escuela misionera, compró varios esclavos adolescentes; comenta que habría expuesto su opinión sobre distintas disciplinas, como Religión, Matemáticas, Física, Economía y Medicina, y que trató de ser plenamente consecuente con el concepto que tenía sobre el Empirismo, de donde no extrae Rufino el motivo de su negación de la luna, a lo que insiste Valentín en que esos cambios son lo único que podemos percibir. Rufino indica que el autor reflexionó sobre la naturaleza del pensamiento humano, de los procesos cognitivos que hacen posible la percepción (evoca Pilar cuando tratamos a Steiner, quien en el opúsculo que ella leyó afirmaba que el pensamiento es la actividad humana más constante), y señala la relatividad de lo que sea bueno o malo en relación con quién use estas palabras; María José recuerda a propósito que Hobbes había distinguido ya que estos juicios de valor están supeditados a lo que favorezca o perjudique la supervivencia del individuo o de la especie, y añade que es el temor a la muerte lo que marca el principio de la acción, a lo que Pilar señala que también es el temor a la muerte lo que está en la base de las creencias religiosas, bajo la promesa de una vida eterna y más dichosa después de la muerte. Finalmente, Rufino recuerda que la Universidad californiana de Berkeley lleva este nombre en honor del autor.

 

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