LA DAMA DE LAS CAMELIAS / Laly

 

Al hilo de la obra que nos toca hoy, he recordado las clases de teatro que recibíamos en el Liceo de 2º enseñanza, cuando yo tenía 12 años.

Nuestra profesora había sido actriz en Francia, y de aquella época conservaba gestos teatrales, a veces grandilocuentes, que nosotras imitábamos a sus espaldas, y aunque quería ser severa con nuestra actitud, no lo conseguía. Tenía una verruga cárdena sobre el labio superior, y nosotras, alocadas adolescentes, le pusimos el mote de “Tarta de fresas”. La verdad es que sus clases resultaban muy amenas, pues, además de enseñarnos cómo actuar, salpicaba sus explicaciones con toda clase de anécdotas del mundillo del cine y del teatro, que a nosotras, pequeñas chismosas, nos encantaban.

Una de las obras que nos tocó representar, y de la que guardo muy feliz recuerdo, fue precisamente “La Dama de las Camelias”

El papel de heroína lo hacíamos, por turno, cualquiera de nosotras. ¡Al fin al cabo, en el cuadro último, no era difícil morirse después de unos cuantos suspiros lánguidos! Pero, para representar a Armando, nuestra inefable “Tarta de fresas” eligió a Chantal, una joven francesa que llevaba unas gotas de sangre judía en sus venas. Motivo por el cual toda la familia tuvo que salir apresuradamente de Francia  durante la ocupación alemana, con las S.S. de Hitler pisándoles los talones. La niña había visto de ese modo truncada su incipiente carrera de ballet y piano iniciada en su país.

Chantal era alta y espigada para sus 12 años, de cuerpo anguloso y plano, casi etérea. Con su tez blanca, sus ojos claros y su melena rubia flotante, caracterizaba a la perfección al joven romántico de aire misterioso y mirada soñadora del siglo XIX

En el último acto, la pobre Margarita Gautier,  pálida, ojerosa, y tapada con una colcha de encaje, veía entrar a Armando, con su levita ceñida, atusándose el bigotito que le habíamos pintado, y quitándose los guantes con elegancia, y, en el momento en que se inclinaba sobre su amada, rendido ante su sufrimiento, devorado por el dolor, el resto de la clase hacíamos guiños y burlas a la pobre tuberculosa, quien estallaba en carcajadas, ante un Armando apasionado y desesperado. “Tarta de fresas”, furiosa, pellizcaba a nuestra compañera, gritándole: ¡”Que no te puedes reír! ¡Que te estás muriendo!” ante la hilaridad de todas nosotras, a quienes fulminaba con la mirada, amenazándonos con un cero a cada una. En cambio, la profesionalidad de Chantal la hacía murmurar, embelesada ”¡Qué talento. Ni yo misma lo haría mejor!”

El día de la representación, que coincidía con la entrega de premios de fin de curso, nuestra profesora, que no se fiaba ni un pelo de nuestras malévolas intenciones, nos colocó en la ultima fila, lejos del escenario .

La obra se desarrollaba normalmente, con sus intrigas pasionales, sus celos, y el amor ciego entre el aristócrata y la prostituta. Armando declamaba con voz delirante y temblorosa, y Margarita le daba la réplica, atormentada, y muy metidos ambos en su papel. Aquél cuadro patético y lacrimógeno nos parecía sublime a todas y llorábamos a moco tendido.

Llegado el último cuadro, Margarita se despedía débilmente de su amado, y Armando se abatía sobre su cuerpo sin vida, besándole las manos y sollozando.

Desde la última fila, veíamos a Margarita que, posiblemente recordando nuestros guiños, aguantaba la risa, y aquellos esfuerzos, que ella trataba de disimular con continuos golpes de tos cavernosa, se traducían en un rictus de dolor que a los invitados al acto les parecía la sublimación del arte, pero que para nosotras era tan cómico, que tuvimos que salir a escape por una puerta lateral, sofocándonos con las carcajadas, y ahogándonos de risa. ¡Tarta de Fresas no nos lo perdonó jamás!, y ¡Chantal tampoco!

Pues bien, al poco tiempo Chantal regresó a Francia, y no volví a saber de ella hasta 30 años después, en que hojeando una revista que mi hermano me enviaba desde el país galo, leí un reportaje sobre mi antigua compañera. Había seguido sus estudios de ballet, llegando a ser primera bailarina de la Ópera de París durante años. La foto que acompañaba la noticia mostraba a una Chantal etérea, ejecutando una pirueta en el ballet “El Lago de los cisnes”. Su edad la había retirado de los escenarios, y había sido nombrada Directora de las Artes Escénicas de la Ópera.

La noticia me trasladó a aquellos días tan felices, en que la inconciencia de la pubertad nos hacía pasar del llanto a la risa en cuestión de segundos.

¡Bravo, Chantal, ”Tarta de fresas” se habría sentido muy orgullosa de ti!

Laly Fernández

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