HOMENAJE A SILVIE / Laly

Yo nací y me crié en Casablanca, en aquella época colonia francesa. Más o menos en la época en que Ana Frank escribió su diario, Casablanca era un hervidero de refugiados políticos de todos los paises de Europa. Recuerdo que en mi colegio tenía compañeras italianas, portuguesas, españolas, francesas, polacas, rusas, y entre otras muchas, judías. Mi mejor amiga era judía. Esto quiere ser un homenaje para ella, y para todas las personas que vivieron el horror del holocausto.

 

HOMENAJE A SILVIE (Nº 14.177)

Año 1946. La sala de estudios de un colegio francés.
Dos niñas de 11 años, con los cuadernos abiertos
sobre el pupitre. Pero no estudian, miran como cae
la lluvia de otoño, pertinaz, empañando los cristales.
La misma tristeza del tiempo gris cubre los ojos de
Silvie.

Silvie es judía, frágil y pálida, con una pesada trenza
rubia coronando su cabeza. Callada y tímida. Con
una expresión de estupor doloroso en su mirada. Su
compañera respeta su silencio y su dolor, porque
intuye que su amiga sufre. Esa tarde, Silvie, que
siempre lleva manga larga, descubre su bracito flaco
y blanco. Ahí se destacan, grabados sobre la piel con
tinta negra, un número, el 14177, y al lado una estrella
de David. Nunca he podido olvidar ese número. Era
como una araña maligna sobre la piel de la pequeña.
Entonces Silvie desata su lengua y, despacio, va
desgranando palabras, que cuentan cómo su familia
fue exterminada en los crematorios nazis. Sólo ella,
milagrosamente, se salvó. Esa tarde, juramos ser
amigas toda la vida. Ella me regaló una medallita
dorada, que he conservado siempre; yo le di un
portaplumas de hueso con una lente diminuta por la
que se veía la torre Eiffel.

Un año más tarde, a Silvie se la llevaron a vivir a
Israel, junto con una expedición de huérfanos judíos.
Nuestra separación fue el primer gran dolor de mi
infancia.

Querida y pequeña Silvie, ¡ojalá que tu vida haya sido
dulce y hermosa, como tú eras, y hayas olvidado tanto
horror!

Me gusta imaginarte con tus trenzas, ya blancas,
coronando tu cabeza, y disfrutando de la felicidad que
un día, ya tan lejano, te robaron.

En tu recuerdo, puse tu nombre a una de mis hijas.

No te he olvidado nunca.

LALI FERNÁNDEZ

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