El extranjero / Albert Camus

La indiferencia me impide reaccionar. Pero también podría ser por culpa de una patológica falta de iniciativa, que de modo natural o por vía de aprendizaje (no diré dirigido desde el poder, pero sí alentado), me oprime los hombros cuando en mi cabeza ronda la conciencia. O será la total carencia de responsabilidad, que a tal me obliga la omnipresente sociedad que me inhibe de sentirme independiente. O es un desengaño que no supero (quién sabe: tal vez soy primo-hermano de Bartleby, o decidí dejar de respirar para mostrar mi enfado con el mundo). No sé, mas en definitiva, hay una ausencia que nunca llené o no reconocí ni me mostraron.
El juicio mediático (¿se nos acusa por lo que hacemos o por lo que somos?, preguntémonos) es una constante en nuestra vida. El ojo nos vigila, en efecto, antes un ente ahora una jerarquía; hay que asimilar este hecho irrefutable: el ojo nos vigila. Pero el ojo no ve, que es el cerebro. Dependemos por tanto de la interpretación que se dé a nuestros actos/pensamientos/deseos. No hacer nada de lo que uno pueda llegar a arrepentirse (y de nada se arrepiente Meursault); no ser nada que no sepamos defender. Todos soportaremos alguna carga vergonzante, una manía inconfesable, un don que ocultamos como si fuera un tesoro -porque apenas insinuarlo conllevaría su pérdida-; pero todos, también, debemos esforzarnos por lo que somos y seremos (¿no hay un creciente número de personas que insistentemente se enorgullecen de su ignorancia frente a una cámara de televisión?).
El existencialismo es una religión, como un opio, como una duda dogmáticamente resuelta; eso al menos pensó Camus y así se lo hizo saber a Sartre, nomás para molestarlo. Y religión es también la rebeldía orgánica, o Sísifo cumpliendo su -absurdo- destino. Camus me transmite que religión lo es todo (todo es política, sexo, literatura; sólo el sucedáneo es censurable, la apariencia… como decíamos antes: de pastel). Acabo de asimilar una distinción que cambiará radicalmente mi acervo reflexivo: no razón sino conciencia. Cuando soy no soy razón, en efecto, la razón es sólo un factor más de cuantos conforman mi ego; cuando soy en general, más bien soy conciencia. Pues lo mismo aplicado a la vana lucha contra el caos, que es al fin y al cabo lo que cae del cielo ardiente aquella tarde asfixiante en la playa donde se cruzan la desidia, el árabe y un revólver: es mucho más complicado eludir el presente desfavorable que aceptar un horrendo futuro. ¿Por qué, si no, firmé aquella hipoteca y dejé que el porvenir dictara poco a poco mi sentencia?

Pero algo tiene Meursault que le hace verdaderamente extranjero. Sólo una cosa. No es su indiferencia ni su desidia ni su incredulidad ni su (social) insensibilidad: es su valentía. Porque hay que tener valor para negarse a recibir confesión a las puertas del patíbulo. Por eso es tan extranjero, tan extraño, tan admirable.
Así lo vio Vargas Llosa, vía Biblioteca Ignoria
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