El síndrome de Thomas More / EUGENIO

 

A Thomas More, como a todo fanático del orden establecido, le preocupaban más las consecuencias desastrosas que para la paz social pudieran acarrear las ideas rebeldes de los reformadores luteranos, que la supuesta falacia o herejía intelectual que éstas llegaran a infundir -y difundirse- sobre el pensamiento cristiano: no en vano ejerció como juez, y puso todo empeño y lealtad en la edificación de una estructura represora que, como suele pasar en las fábulas de Esopo (aún faltaban unos años para que La Fontaine lo descubriera), terminaría devorándolo: martillo de herejes, fue víctima de su propia obra e, ironías del destino (o de la Providencia), su pasión no se asemeja tanto a la de un cristo traicionado como a la de aquel Sumo Sacerdote del Ser Supremo que se apellidará Robespierre.

Pienso que, tras la apariencia de una protección de la verdad, se esconde la incapacidad para aceptar que aquello que se está defendiendo es un privilegio ilegítimo, y que donde se cree ver una amenaza provocada por “esas ideas incendiarias”, no hay sino ciega incomprensión de la realidad social: ¿cómo el pueblo al que la casta dirigente se esfuerza por mantener en la ignorancia, va a levantarse y subvertir el orden establecido a causa de unas doctrinas que mueven conceptos y premisas que ellos en su falta de óptica no pueden comprender? Los pueblos -como el francés de 1789 o el ruso de 1917- no se revolucionan por las ideas: lo hacen por las condiciones materiales adversas y, principalmente, por la humillante comparación entre sus necesidades primarias insatisfechas y la manifiesta y despilfarradora molicie de su clase dominante.

Con el paso de los años y gracias a la actividad propagandística del catolicismo romano -que tiene más de política que de sentimiento religioso-, la Utopía de More se ha ido convirtiendo en el De civitate dei de la Modernidad, espoleada por el hecho incierto de haber ocultado entre líneas su inspiración divina. Pero la tal está muy presente, en una noción que antecede al propio San Agustín: es el idealismo platónico, que dicta un origen totalizante (y no sólo en términos monoteístas, pues idéntica repercusión conceptual mantienen teorías científicas como la del Big-bang), que restringe las posibilidades de nuestro pensamiento a la estrechez de lo dado con anterioridad a lo que ha de construirse, y nos convence de que existe una excelencia fuera de nuestro alcance espaciotemporal, que sólo podremos alcanzar explotando la posibilidad de aproximarnos lentamente, sacrificándonos y desdeñando nuestro entorno. Así, bajo tan ardua promesa de superación, con más pena que gloria, se nos va la vida en el ineludible proceso degenerativo, en lamentar nuestra humana condición y nuestra existencia sin remisión, y nuestra impotencia ante la inmensidad inconmensuranble de ese modelo sobre el cual investigamos origen y finalidad sin percibir ya -porque perdimos la perspectiva- que somos nosotros mismos quienes lo vamos creando. Yo admito la presencia de un ideal como objeto, ejemplo, modelo, meta incluso; pero no puedo concebirlo como una realidad, y menos aún como una suprarrealidad que, situándose fuera -¡y por encima!- de ésta que habito, regula sus dictados: si otorgamos a un arquetipo colocado al margen de lo sensible, la potestad de definir los contenidos de nuestro pensamiento, estamos eliminando la posibilidad de edificar una noción del mundo -llámese natural, social o literario- verdadera; o al menos más acertada, o acorde o, en el peor de los casos, más adecuada. ¿Entonces qué pretende la noción platónica de las Ideas, qué pretende la Utopía descrita por quien entregó su propia vida “a lo Sócrates”, doblegándose al poder terrenal porque no aceptaba, en el fondo, más autoridad moral que la impuesta por la ley del más fuerte; qué puede conseguirse mediante falacias que rechazan la percepción sensual y condenan la recepción inmediata?; y, además: ¿por qué la interminable persecución de quienes denuncian la impostura de los valores prestablecidos y de las nociones previas a la experiencia?, ¿por qué ese afán por desprestigiar la duda y adular la aseveración?; y, sobre todo: ¿por qué esa manía de convertir en mártir a quienes, rechazando vivir sobre esta duda tan científica, aceptan morir por un terco capricho?

Toda ideología deshonesta elabora una realidad tergiversada en favor de las instituciones, es decir de los poderes fácticos, del orden establecido; de hecho, la ínsula utópica es una propuesta silenciosa enviada a la sorda autoridad, con el fin de penetrar en su conciencia o de ganar su favor. Y de hecho, la síntesis más literaria de pensadores como More -y en especial de aquellos filósofos que sobre el papel abogaron por la ausencia de supremacías, mientras en vida se entregaban a la voluntad del gigante egoísta de turno; y de la misma manera que su antítesis no es Maquiavelo y ni siquiera Hobbes, sino el Swift que escribió Gulliver-, la síntesis más literaria de More, digo, la tenemos en un personaje de Shakespeare, asesor del rey en La tempestad, llamado Gonzalo, parodia perfecta del orador que disertando sobre la construcción de sociedades utópicas, ideales, perfectas y racionalísimas, estoicamente (no es vano el adverbio) aguanta los antojos de su jefe, monarca aficionado a demorar las obras de aquel reino dichoso tanto como se le ponga en los reales.

E. N. Gutiérrez

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