Tomás Moro / LALI

Entre los humanistas del Renacimiento, la literatura tenía una función muy importante, un lugar común heredado de los clásicos. Tomás Moro nos involucra en un tipo de reflexión profunda y toma ejemplo de una de las mayores obras de todos los tiempos, La República de Platón.

En su juventud, Moro se vinculó con los cartujos del monasterio de Charterhouse. Allí aprendió a “ayunar, observar y rezar”. Continuó toda su vida con esas prácticas de oración y autocontrol.

Conocido por su ingenio brillante y por su sentido del humor, se reía de sí mismo. Le gustaba hacer teatro con su familia, y pensaba que la comedia había sido siempre un poderoso medio de reforma social, y tamiza las pasiones.

Erasmo fue su gran amigo. Estos dos gigantes intelectuales tenían mucho en común, dones intelectuales similares, y ambos veían claramente la necesidad de reformar la iglesia y la sociedad. Ambos se pasaron cinco años aprendiendo griego, e hicieron de esa manera sus propias contribuciones al Renacimiento y a la cultura occidental. Moro fue un gran estudioso, y dijo que si estudiásemos celosamente a partir de la infancia, hoy (se refiere a su época) habría menos pobreza de expresión y un estilo más rico y conciso, y no el desdichado balbuceo que hoy vemos entre profesores y alumnos. (Esto se podría aplicar a nuestra época, en que con tanta tecnología, la gente se está olvidando de escribir decentemente.)

TOMÁS MORO, juez

Erasmo decía de él que “nadie ha juzgado más casos, ni demostrado más integridad en su cometido”. Dictaba sentencias justas y claras, y su comportamiento en ese campo fue digno y encomiable. Los londinenses le admiraban además por su ingenio y su sentido del humor.

EDUCACION

Moro tiene un sitio de honor en la historia de la educación, una distinción que se le reconoció incluso en vida. La educación que planificó y supervisó para sus propios hijos tuvo de hecho tanto éxito que su hogar y su escuela se hicieron famosos en toda Europa. Su conocimiento profundo de los autores clásicos y medievales lo traspasó a sus hijos. Y además, algunos de sus mejores amigos que visitaban su casa fueron los mejores educadores de su tiempo, tal como Erasmo, o el valenciano Vives. Pese a que Moro ejercía un alto cargo en asuntos de estado, era capaz de ponerse al nivel de los estudios de sus hijos, y bromear con ellos con frases ingeniosas y lúcidas. Incluso cuando estaba de viaje se interesaba vivamente por sus estudios. En cierta ocasión animó a su hija más querida, Margaret, para que completara su educación antes de que se lo dificultaran sus obligaciones de esposa y madre. Y es más, le recomendó que estudiara medicina. (Es digno de admiración encontrar una mente tan abierta con respecto a las mujeres en el siglo XVI).

Tenía un sentido de la caridad muy enraizado. A menudo invitaba a su mesa a los vecinos más pobres. Alquiló un edificio para cuidar enfermos e indigentes alimentándolos de su bolsillo, y encargando el cuidado a sus propios hijos.

SOBRE SU RELACIÓN CON ENRIQUE VIII

Moro pensaba, por su conocimiento de la naturaleza humana, que hasta el mejor de los soberanos podía convertirse en tirano. El monarca se dejaba caer de vez en cuando por la casa de Moro, y paseaba por los jardines cogiendo a Moro del brazo. Un día el yerno de Moro (que fue su primer biógrafo), felicitó a su suegro por la extraordinaria confianza que le demostraba el rey, y este dio a su yerno una lección de humildad y realismo que ha pasado a la historia. “Hijo mío –le dijo- no hay razón para que me sienta orgulloso, porque si a cambio de mi cabeza el rey pudiera obtener un solo castillo en Francia, mi cabeza no tardaría en rodar.”

Desde que presentó su dimisión como primer ministro al rey en 1532, Moro apeló a la conciencia del monarca con toda la prudencia de que fue capaz, y en esa valiente persistencia para dar consejos sanos, fue el súbdito más leal a su rey.

Cuando el rey formuló los cargos en su contra, Moro, con su gran percepción de gran estadista, fue plenamente consciente de las consecuencias potenciales del absolutismo real. Acabó con la legitimidad de la Iglesia católica en Inglaterra, y atrasó en 100 años el progreso del gobierno parlamentario. Hasta el siglo XVII Inglaterra no se quitó de encima los efectos despóticos de esa monarquía descontrolada, y únicamente lo logró a costa de una sangrienta revuelta y guerra civil.

A lo largo de toda su detención en la Torre de Londres, los mayores sufrimientos de Moro no fueron causados por su mala salud ni por su pobreza. Provenían de su propia familia. Tras haber educado exquisitamente a sus hijos, Moro descubrió que ninguno lo apoyaba en su decisión de conciencia. Tampoco su esposa. Se sintió abandonado y sufrió mucho por ello. El juicio de Tomás Moro es uno de los más famosos desde tiempos de Sócrates. Su agudo sentido de la historia le convenció de que este juicio, al igual que el de Sócrates, no sería pasto del olvido. Y pese a la oposición del rey, de todos los obispos, de su propia familia y sus amigos, Moro se mantuvo firme en su fe y en sus convicciones.

No perdió su sentido del humor ni siquiera cuando subió al cadalso. Cuando posó su cuello en el tajo, como tenía una larga barba, la estiró y le dijo al verdugo: “Le ruego que me deje posar la barba sobre el tajo, así, ya que estamos, me la corta”. Y de este modo, con una broma, acabó su vida.

LALI FERNÁNDEZ

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