6 de febrero de 2013: William Shakespeare (I)

Reunidos: Isabel, Toñi, Rufino, Maite, María José, Luis, Eugenio, Pilar, Mercedes, Valentín y Lali.

En primer lugar, Isabel comenta que anoche emitieron en la televisión pública la película-documental El desencanto, realizada a mediados de los años setenta por Jaime Chávarri, y que tiene como protagonista a la familia del poeta franquista Leopoldo Panero; menciona Isabel que existe una segunda parte titulada Después de tantos años, dirigida por el malogrado Ricardo Franco en 1994.

A continuación, Isabel lee datos biográficos sobre Shakespeare recogidos en un estudio introductorio a una edición de El mercader de Venecia en Cátedra Base, firmada por Rodrigo Fernández Carmona: el autor es reconocido como el mayor dramaturgo en lengua inglesa y uno de los más grandes de todos los tiempos, pero de su vida no hay un sólo documento, salvo los eclesiásticos; Luis corrige que no se puede decir “eclesiástico” pues en aquella época ya se estaba produciendo el cambio de las estructuras católicas a las anglicanas, cambio que además incluía el paso, como lengua oficial, del latín al inglés; Rufino comenta que el padre de Shakespeare era sospechoso de mantener el culto católico, y que éste pudo ser uno de los motivos de su ruina, a parte de un caso de corrupción en que se vio envuelto. Isabel prosigue mencionando que de sus tres hijos (dos hijas y un hijo que murió siendo niño) no se ha seguido descendencia; que no recibió otra enseñanza que la básica, a pesar de lo cual era un hombre instruido (corrige Luis diciendo que se duda de la autoría de Shakespeare basándose en que, al no haber ido a la Universidad ni haber tenido conocimientos de latín, no podía poseer el caudal intelectual que demuestran sus obras); que se casó muy joven con una mujer mayor que él, a quien abandonó al marchar a Londres para introducirse en el mundillo teatral, como actor. En 1594 colabora en la fundación de una compañía de actores auspiciada por Lord Chamberlain, que funcionó mediante la aportación económica de sus miembros, cuyo montante determinaba que fueran actores principales o secundarios (los papeles femeninos corrían a cargo de los actores más jóvenes); con el tiempo colaboraron para la construcción de un teatro (The Globe) que poco después, durante una representación de Enrique VIII, se incendió, siendo reconstruído más tarde y sobreviviendo hasta nuestros días; tras la llegada al trono de Jacobo I, la compañía se colocó bajo la protección del nuevo monarca y pasó a denominarse King’s Men; por último, menciona que el autor se retiró a su pueblo Stratford-upon-Avon en 1610. Acerca de la autoría de las obras de Shakespeare, Isabel cuenta que se ha establecido una discusión que enfrenta a los partidarios de que Shakespeare escribió las obras que llevan su firma y a aquéllos (de quienes Mercedes dice que se les llama anti-Stratfordianos) que consideran que no; los primeros argumentan que, aunque Shakespeare no hubiera recibido una educación universitaria formal, fue un hombre con la suficiente perspicacia e inspiración, y con tal conocimiento de personajes históricos, clásicos y bíblicos y tan elevado control del arte dramático, que perfectamente pudo ser autor de las grandes obras que se le atribuyen; los segundos, por el contrario, no creen que sea posible lo anterior y, alentados por diversas coincidencias, consideran que el autor de las obras de Shakespeare es otro u otros, pero no aquella persona reconocida como Shakespeare. Sobre los periodos en que se divide la obra de este autor, Isabel enumera cuatro: el inicial sería más experimental, e incluye comedias ligeras, dramas históricos y los sonetos, su obra poética: en el segundo se nombran las obras de madurez, como El mercader de Venecia, El sueño de una noche de verano y Enrique IV; a continuación un tercer periodo, que califica de “oscuro” y sería el de las tragedias principales (donde se muestra un concepto del honor muy violento, que en aquella época se identificaba con un valor muy español) y comedias no resueltas; finalmente, el cuarto periodo sería el romántico, cuando ya Shakespeare ha abandonado Londres y el ambiente teatral para volver a su pueblo natal, donde escribe La tempestad. Por último, Isabel indica que en la temática sespiriana abundan la venganza, la ambición, la brujería y los crímenes, y que sus obras manejan, en armonía, un pronunciado contraste de virtudes y defectos humanos.

Valentín inicia su intervención retomando las “dudas razonables” sobre la autoría de Shakespeare que se manejan, a lo que añade que sus obras pudieran serlo del filósofo Francis Bacon (comenta Luis que se sabe que Bacon escribió teatro, pero de forma anónima pues era un descrédito para él, dado que el arte teatral estaba muy desprestigiado en la época, circunstancia que a Maite hace evocar la película de Fernando Fernán-Gómez, El viaje a ninguna parte). Comenta también Valentín que se dice que el autor murió tras un festejo con sus colegas Frayton y Ben Johnson (Eugenio indica que la fuente de esta anécdota se encuentra en el diario personal de un vicario de Stratford, según la biografía que escribió Luis Astrana Marín); que compró una cripta donde ser enterrado y, para evitar que exhumaran sus huesos, escribió un epitafio maldiciendo a quien así lo hiciera -añade Valentín que corre la leyenda de que en esta tumba descansarían también algunas obras inéditas, a lo que Lali duda que con lo medios actuales no se haya podido determinar el contenido de la tumba sin abrirla, y Toñi comenta que si algo hubiera allí ya lo habrían sacado-; y que hay una estuatua a Shakespeare donde sostiene una pluma que cada año renuevan para que esté en perfectas condiciones. Continuando con las especulaciones sobre el carácter del autor, Valentín menciona los interrogantes sobre sus tendencias sexuales y sobre su posible misoginia, rasgos que se extraen de sus Sonetos, a lo que Luis replica que en aquella época era mentalidad común considerar que la mujer era un ser inferior al hombre. Finalmente, Valentín se pregunta por qué existen aún tantas dudas acerca de la autoría de Shakespeare sobre sus obras: Isabel opina que aunque no tuviera estudios, la lectura y su sed de conocimientos le capacitaban perfectamente para haber escrito una obra de esa magnitud; Luis añade que la familia de Shakespeare fue pudiente, al menos mientras él estuvo a su cargo; Mercedes, apoyándose en un estudio de José María Valverde, afirma que el autor tuvo acceso a traducciones en inglés de las Metamorfosis de Ovidio y de tragedias de Séneca; Isabel concluye diciendo que hablamos de un autor que se encuentra inmerso en pleno Renacimiento.

Rufino lee un texto propio con anotaciones de lo que ha ido recogiendo por Internet, y comenta que el autor ha sido traducido a muchas lenguas y representado en todo el mundo, y aun en la actualidad es de los más habituales sobre los escenarios teatrales; destaca las dudas que se manejan respecto a su sexualidad, la religión que profesó (se dice que en privado seguía la fe católica) y la autoría, sin olvidar que se ha planteado incluso si llegó a existir realmente. Rufino ha leído El rey Lear, obra que ya conocía tras presenciar una versión en castellano donde intervenía la actriz Ana Belén, en los años de cambio de Régimen en España; esboza el argumento y comenta que esta obra invita a la reflexión sobre temas filosóficos, tanto respecto a la figura del rey como emblema social del orden, como a la vanidad y a la ambición como estímulos en las disputas por el poder; indica que el bien y el mal son territorios perfectamente delimitados en la obra, pero que no obstante los personajes son complejos; al hilo de las luchas por el poder y vanidades y ambiciones, Pilar comenta que la historia se sigue repitiendo, ya que éstos son sentimientos eternos.

Maite indica que a Shakespeare no le preocupó editar su obra en vida, ya que escribía con el único fin de representar; de manera que durante un tiempo sólo circularon versiones imperfectas hasta que en 1623, dos editores recopilaron y publicaron todas sus tragedias y comedias, exceptuando Pericles, en una edición histórica que por formato ha dado en llamarse “First Folio”; posteriormente, a lo largo del siglo XVII, se reeditó esta publicación hasta tres veces, la segunda de las cuales incluyó Pericles.

María José ha leído Las alegres comadres de Windsor y ha escrito un comentario al respecto, donde indica que es una comedia en cinco actos en prosa con algunas partes en verso, redactada según parece en quince días por encargo de la Reina que deseaba ver a Falstaff enamorado; de manera que Shakespeare colocó en esta comedia a tan célebre personaje de su Enrique IV, con ánimo y disposición de seducir a dos burguesas, a quienes pretende indistintamente, hasta que ellas se enteran del doble juego y traman una venganza; en paralelo, también se producen los devaneos de cortejo de varios pretendientes hacia una misma joven; la obra termina en una comilona, donde también festeja un vejado Falstaff (Mercedes se pregunta si no hay una ópera sobre el personaje, y Luis afirma que una ópera de Verdi). Por último, María José indica que esta comedia tiene como modelo las comedias italianas, de lo que Mercedes deduce que Shakespeare tuvo contacto, o al menos trabó conocimiento cultural, con Italia.

Luis dice que cuando Shakespeare llegó a Londres encontró un teatro magnífico, escrito por Pyle, Robert Greene, Marlowe (que era el más conocido) y Bacon, entre otros; y que se introdujo en aquel ambiente como actor (Maite indica que como una especie de cooperativista, pero Luis dice que existía un mecenazgo sin el cual era imposible aquella actividad). Indica Luis que el teatro era prácticamente la única diversión de la época, salvo los sermones en la iglesia, y que las representaciones duraban varias horas, hasta cuatro. Lali entonces menciona los autos de fe inquisitoriales como una forma de espectáculo de la época, a lo que Luis indica que aún no, que ya posteriormente Calderón de la Barca tomó como modelo los autos de fe y los reinventó en clave teatral. Finalmente, describe rasgos de la situación política de la época, con Felipe II atacando Inglaterra, y terminamos en debate sobre la sucesión de Enrique IV de Castilla, mencionando el enfrentamiento de sus herederas -la Beltraneja versus Isabel la Católica-, y el estudio de raíz biológico que hizo Gregorio Marañón sobre aquel monarca.

Acerca de la oscuridad que rodea la vida del autor, Eugenio comenta que hay quien asegura haber encontrado una clave autobiográfica en los Sonetos, donde quizá se puede salir de dudas al respecto; y sobre las acusaciones de plagio o copia que serían frecuentes en la época (en concreto sobre la versión de Hamlet que habría escrito Kyd con anterioridad a Shakespeare, así como La tragedia española del mencionado Kyd, en cuyo argumento aparece un fantasma clamando venganza), el escritor estadounidense Edgar Allan Poe comentó que la grandeza de Shakespeare había consistido en concebir Hamlet convirtiéndose en el mismo Hamlet: Eugenio indica que, a su juicio, la grandeza de Shakespeare proviene de haber sido actor y haber sentido sus personajes con mayor intensidad. Añade además que la obra de Shakespeare posee la virtud de haber renovado el acervo de mitos y leyendas heredados de los clásicos, a los cuales añadió un elenco más cercano de mitos germánicos y de la historia reciente; finalmente, menciona la Dama oscura, que vendría de un desengaño amoroso que sufrió el autor, al ser traicionado por su amante y un amigo.

Pilar menciona la mala relación que Shakespeare mantuvo con su mujer, a quien abandonó y sólo dejó en testamento su “segunda cama”, ya que la finca que compró en Londres no la puso a nombre de ella. Respecto al público que acude al teatro en aquella época, Pilar indica que era abigarrado, muy heterogéneo, de manera que se podían oír desde chistes soeces a discursos grandilocuentes. Sobre la autoría en aquella época, menciona que el nombre de los autores de las obras no solía hacerse público hasta dos o tres años después del estreno, y que Shakespeare no obtuvo nada por sus obras, y hubo de ganarse la vida invirtiendo en la Compañía en que trabajó como actor. Habla también Pilar de la figura del bufón, usada en distintos ambientes cortesanos para criticar la sociedad y a los propios monarcas, en tono burlesco; y hace una breve genealogía del teatro, que comenzaría junto con el arte rupestre, en los rituales de caza para los cuales se emplean disfraces y oraciones; en Egipto sitúan un antecedente del teatro griego en las alabanzas y agradecimientos a la deidad, y finalmente en Grecia se reconoce ya la actividad teatral, pues se construyen edificios específicamente destinados a las representaciones; por último menciona las Corralas en España, y en concreto las que aún se mantienen activas en Almagro (menciona Isabel las calles y plazas de Madrid, que estaban preparadas para representaciones), e insiste en el menosprecio hacia el oficio de actor, ya que incluso los mendigos la ejercían: comenta Pilar que en su opinión es una profesión extraordinaria, ya que los actores y actrices son capaces de encarnar y dar vida a algo de lo que no poseen experiencia propia (Toñi añade, a propósito de ese menosprecio, la costumbre de insultar llamando “payaso”).

Mercedes retoma la mención a Grecia hecha por Pilar y muestra una breve comparativa entre Egipto y Grecia, buscando los orígenes del teatro como manifestación elevada de una civilización. Sobre el autor, dice que Shakespeare estudió latín en la escuela, según la cronología elaborada por José María Valverde para el título que ella ha leído; añade que pudo haber muerto tras el banquete de bodas de su hija y lee algún dato más de carácter biográfico, así como la cronología de sus obras.

Finalmente, comenta Maite que recientemente ha ido a ver con su nieta el musical de El Rey León, que es un espectáculo maravilloso (indica Eugenio que se dice que el guión de esta película de Disney se basó en Hamlet); e Isabel recomienda el visionado de dos películas recientes sobre ShakespeareAnónimos, sobre la autoría de sus obras, y Hamlet en Nueva York.

 

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