JULIO VERNE / Laly

Mi tía se dedicaba a comprar en el barrio casitas semi derruidas, que mandaba restaurar un poco, dándoles las más de las veces una mano de pintura, y que revendía con más o menos beneficio. De eso vivía. La mayoría eran plantas bajas, con los cristales de las ventanas apedreados, y jardincillos secos y polvorientos. Mi tía requería nuestra ayuda para tirar las basuras, mover muebles carcomidos, y barrer los patios, a cambio de alguna propinilla para ir al cine los domingos.

En una ocasión compró un apartamento que no parecía haber sufrido tanto deterioro. Una chimenea de mármol blanco finamente esculpida presidía la sala, las paredes estaban cubiertas de un delicado papel pintado gris y rosa, desteñido por el tiempo, y manchado aquí y allá por la humedad, pero que reflejaba el bienestar de otra época. En  una pared la fotografía en color sepia de unos recién casados en el día de su boda, serios y oscuros, encerrados en un primoroso marco dorado.

Al empezar a quitar trastos, nos encontramos con una puerta cerrada, que no abría ninguna de las llaves que mi tía llevaba siempre en un manojo, en la cintura. El que estuviera cerrada con llave entrañaba para mi hermano y para mí cierto misterio, y seguíamos expectantes los esfuerzos de mi tía para  librar la cerradura. Lo que ella pensaba que sería una habitación, no era más que un armario empotrado, de cuyo interior salió un fuerte olor a humedad. Pero jamás ningún armario encerró mayor tesoro para dos niños ávidos de lectura como aquellos estantes. Ante nuestros incrédulos ojos apareció una colección completa de Julio Verne, compuesta de grandes libros, perfectamente ordenados en varios estantes. Mi tía, conociéndonos, nos regaló aquel legado. El rey Midas, derramando todo su oro sobre nosotros no nos habría hecho más felices. Sobre las estanterías polvorientas solamente quedaron unas cuartillas caligrafiadas cuidadosamente con tinta violeta, que el tiempo había vuelto pálida, casi transparente.

Necesitamos varios viajes transportando toda la colección en una carretilla hasta nuestra casa. ¡97 libros delicadamente encuadernados en piel azul!, y con unas ilustraciones a todo color, que mostraban los héroes de Verne en aquellas aventuras que enfebrecían y maravillaban nuestra imaginación infantil. Pasamos semanas, meses, en que perdimos todo interés por lo que no fueran las lecturas que el azar había puesto en nuestras manos. Durante mucho tiempo, bajamos al centro de la tierra, llegamos a la isla misteriosa, viajamos en globo, dimos la vuelta al mundo en ochenta días, recorrimos la estepa siberiana con Miguel Stroggof, nos sumergimos bajo todos los mares en un curioso submarino, acompañando al Capitán Nemo, el misterioso salvador de desamparados, y subimos hasta la luna, después de mil peripecias.

Hechos un ovillo en el viejo sofá, o tirados de cualquier manera en el suelo del pasillo, siempre nos acompañaba alguno de los librotes de Julio Verne. La primera letra de cada capítulo se destacaba del resto del texto: grande, de estilo gótico, en color rojo y oro. Yo recuerdo que pasaba con reverencia el dedo sobre ella, como si, con ese gesto, abriese la puerta secreta y mágica de nuevas aventuras.

El autor nos introducía en la fantasía de su imaginación. Nos guiaba una secreta fascinación por todos esos héroes súper-hombres que marcaron nuestra infancia, y leíamos ávidamente cada pagina en espera de otras odiseas, parte de las cuales han resultado proféticas hoy en día.

Con la fórmula de novela de aventura inspiradas en el progreso científico, perfeccionada a lo largo de 40 años, Julio Verne produjo la serie de “Los viajes extraordinarios a través de los mundos conocidos y desconocidos”,  un sinfín de obras que hicieron las delicias de varias generaciones de niños y jovencitos, entre los cuales tuvimos la suerte de contarnos mi hermano y yo. Siempre estaremos agradecidos a ese hombre de hermosa barba blanca por habernos proporcionado tantas horas de auténtico placer.

 

Lali Fernández.

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